Santiago Abascal rogaba el otro día en el Congreso vestir con dignidad y decoro para asistir al Congreso y a los actos oficiales, no sólo por respeto a las instituciones, sino también por respeto a los ujieres y al personal que trabaja en esos lugares.
A Pedro Sánchez le pareció una muestra indudable de fascismo por parte de Abascal («Luego dirán que no es fascismo, sino estilismo», dijo), aunque al día siguiente, aprovechando otra horita de plasma para nada, el propio Sánchez insistió con vehemencia en la necesidad de aumentar y respetar las medidas de higiene personal en todas partes. Y así, claro, no me extraña que los de Podemos se sientan rodeados por los fascismos.
El acoso es bestial y supuran los fachas por cualquier rendija del sistema. Entre unos tíos que te conminan a usar un traje y no la camiseta vieja del Ché con la que te acuestas y otros tíos que pretenden que te duches y te laves más a menudo, resulta un verdadero calvario gestar una revolución en condiciones.
En las revoluciones, es sabido, es el hábito el que hace al monje, porque da igual si el fascista, el intolerante, el sectario, el fanático y el violento eres tú si llevas la indumentaria adecuada.
Por ejemplo, si vas con una camiseta de Hugo Chávez o con un mensaje de Greta Thunberg, ya no hay duda de que te puedes dedicar a lanzar piedras contra la Policía o tienes permitido asesinar a un tío que lleva una banderita de España en los tirantes o en la correa del reloj, porque luego de eso sale Julia Otero y te defiende.
Es muy duro esto de ser revolucionario si te ponen tantas trabas, porque ¿cómo puedes llegar a decir las burradas que desgrana la hija de Drácula, Merche Aizpurúa, o el impostor Óscar Matute, con bragas limpias o con una espada de Damocles colgada de tu cuello a la que llaman corbata? Es muy duro, créanme.
El ministro Castells sin ir más lejos, que se la suda todo, no se siente verdaderamente transgresor si no se pone una de esas camisetas absurdas con letras del tamaño de su panza de imperturbable vividor de su propia inoperancia.
Y Pablo Iglesias no sería nadie si vestido pulcramente relatase lo de aquellos tipos «de una clase mucho más baja que la nuestra» que entraron a robarles una mesa de mezclas. Porque dicho así, pero con traje y corbata, sonaría tan pijofacha y tan cayetano, que asustaría al pancetas y al tío de las rastas, claro. Y además, ¡qué es eso de ir con la camisa nueva como figura hasta en el «Cara al sol»! Fachas, que sois muy fachas…
Es el caso de Errejón, que dice sus tonterías revolucionarias con la camisita Oxford limpia y el puño en alto, y no se lo creen ni los suyos, que tuvo que fundar un partido paralelo para dotarse de un metamensaje distinto y alejado de la mugre del moño y las coletas.
A Irene Montero, todo esto de las camisetas le ha jodido la vida, porque antes de llegar a ministra usaba pañuelos palestinotes, diademas de rastafari y bolsos de esparto, pero desde que entró en moqueta y con tres hijos, estima que lo que procede es mucho glamour y mucho Vanity Fair donde lucir palmito, aunque luego combine el modelazo del mangazo con unas plataformas de esparto de volver del mercadillo. Es que si el partido no te permite lucir glamour, vaya mierda cobrar la pasta que me llevo a casa y ocupar un Ministerio, camaradas y camarados…
Y para colmo viene la pandemia. Nada de salir, nada de lucirse y encima que te laves constantemente, como si fueras a un bautizo. Maldito facha el virus y maldito facha Pedro Sánchez con sus recomendaciones televisadas.
Esto es insoportable, tía, pero que sepáis que yo lo hago por España, porque mucho recomendar que llevemos esas mascarillas que arruinan el maquillaje y que mantegamos las distancias hasta para fumar, pero nadie ha dicho que no os paséis los porros, coño, que os contagiais hasta la varicela y las paperas, leches.
He dicho.





