Dios no juega a los dados con el universo electoral

En una carta a su amigo el escritor Max Brod en 1926, Albert Einstein renegaba de la aparente aleatoriedad que parecían mostrar los elementos de la nano naturaleza dentro de la mecánica cuántica.

Le fascinaba todo aquello de la Teoría de la Relatividad y el principio de incertidumbre de Heisenberg, pero en su interior repensaba que tanta aleatoriedad y tanto azar impredecible dejaba fuera del entendimiento demasiados detalles, lo cual le parecía imposible y le permitió intuir que Dios no estaba jugando a los dados con el Universo y que algunas reglas aún desconocidas para nosotros actuaban detrás de aquello. Y en ello estamos todavía.

El presidente Donald Trump no es Einstein, parece claro, ni Sidney Powell, la ex fiscal Federal y miembro del equipo de abogados del candidato republicano, es Heisenberg, pero ambos parecen haber llegado a parecidas conclusiones a la de aquellos adelantados de su tiempo cuando se resisten a aceptar que sólo el azar explicaría coincidencias tan abultadas y fenómenos tan repetitivos como los que quedaron registrados en las máquinas de voto de Dominion, datos que se dirían milenaristas, como si anunciaran un cercano fin del mundo.

En teoría, el azar, la casualidad, permitiría explicar casi todo en esta vida, por supuesto, pero acabaríamos teniendo que aceptar casi cualquier milagro y entonces mejor te metes a rezar en una catedral gótica rodeada de vidrieras de colores o te buscas una gitana de la calle que te lea las líneas de la mano o a una pitonisa que te tire los naipes del tarot.

Me refiero a que, si lo deseas, puedes poner toda tu fe en el azar, en lo impredecible, con el resultado entonces de que no haría falta encontrar conexión alguna entre el hecho de que agentes del PSOE de Indalecio Prieto fusilaran a Calvo Sotelo en el 36 y que los socios actuales del PSOE asesinaran en 1997 a Miguel Ángel Blanco. Y lo siento, pero, guste o no, hay un hilo (de sangre) que une ambos hechos. Se apellida socialismo.

El azar existe, claro, pero que los otros dos líderes de la derecha se salvaran aquella noche porque “la motorizada” de Indalecio no los encontró, antes que al azar cabe atribuírselo a la sensata precaución que tomaron de reparar el sueño cada día en un lugar distinto porque los indicios aportaban suficiente información como para convertirlo en probable y por tanto en predecible.

Azar, por ejemplo, hubiese sido que Miguel Ángel Blanco enfermara de gripe la noche antes y no lo hubiesen podido secuestrar, pero no fue el caso, y ahora los autores de una y otra muerte se besan en los morros porque el mencionado hilo les une el historial. No era tan indeterminado ni tan aleatorio cuando observas la contumacia y el cinismo de Ábalos y de Adriana Lastra para justificar los pactos de la atrocidad.

Lo cierto es que todo lo que no es azar ni dioses lanzando los dados entre las estrellas debiera resultarnos predecible y podríamos denominarlo algoritmo, porque cuando las cosas se repiten de la misma forma y con el mismo resultado decimos que responden a un patrón, sea el de la genética y el ADN o el de una mano endiosada que controla el comportamiento de las máquinas; sólo que en este último caso puede ser manoseo y fullería. O sea, fraude y pucherazo.

Hasta la fecha y hora de hoy, los cotejos e indicios comprobados apuntan en una determinada dirección y dejan a Joe Biden en una posición de verdadera incertidumbre que envidiarían los átomos de la radiactividad.

Como bien apuntó Rudolph Giuliani hace unos días, qué broma es esa que pretende que sean los medios de comunicación y las presentadoras de la tele quienes proclamen presidente de los EE.UU al primer “don naiden” que se les mueva por su atómica arbitrariedad…

Pues claro que no es eso. A los presidentes los eligen los votos y los proclaman los tribunales de Justicia, llegado el caso, una vez corroborado que esos diosecillos de trapo ocultos en las máquinas de Indra no han urdido las añagazas corruptas de su santa voluntad.

Las máquinas aprenden de sí mismas y saben mentir tanto como Sánchez, que ya es mucho decir, pero carecen de la voluntad de hacerlo o de no hacerlo, porque no saben tirar los dados y se limitan a cumplir la orden que les trazan los tramposos. La mala noticia para sus ejecutores es que cuando llega la hora de ingresar en prisión, a quien se arresta y a quien se juzga no es a las hojas de cálculo, sino a quienes diseñaron el modelo del mangazo.

He dicho.




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