Desde un punto de vista moral, siempre me ha llamado la atención el pecado de omisión, ya saben, aquél que consiste en no hacer lo que sabes que debes hacer, y ello es así porque parece que es el motivo principal por el que seremos juzgados en ese juicio final del que nos habla el evangelio de san Mateo (“tuve hambre y no me distes de comer, estuve enfermo y no me visitaste,…)
Ello me ha movido a escribir unas líneas sobre el fallecimiento de la joven iraní Jina (Mahsa era su nombre oficial en farsi) Amini, muerta el pasado 16 de septiembre en un calabozo a manos de la policía de la moralidad (organismo oficial creado en 2005, que se sirve de cámaras de vigilancia) a raíz de no llevar puesto el hijab (velo islámico), o la de Nika Sakarami, rapera de 17 años, reencontrada después de varios días en paradero desconocido en una morgue, junto a los más de ciento treinta muertos y cientos de detenidos, entre ellos veinticinco periodistas y cuatro abogados, que sepamos, en las manifestaciones habidas con posterioridad a dichos sucesos.
Aún recuerdo la simpatía que despertaba en amplios sectores de Occidente la llegada al poder del Ayatolah Jomeini en 1979, tras derrocar al Shah de Persia, Reza Palavi, un dictador que emprendió reformas democratizadoras al final de su mandato, pero que no pudo evitar su huída del país tras un golpe de Estado que acabó convirtiendo a Persia (Irán) en una república islámica teocrática el uno de abril de aquel año. En 1981 el hijab se hizo obligatorio, y en 1983 se penalizó el no hacerlo con azotes. Luego con la cárcel.
Ante ese horror que se produce a pocas horas en avión desde España, me preguntaba, ingenuamente, por qué los sectores más progres y feministas del país no condenaban de una forma abierta y sin tapujos tamaña aberración y ataque a la libertad. La respuesta creí hallarla en esa maldita palabra que suele evitarse por todos los medios: islamofobia, ¡faltaría más, inmiscuirse en las costumbres culturales ( ) de otro país! El resultado es un silencio vergonzoso (nuestro presidente del gobierno contestó a un periodista que le preguntó sobre este asunto que no tenía información al respecto de algo que estaba dando la vuelta al mundo) y una guerra, eso sí a los “micromachismos” que, según algunos, tanto abundan por estos lares.
¡Qué bien les ha venido a algunos la berrea del colegio Mayor Elías Ahuja (de Madrid tenía que ser) de chicos, contestada por las chicas del colegio Mayor Santa Mónica, para tapar lo que está ocurriendo en Irán, así como la indecencia de unos presupuestos generales del Estado que priman una vez más a Cataluña o el implacable avance del narcotráfico en el Campo de Gibraltar!
Mientras tanto, chicas adolescentes se están jugando la vida gritando “¡Mujer, vida, libertad!” por las calles de Teherán, quitándose el velo, con riesgo incluso de su vida, al tiempo que aquí en Occidente nos ponemos muy guais cortándonos un mechón de pelo, porque somos muy inclusivos y no queremos que nos tachen de islamófobos, cuando lo que hay que cortar son las relaciones comerciales, políticas y diplomáticas con los países que alientan y consienten semejantes actos criminales. Les doy más valor a aquellas universitarias españolas de los ochenta que gritaban en las asambleas de estudiantes “¡Jomeini, cabrito, ponte tú el velito!”, sin éxito claro está, que a las poses que algunas cuelgan estos días en las redes sociales.
No se trata sólo de los derechos de las mujeres, sino de todos los derechos fundamentales que los sucesivos gobiernos iraníes han violado durante décadas. Las últimas movilizaciones en aquel país agrupan a trabajadores de todos los sectores, incluidos maestros y profesores universitarios, y más recientemente, a jóvenes y mujeres de todas las edades, pero el resto del mundo parece estar más pendiente de que Irán revise el acuerdo de armas nucleares a cambio de no tomar ninguna medida significativa en su contra.
Junto con las jóvenes que rechazan el hijab, las minorías cristianas (católicos, ortodoxos y evangélicos) y los conversos en particular son el objetivo más fácil de reprimir. A las celebraciones litúrgicas que se hacen en las casas (meditación de la Palabra o ágapes de fraternidad) se las persigue con penas de hasta diez años por propagar el cristianismo por considerarlo una acción contra la seguridad nacional.
Para terminar, les propongo sumar nuestras fuerzas, cada uno desde su lugar y a su manera, sin importar etnia, religión, lengua o creencias, en esta lucha contra el dolor compartido de la injusticia, la opresión y la dictadura religiosa que sufren muchos pueblos como el iraní para no ser acusados al final de los tiempos de no haber hecho nada por cambiar esta situación.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Qué artículo más valiente, Alberto.
Admiro tu coraje al denunciar un régimen tan deleznable y una sociedad occidental tan fariseos.
Enhorabuena
Amigo Alberto, qué vamos a contar que ya no esté archisabido y archirepetido sobre la hipocresía y el cinismo de la chupi pandi feminazi que nos asola en estos tiempos desde el mismo gobierno y que solo denuncia aquellas tropelías que les interesa para sus conveniencias políticas.
Pero no por ya conocido debe dejar de proclamarse a los cuatro vientos. La Islamofobia que argumentan no se sostiene si se compara la forma de vida y los derechos de las mujeres en cualquier país occidental, con los de Irán o cualquier país bajo la ley Islámica. O es que ya no noticia nada de lo que está pasando en Afganistán?
Pero lo peor de todo, como dices, es la omisión. No hacer nada con las dictaduras es la peor vergüenza para aquellos estados “democráticos” que podrían tener alguna capacidad de cambiar las cosas y prefieren la inacción sea por incapacidad, por falta de voluntad, por intereses geoestratégicos, etc., etc.
Siempre tendremos que recordar el ejemplo de Francia y Reino Unido frente a Alemania en el período de entreguerras y más recientemente lo tenemos con Putin. No hacemos nada hasta que ya es demasiado tarde.
Pero la sociedad civil sí que puede hacer algo, en la medida de sus posibilidades. Como dices, sin ninguna división ni discriminación de ningún tipo, al menos podemos no callar ante la ignominia, la desidia, la opresión…… y la omisión