Es cuanto menos preocupante que una democracia llegue al nivel de degradación institucional al que se enfrenta Brasil, abocado a elegir entre dos candidatos como Lula y Bolsonaro, representación gráfica del bajo nivel al que se enfrenta (con escasas excepciones) la política en los tiempos que corren. No hay más que comparar la talla de Reagan con la de Trump, la de Thatcher con la de Liz Truss, la de Felipe González con la de Pedro Sánchez o la de Fraga con la de Feijóo, entre otros muchos ejemplos.
No sólo son alarmantes las prominentes sombras que presentan las dos opciones que pueden hacerse con la presidencia de Brasil, sino la hemiplejía y la doble moral del establishment político y mediático ante comportamientos equiparables de ambos candidatos.
Lula y Bolsonaro son dos corruptos populistas, sólo que uno presunto (Bolsonaro) y otro condenado (Lula). En este sentido, Bolsonaro ha comprado 51 inmuebles en dinero en efectivo y ha establecido legalmente el secreto de sus asuntos familiares y de gobierno durante cien años, y si bien es cierto que sus finanzas personales son cuanto menos muy sospechosas, no lo es menos que las del izquierdista Lula no dejan lugar a dudas, ya que ha amasado una ingente fortuna a través de Odebrecht, que ha corrompido al resto de Latinoamérica.
A día de hoy, podemos ver que los medios se centran en el riesgo de que Bolsonaro aliente una rebelión de sus seguidores ante una virtual negativa a reconocer los resultados electorales, algo que ha dejado entrever por medio de declaraciones en las que afirmaba que, si no sacaba al menos el 60 % de los votos, habría pasado algo que no era normal o al afirmar de manera rotunda que “sólo Dios” podría echarle del poder. No obstante, los comportamientos que preocupan a los medios del sistema son los mismos que en su día exhibió Lula tras su encarcelamiento al afirmar, al estilo del Pujol de Banca Catalana, que lo que se estaba perpetrando era un juicio político contra Brasil e instaba a sus seguidores a rebelarse contra las decisiones judiciales, a riesgo de provocar una guerra civil.
Las tendencias antidemocráticas de Lula no se circunscriben al pasado, sino que se han hecho visibles en esta campaña, con frases que de haber pronunciado su oponente habrían encendido todas las alarmas, pero en Brasil (como en buena parte del mundo), se ve que la izquierda tiene carta blanca. En este sentido, el candidato de la izquierda ha hablado (al igual que hizo Pablo Iglesias) de la necesidad de que el gobierno controle los medios de comunicación, ha dicho que los que no voten por él son enemigos de la democracia y ha tachado a Bolsonaro de “genocida” por su gestión de la pandemia, además de decir que su rival está poseído por el demonio y equiparar a sus seguidores con el Ku Klux Klan.
No es de extrañar que las reprobables declaraciones de uno de los referentes internacionales de Podemos no reciban apenas atención mediática ni acaparen los titulares que cosecha su rival, y un ejemplo bastante evidente radica en que todos se llevan las manos a la cabeza cuando Bolsonaro manifiesta su apoyo a la antigua dictadura militar brasileña, pero no cuando Lula exhibe su admiración por dictaduras como las de Cuba, Venezuela y Nicaragua, que a diferencia de la anterior, continúan oprimiendo a su pueblo, por no hablar (y en este caso las diferencias son abismales) de que Bolsonaro apoya a Israel (la única democracia de Oriente Medio), mientras que Lula , al igual que Podemos, se alinea con una sangrienta teocracia que lapida a las adúlteras y ejecuta a los homosexuales desde grúas en plazas públicas como Irán.
Se podrá alegar que Lula dejó un país con una prosperidad económica que superó incluso a España, pero la perspectiva histórica hace que ese logro sea hoy revisado a la baja, ya que dicha prosperidad fue heredada del Ejecutivo de Cardoso (de centro-derecha), que acabó con la hiperinflación y logró un equilibrio presupuestario del que fue heredero el candidato del PT, que por la presión de los inversores y la oposición mantuvo dichas políticas y dejó de lado su deriva radical, combinando las medidas de Cardoso con políticas redistributivas populistas que, además, crearon redes clientelares, de modo que, se puede afirmar de manera rotunda que seguir una política económica de derechas le permitió a Lula llevar a cabo una buena política social.
A todo lo anterior se suma que se benefició de una coyuntura internacional favorable en la que aumentaron las exportaciones de petróleo y China se convirtió en un comprador de referencia, es decir, que el aumento de la demanda de las economías emergentes dio lugar a que Brasil se beneficiase del aumento de los precios de las materias primas.
Se puede entender que muchos se sientan atraídos por el espejismo de una buena etapa de gobierno, pero pensar que un regreso al poder de Lula será análogo a lo que se vivió en el pasado no deja de ser ilusorio, ya que el candidato izquierdista no se enfrenta a las mismas circunstancias que cuando gobernó. Ya no hay un boom de materias primas y los electores ya no tienen ante sí a la misma versión de Lula. Ya no es ese pragmático que gobernó de forma moderada, sino un radical izquierdizado que hace un discurso frentista, resentido tras su paso por prisión.
No debemos olvidar que quien arruinó Brasil fue su heredera Rousseff, que redujo por decreto los tipos de interés y aumentó la emisión de dinero, dejando un IPC anual del 12 %, pues la inflación como decía Hayek “es un impuesto silencioso no legislado”, a lo que se debería añadir que, además, perjudica especialmente a los más humildes como estamos viendo en España.
A día de hoy, Lula le está pidiendo a sus votantes un cheque en blanco, sin hablar de su plan de gobierno ni de la política económica que pretende aplicar más allá de genéricas promesas de derogar el techo de gasto público, subir los impuestos a los ricos, así como nacionalizar compañías y recuperar para el Estado empresas privatizadas, medidas empobrecedoras que contribuyen a aumentar los gastos y reducir los ingresos. Por el contrario, (pese a sus abundantes sombras) Bolsonaro está ofreciendo realidades, ya que Brasil es uno de los pocos países que registra deflación (es decir, los precios bajan) pese a la guerra de Ucrania y en cuatro años de gobierno, ha pasado de decrecer un 1.3 % anual a un crecimiento del 4.6 % del PIB, a lo que se deben sumar reseñables logros en otras áreas como la mejora de la seguridad: la delincuencia ha descendido un 15 %, mientras que con Lula aumentó un 2 % y con Rousseff, un 17 %. Por otro lado, ha respetado la libertad de los ciudadanos al permitir que decidan si quieren vacunarse y negarse a implantar el pasaporte Co-Vid.
Es preferible para el futuro de Brasil que siga la senda actual, ya que está saliendo del pozo en el que lo hundieron los gobiernos del PT, pues la alternativa es que vuelva a la presidencia alguien que está arrastrando a la izquierda al radicalismo y puede condenar a un país próspero a seguir la deriva de la Venezuela chavista y la Argentina kirchnerista.





