El Centro de Recepción e Identificación de Moria en la isla de Lesbos (Grecia) fue uno de los puntos calientes de la migración en Europa. Permaneció activo entre 2013 y 2020, cuando quedó destruido por un incendio. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y diversas organizaciones no gubernamentales denunciaron las malas condiciones de vida y la falta de seguridad.
Pensado inicialmente para acoger a 750 personas provenientes de la guerra de Siria, para enero de 2020, el campo había superado los 20.000 refugiados. La gran mayoría no tenían acceso a las infraestructuras interiores del campamento y tuvieron que instalarse en tiendas de campaña improvisadas, se producían disturbios y peleas casi a diario, y en ocasiones se saldaban con alguna víctima mortal, hasta que los días 9 y 10 de septiembre de 2020, un gran incendio destruyó completamente el campamento.
Lejos de encontrar una solución al problema de la migración en Europa, éste no ha hecho más que agravarse, y ello ha llevado a que el Parlamento y el Consejo europeo hayan procedido a la aprobación de un documento llamado el Nuevo Pacto sobre Migración y Asilo que según muchas ONG e instituciones de la Iglesia católica, tiende a impedir las llegadas y a acelerar el retorno.
No hace falta que les comente la situación en España, y más concretamente en Sevilla, donde los vecinos de Parque Amate ven cómo han llegado en ocasiones de madrugada autobuses cargados de inmigrantes que vagan sin rumbo por la ciudad desde Candelaria, los Pajaritos o Huerta Santa Teresa.
A falta de ser aprobado y publicado en el diario oficial, el Nuevo pacto impulsa un uso generalizado de los procedimientos fronterizos, pues retiene a los solicitantes de asilo en los límites del país mientras se valora su caso, lo que lleva en la práctica a la detención de personas hasta seis meses desde el primer registro y a la expulsión si su solicitud no se admite. Dicho con otras palabras: los países fronterizos como España, Italia, Grecia y los países del este, se verán obligados a crear campamentos de refugiados en sus límites fronterizos, con miles de personas, y, entre otros casos, familias enteras con niños mayores de seis años. Y personas vulnerables.
Si ya en los actuales Centros de Internamientos de Extranjeros (CIE) resulta muy difícil el acceso a la información y a la asistencia jurídica, imaginémonos cómo será la situación próximamente en las fronteras, que podría agravarse en casos de “crisis”, “llegada masiva de personas”, “fuerza mayor” y otras vaguedades que ampliarían el plazo de seis a nueve meses.
Las generaciones más jóvenes pueden desconocer o haber olvidado que fuimos un país de emigrantes (¡y aún lo somos!), no ya sólo por el paso del tiempo , sino también porque disfrutamos de una prosperidad de la que carecíamos entonces. Muchos de los ciudadanos que expresan su rechazo a la inmigración y que son partidarios de cerrar nuestras fronteras, ignoran ese pasado no tan lejano. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros de haber nacido y vivido en los países de donde provienen estas personas?
Desde Bruselas, las autoridades de la Unión Europea, alegando el fuero, probablemente estén alimentando el desafuero que supondrá la situación a la que conduce su Pacto. Quien esto escribe, entiende el desaliento de tantas y tantas personas y Organizaciones no Gubernamentales sin ánimo de lucro, entregadas a ayudar a los más necesitados. Parece como si Europa estuviera cada vez más replegada sobre sí misma, con miedo al otro que viene de lejos, al que convierte en la cristalización de todos los males que le aquejan.
Nuestra vecina Francia acaba de aprobar una ley por la que se le suprime la asistencia sanitaria del Estado (excepto en caso de urgencia) a los inmigrantes, se restringe la reagrupación o la reunificación familiar, se limitan los permisos de residencia por motivos familiares, se restringe el acceso a la nacionalidad francesa, y se criminaliza a las personas que faciliten la entrada o residencia de emigrantes.
Decía San Juan de la Cruz que al final de la vida nos examinarán del amor, y una de sus manifestaciones es la de hospedar al peregrino (“… fui forastero y me hospedasteis”, Mateo 25,35) porque “también vosotros fuisteis forasteros en el país de Egipto” (Levítico 19,34). Puedo parecer ingenuo, pero estos textos me parecen una buena brújula para gobernantes, un aviso para navegantes y un alivio de caminantes.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






3 Comments
Tenes toda la razón, igual que San Juan de la Cruz. es verdad que seguimos emigrando nosotros también, sin embargo, lo que choca es la diferencia de cultura y religión. Cuando íbamos al norte de Europa en los años 60 a trabajar, íbamos con contratos. Los que salen ahora de España van con carreras universitarias en su mayoría. Creo que lo que produce rechazo al inmigrante es su cultura y religión. Ahí estará siempre el choque en nuestros días.
Ojalá pudiéramos albergar a todos los que migran a este país. Nosotros hemos sido un pueblo emigrantes; pero también hemos sido un pueblo trabajador y cumplidor de las leyes de los países que nos han acogido.
En lo que difiero es: Todo no vale o existen garantías legales y sociales o España se convertirá en el estercolero de Europa. Eso no nos lo merecemos. Los demagogos siempre de puertas para afuera, todo
Yo no sé hasta qué punto es realista mantener las fronteras para las personas, cuando circulan libremente por el mundo ideas, mercancías y capitales. Europa crece y enriquece al mundo cuando es fiel a los principios con los que resurgió de sus cenizas tras la Segunda Guerra Mundial. El Mediterráneo se ha convertido en un nuevo Telón de Acero. Los pueblos del sur de Europa no pueden ser los Securitas de los del norte mientras miran para otro lado cuando mueren en el mar miles de seres humanos y se convierte islas paradisíacas en infiernos terrenales.