Navidad significa, fundamentalmente, nacimiento. En estas fechas que se conmemora el Nacimiento de un revolucionario, Jesucristo, un buen hombre, uno de los dioses que nos mecen la cuna, es un buen momento para hablar de otro nacimiento, más bien, de otros nacimientos. El poder de cualquier nacimiento es muy grande, cuando no, determinante. Nacer supone que algo nuevo viene donde antes no había nada – ¡vaya alegría! -, o también, donde lo que hay no es suficiente o no es válido para explicar el desbarajuste reinante, digámoslo así.
Dados los síntomas que estamos padeciendo como país y como sociedad, se echan en falta algunos nacimientos que, por otra parte, son sobre cosas sencillas, de sentido común, pero absolutamente necesarias para seguir con equilibrio y buen humor nuestras vidas. Erramos cuando creemos que todas nuestras decisiones han de pasar por la ideología, la cual, la mayoría de las veces solo envenena lo simple. Es aquí donde entra a operar el sesgo político. Porque eso es la ideología, el “interés político”, y el interés político es el interés personal de los políticos.
Me atrevería a hablar, al menos, de dos nacimientos: La nueva política y una nueva conciencia como sociedad.
Ante el deterioro, provocado, por supuesto, por lo que se ha dado en llamar la banda de Sánchez -creo que lo de la banda no lo tenía planeado pero a partir de que Albert Rivera acuñara el término, el aprendiz de sátrapa se lo apropió, como tantas cosas- se hace improrrogable el Nacimiento de una nueva conciencia política, responsable, elaborada a baja temperatura ideológica, que sea capaz de atreverse a hacer un diagnóstico de la deriva del país y, por supuesto, a decírselo a los ciudadanos, para, seguidamente, emprender el tratamiento, convenciendo a la gente de que todo pasa por tener capacidad para soportar el agudo amargor del jarabe que hay que tragar para paliar esta tos invalidante que padecemos que, por otro lado, nos está diciendo que es solo la consecuencia de otros males invisibles internos, en la respiración, en el intestino, en el aparato circulatorio, en la palmas de las manos y dentro de la cabeza, el más grave.
El problema que se nos presenta al país entero es si somos capaces de responder a esta pregunta, sencilla de formular pero complicada de resolver: ¿Existen en España políticos capaces de abanderar la nueva conciencia política de la que hablamos? Los requisitos que han de cumplir los candidatos parece que niegan, por sí mismos, su existencia. Requisitos: alto calado intelectual, extensa formación, capacidad de negociación, transigencia y honradez. No hace falta experiencia. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla. Si el candidato tiene experiencia y además cumple con el resto de los requisitos, ¿por qué no ha hecho nada aun? Quiere decir, pues, que no es honrado y por lo tanto no es fiable. Y aquí está el quid de la cuestión de todo el problema que padecemos como país, “la falta de confianza”. Entramos, por tanto, en el síndrome colectivo de la pescadilla que se muerde la cola, porque aun teniendo un candidato aceptable, es decir, que cumpliera todos los requisitos -por otra parte, razonables-, nos encontraríamos que tendría que ponerse a trabajar en un asfixiante clima de desconfianza. Si encontrar un candidato es difícil, augurarle éxito, dadas las condiciones de hastío social, lo hace mucho más complicado. La banda ha sabido crear las condiciones idóneas para perpetuarse. El manual no era de resistencia sino de destrucción.
El segundo Nacimiento no es más fácil que el anterior, porque suele ocurrir que la conciencia de la sociedad está intervenida, cuando no dirigida, por la clase política. Lo primero que hace la ideología es acabar con la aptitud (y, por tanto, actitud) crítica de los ciudadanos, y se hace con las clásicas recetas que usaron hace siglos los clarividentes romanos -los dirigentes del Imperio Romano-: “Pan y circo”, es decir, paguitas, subvenciones, ONG´S, series, influencers, telebasura, fútbol y tertulianos comprados. El problema real -otro más- es si podemos contestar a esta pregunta: ¿es capaz una sociedad de salir de la camisa de fuerza que le ha colocado la ideología una vez que el sobrante de las mangas se le ha atado a las espaldas?
Mientras tanto seguimos sintiéndonos muy listos, libres y cargados de argumentos que justifican, de largo, que abortemos cada cuatro años -y todos los días- los Nacimientos que necesitamos.
Por ahora, por este año, por hoy, disfrutemos de la Navidad. La banda lo está haciendo por todo lo alto.





