Se creen el ombligo del mundo, y razones no les faltan según los criterios con que hoy se miden la fama y la popularidad. Y como además van de divos, se homenajean y premian en sus incesantes ferias de promociones y vanidades: ellos se lo guisan y ellos se lo comen, aunque nos toque al resto subvencionarles sus emperifollados platos. Se sienten elite y
Por eso, es fácil entender que uno de sus representantes más conspicuos, con el arroz pasado pero muy crecido aún en su pomposa vanagloria, contestase sin rubor «Les niego la existencia», cuando le preguntaron por un nuevo grupo político que les baila poco el agua, pero al que acaban de avalar cuatrocientos mil votantes en Andalucía. ¡No existen, ea!, proclamó el diosecillo de Calzada de Calatrava.
Aunque, como nada es perfecto, a veces se les cuelan elementos extraños a su mundillo de oropel, y se les escapan brotes de humanidad…
Como sucedió en la última gala de los premio Goya, cuando aplaudieron
Incoherencia gorda porque una parte de los cien mil seres humanos a los que se aborta cada año en España, lo son precisamente por considerar que tienen discapacidades





