¡Pues claro que no es la Feria!
Los de siempre, los del cerebro a medias o en un cuarto mal despachado, pero las amarguras enteras y que no falten, ya han empezado a clamar contra el cielo y la tierra de Sevilla que la Feria es otra cosa, como si los demás no lo supiéramos. Como si nos creyéramos que cuatro destellos de consuelo y otros tantos farolillos en menos cantidad que el puesto de los buñuelos, fueran la inmensa carpa de luces del Real. Como si por unas cuantas de franjas verdes o rojas en las lonas caseras que nos socorren de la tristeza de una pandemia, nos hicieran pasear una calle entera poblada de casetas.
Esto me recuerda lo del pregón donde se preguntó nada menos que a Sevilla si sabía lo que era un aplauso. ¡A Sevilla! ¡Un aplauso!
Los de siempre, los imbéciles que integran el sanedrín de esta ciudad que no merecen, ni la ciudad los merece a ellos, tendrán que hacer un esfuerzo mental muy grande para que quepa en sus torpes cabezas que sólo aspiramos a disfrutar del regalo irreemplazable e inaplazable que es la vida. Que sólo pretendemos apurar con el sol rebajado de un rebujito la luz alegre de otra primavera suspendida, la que tiene prohibida por segunda vez la luna y las estrellas.
No estamos en la Feria, faltaría más que esto nos lo pareciera. Estamos en el ánimo admirable de convertir al mediodía el pescaíto que siempre fue de noche, y estamos en el momento de un brindis porque termine esta pesadilla -sí, pesadilla he puesto- que no para de morderse la cola.





