Curioso cómo la mentalidad de todo un entorno se da la vuelta en apenas días… o segundos… ¿cuándo se produjo el vuelco?
Nunca hemos oído dogma más contundente que el “No a la guerra”. No sólo se oía en manifestaciones. El horror a la guerra era el tema central de catequesis y homilías. Resultaba una cosa bastante simplista: no se estudiaba bien la Historia, no se analizaban los procesos… Es como si a un grupo de malos, muy malos, les “encantara” la guerra, y nosotros, desde la tranquilidad de nuestra aula de Primaria o de Secundaria, listísimos y buenísimos nosotros, pues menos mal que somos de los buenos que sabemos que “la guerra es mú mala”. Y se repetía el estribillo.
-Venga, ahora que cada uno diga peticiones personales.
–Por la paz en el mundo- era siempre la primera petición “personal”.
-Para que se acaben las guerras – decía otra alma pía e iluminada.
También en concursos televisivos. “¿Qué le pedirías al Año Nuevo? Que se acaben las guerras” – contestaba el artista de turno.
La guerra es mú mala, la carrera armamentística es el horror.
(Es curioso cómo para enfrentarnos a la vida diaria, repleta de dificultades también morales, de dilemas… pues no se nos daba ninguna herramienta. Todo era centrarse en algo lejano, cómodo y fácil de juzgar. “La guerra es muy mala”. Principios, normas para nuestra vida cotidiana, de eso no se hablaba; cada uno que se las arregle como pueda).
El “No a la guerra, no a la guerra” era tan potente que se sobreponía a cualquier consideración de defensa propia. En el episodio de hace más de veinte años (la invasión de la isla de Perejil, perteneciente a España), cuando en el Congreso de los Diputados se planteó la necesidad de darle una respuesta (vale que a lo mejor es una isla que no le importa mucho a nadie, pero se supone que los países tendrán que hacer respetar su soberanía)… pues las intervenciones de los diputados fueron realmente curiosas. Después de que se dijera mil veces que era un islote sin importancia, que la palabra “invasión” resultaba grandilocuente, que total qué más daba, pues al fin, ante la lógica de tener que reaccionar por un mínimo de dignidad y de soberanía nacional, un diputado de izquierda declaró que vale, que bien que el ejército emprendiera una operación para expulsar a los intrusos, pero que (esto lo proclamó de manera solemne y sonora):
-No entenderíamos que se derramara una sola gota de sangre.
¡Ni una gota de sangre! ¡No lo “entenderían”! Pues si en una operación militar no se entiende eso… ¿qué mundo es este? Vale que las intervenciones militares modernas y civilizadas se preocupan de que haya el menor número de víctimas posible, no sólo propias sino del enemigo; pero tanto como “no entenderíamos que se derramara una gota…”? Y efectivamente se hizo así, una operación táctica con altavoces consiguió desalojar el islote de Perejil sin que hubiera ni un herido. Pero de haberlo habido… una ni osa decir “De haber habido heridos o incluso muertos –cosa lamentable- pues como entender, yo sí que lo hubiera entendido”… No, mejor no decirlo. En esta sociedad de pacifismo a ultranza, habrá que fingir que no entendemos las cosas más normales del mundo.
Y así todo. Hubo una oportunidad histórica de recuperar Gibraltar a partir de 2016, tras en Brexit. Como indicó García Margallo (él y “una servidora” somos los únicos españoles a quienes esto parece dolerles), hubiera bastado con no hacer nada y esperar. Claro que ya años antes Zapatero les había regalado carta de naturaleza propia a los gibraltareños (casi podemos decir, les regaló la nacionalidad) decidiendo que en este asunto ya no habría dos interlocutores (España y el Reino Unido), sino tres, siendo Gibraltar el tercero. Como digo, no se halla a quien esto le duela ni le preocupe. Más bien, al sacar el tema, todos reaccionan mirando a esta loca patriota como a alguien que no vive en el mundo, que se preocupa por minucias, que no sabe que hoy día eso de “la soberanía nacional” no tiene importancia. Gibraltar se hubiera podido recuperar por la pura vía política, aquí no hablamos de armas, claro (y García Margallo propuso un plan óptimo para todas las partes). Pero en ese pacifismo interiorizado hasta la médula que padecemos, pues simplemente el defender con firmeza lo propio, aunque fuera por vía diplomática, sonaba excesivo. “Mira, nos quitaron un trocito de tierra, pues ya mejor que siga así, ¡qué más da! Por eso no vamos a discutir”.
¿Y qué diremos de Ceuta y Melilla, de la defensa de nuestras fronteras actuales? Hay que suavizar las vallas, que nadie se haga daño, acojamos a todo el mundo. La idea de soberanía y de fronteras queda obsoleta. (Y dejemos para otro día toda la actualidad de Cataluña – tampoco parece interesar mucho).
En fin, esta era la situación. La patria, las fronteras, el concepto de “invasión” ha pasado a la Historia, ahora todo eso da igual. Fraternidad universal, y, si tiene que haber soldados, pues que jamás derramen “ni una gota de sangre”. Esto es lo que se respira, lo establecido, lo vigente, en todos los ámbitos, desde que podemos recordar.
Ahora de repente toda la población parece ansiosa (¿o es la realidad paralela de los medios?) de guerra, viva la guerra. Ahora la carrera armamentística es deseable, gastemos 800.000 millones de euros (esa cifra se ha dicho, ¿no? Ayer nos parecía normal que las narcolanchas de la zona de Gibraltar fueran mucho mejores que las de la policía – al fin y al cabo, el pacifismo a ultranza consiste en tragar con todo. Y manda a la cárcel al ciudadano que se defiende de su agresor) en atiborrarnos de armas “para ayudar a Ucrania”.
Pero, ¿para qué sirven las armas? Las armas son para matar y herir. De repente no sólo “entendemos” sino que deseamos que se derrame la mayor cantidad de sangre posible.
Hace no más de un siglo las naciones solían tener un Ministerio de la Guerra. Luego pasó a llamarse del Ejército. Luego se le llamó de Seguridad. Y ahora a un rearme descomunal se le llama “ayuda”. (Con lo bien que suena “ayudar”).
Era más honrado el nombre primitivo.
Tendría que regresar la sultana Aixa y decirnos: “Pues ayuda a defender las fronteras de otros [ya aceptando la versión simplificada que se nos ofrece del conflicto] ya que no has sabido defender las tuyas”.






1 Comment
Claro; aquello de «sangre, sudor y lágrimas» fue muy «british» (en el siglo pasado). La guerra en este Siglo XXI es mediática y robótica «IA» (inteligencia artificial). Cierto es que las consecuencias son las mismas (muertos, heridos, desquiciados mentales): se nota menos, viéndose apenas imágenes de videos.
Las poblaciones que no son víctimas directas viven, entonces, en un mundo de imágenes: «Ignoran la concreta realidad».
Felicito las reflexiones de Gloria Cruz.