“Pienso que estamos ciegos.
Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran”.
José Saramago.
Estoy empezando a cansarme. Y mira que cuesta trabajo aburrir a un tipo que traga con lo intragable y que es jartible hasta el vamos a dejarlo ahí. Pero ya me estoy aburriendo, que decimos en mi pueblo. Y me estoy aburriendo de lo mucho que se está hablando de los problemas de José Antonio Morante Camacho —qué bien lo decía Fernando Fernández Román, arrastrando las vocales— y de lo poco que se hable de lo mucho que ha hecho, y sigue haciendo, por “la fiesta más culta que existe hoy en el mundo” (Federico García Lorca dixit). Los que hablan de sus problemas psicológicos son los listos y los vivos de siempre, los que no han vivido su vida y tienen que hablar de la de los demás para que puedan abrir la boca, que si no, la tendrían siempre cerrada, siempre con la cremallera echada, como sus cortas mentes: siempre picando con aguijón venenoso sus maledicentes lenguas de mármol.
“¿Qué más queréis?”, tuvo que soltar Morante el pasado Domingo de Resurrección desde el tercio de la Maestranza, con la muleta en la mano izquierda. Y es verdad. ¿Qué queréis? ¿Qué queremos? ¿Que se abrace a los pitones del toro y le grite “mátame”, como hizo el Pasmo de Triana en la plaza de toros de Valencia?
José Antonio está como está porque está como está y es como es. Así de sencillo y de fácil. Que hasta ha rematado la frase de Belmonte, que él remeda de esta forma: “Se torea como se es… y como se está”. Y sanseacabó, que diría mi amigo Rubito. Punto final. Si el que pide lo imposible y critica lo imposible de criticar tuviera la mitad del cuarto de la sensibilidad del de la Puebla seguro que no decía tantas sandeces y seguro que apreciaba la manera de torear —al toro y a la vida— de frente del cigarrero.
El rabo que cortó José Antonio en Sevilla le hizo más mal que bien. A las pruebas me remito. Desde aquel día no ha vuelto a ser el mismo en su vida privada. Y ¿por qué? Pues porque el que es genio, el que es sensible y sabe lo que hace siempre duda. Como dudaba Silvio y se tenía que poner a ver la televisión para que se le pasara la duda…. de la resaca. El que sabe duda, mientras que el que no se ha enterado de nada, afirma. Así de triste y de puta es esta vida. O como escribe Jesús Soto de Paula: “Aquel que lee sabe lo que ignora, aquel que no lee ignora lo que sabe”.
Y que sí, que estoy empezando a cansarme de cuando algún listo viene y te dice… cuídate. Cuídate tú. Cuídate de saber tanto y de creerte tanto. Que el mejor de los toreros, después de cortar un rabo en la Maestranza, dudó más que creyó. Y si eso es así, la grandeza está del lado del que duda, no del que se cree que sabe. Y cuídate tú, gracioso, de tu estupidez supina y acomplejada.
Por eso el cigarrero planta las plantas de los pies en el albero —sin tornillos ni tuercas— como asienta su verdad en la vida. Sabe quién es y qué es lo que representa. Que ya está bien con lo de que “no se le ha olvidado torear”, que con estas cosas no se juega. Y esa responsabilidad que el maestro ha asumido es mucha. Que le pregunten a Belmonte, a José, al Guerra, a Frascuelo. Si pudiéramos deberíamos preguntarle a Manolete qué era eso de la responsabilidad, qué era eso de tener que dar la cara todas las tardes, sin importar que el público fuera el de Madrid o mineros en fiestas.
“¿Qué más queréis?”. Que le pregunten a Kafka por la incomprensión. O al Torta. O a Morante, el torero incomprendido.






