El turismo de masas, la banalización, la cultura del espectáculo, las redes sociales… todo contribuye a la frivolización de las pocas cosas de este mundo que se mantenían auténticas; entre ellas la Semana Santa de Sevilla. Hasta ahí, vale; pocos podrán estar en desacuerdo.
Pero el elemento más perturbador, el que hará de este año 2024 uno definitivo – como lo fue el infausto 2000 que hirió de muerte a la Madrugada– no habrá sido esa tendencia banalizadora, tan universal como inevitable, sino algo todavía mucho peor, más perverso; algo similar a lo que ocurrió en la Iglesia en general en los años setenta del siglo XX y que Julián Marías describió en su libro “Problemas del Cristianismo”: una mal entendida autocrítica que desembocó en una especie de endofobia, aunque él no empleara esa palabra (“Hay sacerdotes que disuaden a sus fieles de que lo sean, que los animan a dejar de ir a misa. Lo ven como una especie de purificación del cristianismo”, dice asombrado).
Los cofrades en puestos de responsabilidad, en una mal entendida autocrítica, ahora parece que detestan, que consideran intrínsecamente mala, la misma esencia de una Hermandad de Penitencia: el culto público y manifiesto, con la estación a la catedral, vestidos con los hábitos e insignias correspondientes.
De manera que los abusos de la Semana Santa no son el aluvión de fotos y selfies, las adulaciones infinitas a unos y otros, la importancia dada a cosas secundarias; los mil elementos banalizadores, por ejemplo las gigantescas y gigantescamente banales fotografías que forran las vallas de los palcos (anunciando el lado más anecdótico y superficial de la Semana Santa, con selfies, como si fueran escaparates de un gran almacén. Bueno, ni los grandes almacenes tienen ya esos escaparates tan chillones)… no, los “abusos” por visto son justo su esencia: el realizar la estación de penitencia, del mejor modo posible, engalanada su imagen de la Virgen, y los hermanos con su túnica identificativa. Y en caso de suspensión de la procesión por causas mayores, el sustituirla por el rezo de un Viacrucis en el interior del templo, lo que suele llevarse a cabo con una intensidad mucho mayor que en otra ocasión cualquiera. Pues en fin, eso justamente, que es su esencia… ¡eso es lo que se critica y se autocritican! ¡eso es lo que se esfuerzan en suprimir!
Es sorprendente. ¿Es invasión del enemigo? ¿Es inocencia, buenismo que interioriza las críticas, y acepta el destruirse a sí mismo, en una equivocada “bondad” que en vez de defenderse – sobre todo cuando sería el defender algo que está por encima de uno mismo – pues acepta sin pestañear que lo que se hace es “malo”… sin haber reflexionado ni un segundo?
Un hermano mayor anuncia la suspensión de su estación de penitencia, ¡ocho horas antes de la hora fijada! Para disuadir precisamente a los hermanos de que se presenten a rezar ese Viacrucis con sus túnicas. Otro lo anuncia un par de horas antes, pero indica… ¡que si vienen, que lo hagan sin la túnica! Es decir: no cree en el valor simbólico, y de manifestación de culto público, que posee la túnica de la propia hermandad que está a su cargo. Como haría el más cínico de los marxistas, pues no le da sino la consideración de disfraz poco serio… ¡el hermano mayor!
Podríamos escribir largo y tendido sobre el valor de portar la túnica; habría que remontarse hasta los Evangelios, que se detienen en describir cómo era la túnica de Jesús (después de no decir ni una palabra de treinta y tres años previos, San Juan sí dedica unas líneas, en pleno relato de la Pasión, a explicar cómo estaba hecha…); luego los hábitos de las diversas órdenes, en fin, un tema inagotable. Sólo por citar algo anecdótico: Chesterton observaba, defendiendo la distinta vestimenta de hombre y de mujeres, que la falda era más digna, y que “cuando los hombres hacen algo importante o solemne –los jueces, los sacerdotes- pues hasta ellos se ponen, por así decir, faldas (túnica)”.
Decirle a los hermanos “que no traigan la túnica”, es definirla como algo frívolo y estúpido. Es no creer en lo que representa.
Burdamente, los que así actúan creen estar “purificando” la Semana Santa (como los curas de los años setenta, observado por Julián Marías, consideraban “purificación” el que los fieles dejaran de serlo). Pero esto es grotesco. Purificación sería eliminar los miles de elementos sobrantes (empezando por los selfies en iglesias), no la esencia de aquello de lo que se trata.
En los medios se percibe un auténtico ataque malévolo a la esencia de la Semana Santa (“Bendita lluvia”, dicen sin ambages muchísimos- y cada uno de ellos dándoselas de muy original– “que ha impedido tanto lucimiento y tanta presunción”???). Ataques del enemigo, vale, Pero, ¿de los propios hermanos mayores?
Justo el día 19 de este mes se cumplen diecinueve años de la elección de Benedicto XVI. Y aquel día, precisamente en un entorno cofrade, tras oír algunos comentarios desfavorables (por la absurda fama de “inquisidor” que se le había dado al Cardenal Ratzinger), un señor modosito levantó la voz y osó decir:
-Bueno, mirad… Por lo menos los cardenales han elegido a un hombre que cree en Dios.
Ahí, ni los críticos pudieron objetar nada.
En 2024, sería deseable que quien ocupa el primer cargo de una Hermandad de Penitencia sea una persona que crea en la Hermandad; en sus estatutos, en su función, en su simbología. Enemigos, ya hay suficientes fuera.





