Hace un año se cruzó la línea. No sabremos cuál fue el momento exacto ni el motivo final que provocaron este hecho, pero la realidad es que, probablemente, no haya vuelta atrás, es más, incluso puede ser peor.
Recuerdo la primera vez que acompañé a la Hermandad de Santa Marta, hace más de 35 años… Me puse la túnica, la medalla al cuello, recibí la bendición de mis padres, tapé mi rostro con el antifaz y desde ese momento comenzó mi estación de penitencia, que no finalizó hasta que retorné a mi casa, por el camino más corto, sola y en silencio, como a la ida, y una vez cruzado el umbral descubrí de nuevo mi cara.
Durante todo este tiempo lo he repetido año tras año, por convencimiento, por la fe de mis mayores, por mi fe, y lo hice como mandan las reglas, no porque así esté establecido, sino porque lo que se va a hacer y a vivir a partir de ese momento es un acto interno, de recogimiento, que no tiene sentido alguno fuera de la creencia en Dios.
Lo vivido la Semana Santa del año 2024, si no durante todo el año, es un punto de inflexión definitivo, probablemente un punto de no retorno, de un acto de fe que se derrama en las calles de Sevilla cada primavera.
Un acto de fe, repito, en la calle, pero al fin y al cabo un acto de fe, que se ha convertido con la inestimable ayuda de todos en un espectáculo, en el más amplio sentido de la palabra.
Y son culpables de esto aquellas personas que banalizan el trabajo de los costaleros con los pasos y protestan o abuchean a los mismos si no les dan su ración de “baile” al compás de la música.
Son culpables aquellos que hacen petaladas fuera de contexto, porque si no lo son por el lugar donde se llevan a cabo, sí lo son por el momento.
Son culpables los hermanos que visten la túnica y les importa poco pasearse así dentro de un centro comercial.
Son culpables los que usan las redes para mostrar cómo se visten la túnica, dónde ponerse la medalla para que se vea porque si la pone en su lugar, que es en el cuello, no la van a ver; o aquellos que discuten el por qué no tienen derecho a llevar las uñas pintadas; o incluso los que han afirmado que les suda el “…” lo que diga nadie, ellos van a lucirse y punto… ¿y punto?
Cuando uno decide ingresar en una hermandad es principalmente por una motivación de fe. Aceptemos la premisa por la cual hay un porcentaje que ingresa porque le gusta la túnica, el recorrido o la imaginería de esa hermandad, pero, a los que pertenecen a este porcentaje, se les está olvidando algo importante, sea cual fuere el motivo por el cual ingresan hay una ceremonia de juramento de reglas, es decir, la aceptación y cumplimiento del reglamento interno de la hermandad, por lo que, lo lógico es que respeten las normas establecidas y no exijan que se cambien las reglas del juego a conveniencia de una cuota de seguidores, denunciando unos derechos y libertades que, si les fuesen otorgados sería a costa de los derechos y libertades de los demás.
Son culpables las juntas de gobierno de algunas hermandades. Esas juntas de gobierno que se han convertido en pequeños partidos políticos donde todos y cada uno de los que las conforman se pegan a los cargos cual moscas en la miel y, durante años, son los mismos, sólo cambian de cargo, pero no de lugar. Juntas de gobierno donde el Hermano Mayor puede ser padre del teniente de Hermano Mayor, cuñado del Prioste, hermano del Fiscal y primo del Secretario.
Hermanos Mayores y Juntas de Gobierno que sólo buscan notoriedad, que se hable de ellos, y que son capaces de arriesgar a sus Sagrados Titulares por echarse a la calle siendo capaces incluso de recrearse bajo la lluvia mientras suenan las marchas permitiendo que otra Hermandad esté a pie quieto, bajo la lluvia, esperando a que les dejen pasar; Juntas de Gobierno que han olvidado el significado de Hermandad y cuál es el motivo de la misma; Juntas de Gobierno que han cambiado la fe y la caridad por el lucimiento y la notoriedad; Juntas de Gobierno que banalizan el significado de una salida procesional para ofrecer pan y circo, basándose en el más ínfimo y absurdo de los motivos…
Es culpable el Consejo de Cofradías y Hermandades (otro partido político al que aspiran los anteriores) por permitir estos comportamientos, no corrigiendo y sancionando este tipo de conductas, preocupándose más por carteles mediáticos, los ingresos por las sillas (muchas a título perpetuo) de la insolidaria Carrera Oficial que vallan para impedir que cualquier ciudadano de a pie, creyente o no, que no haya pagado, pueda ver un desfile procesional que es un acto público en vía pública. Alguien debiera refrescarles la memoria un poco con Marcos 11.15-18, «… Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones, pero vosotros la habéis hecho una cueva de ladrones…», y es que, al fin y al cabo, en esos días, Sevilla es un templo.
Y es culpable el ayuntamiento actuando en connivencia con todos los anteriores, transmitiendo la sensación de que le inquieta más el atraer turistas que el hecho de proteger algo tan inigualable como es nuestra Semana Santa y nuestras tradiciones y, créanme si les digo, que las dos cosas son totalmente compatibles.
No se llamen a error, no me estoy postulando a favor de que nuestra Semana Mayor no admita cambios, lo que pretendo es que no se instale aquí también la norma no escrita del “todo vale”. Estoy convencida que las cosas se pueden mejorar, complementar e incluso cambiar si no funcionan, pero si funcionan, para qué modificarlas.
Díganme, por ejemplo, ¿bajo qué argumento se puede justificar el hecho de saber que no va a parar de llover y aun así poner a los sagrados titulares en la calle? Alguno dirá: “lo ha decidido democráticamente la junta de gobierno”, y es cierto, ¿pero es una decisión justa o es una decisión nacida del ego y la vanagloria de quienes toman esa decisión? Otro puede decir: “hay que ser valiente”, pero ¿es de valientes arriesgar lo que no es tuyo?, porque la Hermandad es propiedad de todos y cada uno de sus hermanos y todos y cada uno de sus fieles y la Junta de Gobierno sólo es prestataria de la misma.
He tenido la suerte de vivir una Semana Santa que ya no es. La anhelaba año tras año con las ansias de un niño la noche de Reyes. Tengo el privilegio de cerrar los ojos y ser capaz de devolverla a mi memoria, a mis oídos, a mi olfato e incluso a mi paladar… como volver a sentir el regusto de una torrija y un café antes de esperar en la noche y en silencio cómo llega el olor del incienso mezclado con el azahar que nieva acariciado por la brisa y cómo, por la sombra reflejada en las fachadas, se adivina un crucificado que lentamente se aproxima; o sentir el negro rúan en mi cuerpo y caminar sintiendo a mi padre, pues era su túnica, acompañando al Señor de Sevilla. Nadie rasgaba la oscuridad con las luces de los móviles, prebenda dispensada a los cirios, ciriales y guardabrisas; nadie osaba quebrar el silencio, pues éste era privilegio reservado en esos momentos únicamente, a quienes, racheando, llevan a Dios sobre los pies… y el tiempo se paraba para poder soñar.
Como dijo el poeta que recordaba un huerto claro donde maduraba el limonero, “… lo nuestro es pasar…” y aunque la Semana Santa siga estando, tal vez nunca vuelva a ser lo que fue.





