Que no te engañen…, más allá de su significado descriptivo biológico, el concepto “mujeres” (como el de “hombres”) carece de sustancia. Fuera de eso lo que hay son individuos de una misma especie (la humana), que se condicionan o salen condicionados por un cúmulo casi infinito de variables y circunstancias, desde las biológicas, psicológicas y ambientales a las culturales e incluso las casuales, propias del azar (lugar y época de nacimiento), las sociales y económicas suyas y de su entorno, etc. O por una mera cuestión de aficiones, gustos o sensaciones que a nadie importan.
Hay a quien le gustan las tagarninas o quien odia el vinagre en el gazpacho, quienes se apasionan con el fútbol y quienes abominan de meterse en la cama con alguien de otro sexo diferente al suyo, pero dicha taxonomía es tan absolutamente irrelevante a efecto de consideración jurídica alguna que, de ser tenida en cuenta, abortaría por completo la Declaración Universal de los derechos humanos…
Objetivo, por cierto, pretendido desde hace años por las comunidades del Islam más rigorista, pero también por el neocomunismo, cuyo venero fundacional, de todo modos y en cualquiera de sus formas, jamás respetó ni mínimamente (ni tuvo intención de hacerlo nunca) aquella Carta aprobada en la Asamblea General de la ONU de 1948.
Los islamistas (no confundir con los islámicos: ver RAE) llevan décadas exigiendo la aprobación de una nómina propia de ‘derechos humanos’ categorizados bajo la óptica particular de sus execrables principios, que chocan frontalmente con la universalidad misma pretendida. Pero también en eso mismo coincide este feminismo talibán que no pretende unificar y universalizar derechos básicos para todos los individuos de la misma especie, sino desglosar a su acomodo listas interminables de especificaciones para cualquiera de sus ocurrencias de ocasión y, a veces, cuando extiende sus delirios, lo hace incorporando a dicha lista a los simios, a los gatos o a los conejos del campo (¡a tomar por saco lo de «humanos») en una suerte de confuso panteísmo franciscano, una amalgama que desvirtúa las lindes de la dignidad humana con un adanismo más propio de sectas afanadas en la deconstrucción social, cosa tan propia del infinito e indesmayable marxismo.
Pero a estas alturas hay que repetirlo aún: ni yo tengo causas comunes que me identifiquen de modo general con un ladrón pakistaní que vive en las montañas (aparte la pura coincidencia biológica, carente de significado a estos efectos), ni ninguna mujer del Ngorongoro se parece en nada más allá que su mera condición biológica a una feminista o a una catequista que trabaja en Burgos o en Barcelona. En fin, la impostura global es una pasta indigerible que no arregla nada, salvo allanarle el camino al dislate colectivista que tanto gusta al anti capitalismo.
He dicho.





