Dos años y medio, cuatro gobiernos. No somos Italia (casi 70 gobiernos desde el final de la II Guerra Mundial), pero lo parece. Salimos a un gobierno nuevo cada ocho meses y le batimos el record a los italianos, que lo cambian cada 14 meses como media.
La primera crisis a los 12 días de su toma de posesión como presidente, cuando obligó a dimitir al ministro de Cultura, Maxim Huerta.
El tercer gobierno, llamado Frankenstein, hecho con retales extraídos del polvoriento baúl del comunismo, expandiendo de 17 a 23 las carteras para colocar de ministra, en beneficio de los intereses particulares, a la mujer de uno de ellos.
El cuarto y último (por ahora) para representar una tragicomedia que sólo sirve a los intereses del PSOE en Cataluña y de nadie más.
No somos Italia, a la vista está, porque no tenemos la Fiat ni la Ferrari, pero también porque nos falta engrasar esa maquinaria de extorsión y muerte en la vida cotidiana que representa la mafia (Camorra, Cosa Nostra, N’draguetta, Sacra Corona Unita…), o porque lo hacemos pero de otro modo y están a punto de perfeccionarlo si logran modificar como pretenden los procedimientos de elección de los jueces.
Nos separa muy poco de una dictadura caprichosa, discrecional y arbitraria en toda regla. Estamos a un paso de la inarticulada decisión de un tipo con alma de tirano caribeño sólo que sin experiencia de serlo.
En realidad es inexperto en todo, en ser demócrata y en ser tirano, de modo que le sale al bulto, al voleo, como ponen los patos los huevos, donde toca, donde caen, donde le place…, como los grandes déspotas.
Iván Redondo, a vuela pluma, trata de poner un poco de orden e intenta añadirle algo de estrategia no sólo compulsiva para el uso del Falcon o para armar gobiernos, pero al final lo que les cuadra es otra vez la idiotez supina de presentar a Miguel Iceta como «un estudioso» de todo lo que tiene que ver con el «co», dice el tipo: cogobernanza, cooperación, compañerismo, coco-guagua… ¡y ole sus coj…!.
Alguien argumentaba hace unas horas que si la alcaldesa de Aguilar de la Frontera logró derribar una humilde Cruz en mitad del pueblo fue sólo porque la habían votado los vecinos. Pero los votos no legitiman cualquier cosa. Los votos no dan para cortarle las orejas a nadie. Los votos no son una escopeta de feria ni un martillo de arrear mamporros.
Los votos no permiten convertir la acción de gobierno en una sucesión infinita de Reales decretos-leyes que lo mismo sirven para secuestrar la libre actividad comercial y de los trabajadores que para arrasar todos los derechos fundamentales y encerrar en sus casas a la población entera con toques de queda y condenar a la ruina a millones de familias.
Los votos no te libran de los más de 70.000 muertos, ni de comparecer en el Parlamento. Tampoco te dan permiso para salir por la gatera como un delincuente nocturno.
Los votos, entre ellos los de los ejecutores de la ETA y de los golpistas catalufos, no autorizan para tanta infamia, para tanto desbarajuste, para tanta mentira y tanta insustancia.
Iceta, profesor de bailes desvergonzados, daría, a lo sumo, para encabezar una carroza de la cabalgata del Orgullo, el gordito calvorota en tanga, ¡qué gracioso!, pero no para tomar las riendas de un Ministerio encargado de meter en cintura a los territorios en rebelión del Estado, con alzamientos y proclamas a diario y con intentonas de sedición continuas en mitad de una vorágine de muertos, contagiados y vacunas durante la peor crisis sanitaria de la historia reciente del planeta Tierra.
Y Carolina Darias, una alta funcionaria de la Comunidad canaria, que conoce de logística sanitaria o de epidemias lo mismo que el cabo de guardia del cuartel de Albolote.
Un insulto sobre otro insulto, son dos insultos, a la inteligencia de los ciudadanos. Del déspota hacia su servidumbre, que somos todos. No hay manera de justificar con un mínimo de seriedad tanta afrenta y tanto despropósito.
No somos Italia, pero estamos en manos de los bárbaros que han invadido la colina capitolina desde donde nos gobiernan sátrapas expertos en su ‘inexpertitud’ en todo.
He dicho.





