Respeto y comprendo a todos los que en estos primeros días de noviembre acudan -esta vez con cita previa- a visitar los cementerios. El dolor y las pérdidas irreparables de quienes tuvieron nuestro corazón y aún se hacen con sus latidos, toma los caminos que más le consuelan. Pero yo no voy. Nunca voy. Ni hoy ni nunca. No voy a donde no está nadie.
Si yo creyera que en su tumba está mi padre o en las suyas mis abuelos, sentiría miedo por mí mismo, terror de que así me esperara el futuro. Pero creo en que desde el mismo momento que cierre los ojos y entregue al aire de la vida mi último aliento agradecido a mi paso por ella, sólo espero el abrazo de Dios. Ni purgatorios, ni aplazamientos de su beso, ni los malditos ruegos de su misericordia con los que la Iglesia -la gran lianta- manipula su Amor. Sólo espero un Reino prometido, un Paraíso tan inmediato como Cristo se lo aseguró a uno de los ladrones. Le dijo “hoy”. Sin funerales, sin las arrogantes oraciones de quienes creen que dependemos de ellas para llegar al Padre. “Hoy”… le dijo “hoy”.
No iré a ningún cementerio. Allí no están ni mi padre, ni mis abuelos, ni mis primos… nadie. Allí no hay nadie.





