En las clases magistrales de Rafael Cobos -coguionista de la película “Modelo 77”– descubrí, además de la técnica para la construcción de un guion, esa pasión que mueve al verdadero cineasta: la necesidad de expresar el propio compromiso -moral- con la realidad. Todo lo demás es entretenimiento, o bien propaganda. Por eso acudí a ver la última película de mi admirado maestro guionista. Por curiosidad acerca de su compromiso moral.
He leído muchas críticas de “Modelo 77” y casi todas la señalan como una denuncia de la transición política española. Pero estoy en absoluto desacuerdo, porque creo que esta película denuncia, sobre todo, la política española actual, y la transición le sirve magistralmente de espejo. La película nos muestra como en los años 70 los presos aún “existían”, aún eran considerados humanos. Muy simbólicamente, las cárceles se ubicaban en los cascos urbanos, dónde la gente podía verlos asomados a las ventanas las noches de verano -recuerdo haberlos visto de niño con mi padre- e indignarse por sus condiciones infrahumanas. Hoy sufren las mismas o peores condiciones, pero nadie lo ve; por eso circula el bulo de ciertas supuestas comodidades imaginarias dentro de unas cárceles que nos son absolutamente desconocidas, y ajenas. En la transición se pegaban palizas, sí; cómo ahora. Pero entonces los periodistas vigilaban las prisiones en defensa del individuo frente al poder totalitario del Estado, cosa que ya tampoco ocurre. Quizás el último en atreverse a reivindicar periodísticamente la humanidad de los presos fue Jesús Quintero con su “cuerda de presos”, descanse en paz. Después de él, todos han desaparecido en la nada (los periodistas, los presos…)
Hoy, cómo en los años 70, en nuestras cárceles hay demasiada gente que no debería estar. Gente condenada por leyes injustas, por tribunales ideológicos y procedimientos que obvian la presunción de inocencia (hasta tenemos una ley contra este derecho humano). Pero si en los 70 la gente pedía amnistía, hoy pide cadena perpetua (a pesar de la película de Tim Robbins y Morgan Freeman). Hoy España lidera el ranking de encarcelados per cápita en todo el mundo desarrollado, y también el de condenas judiciales con perspectiva ideológica -como la “de género”-. Los tribunales del oligopolio político las promueven, igual que hacen con el “populismo penalista”, que ha llevado nuestro código penal a la inhumana “exasperación de las penas” que denuncian muy reconocidos juristas.
En los años 70 los presos políticos amnistiados no abandonaron a los presos comunes, que también eran políticos -víctimas de leyes franquistas- pero que sobre todo eran humanos, como ellos, y eso prevalecía sobre cualquier corporativismo. Y los presos comunes -y aquí hay un giro muy interesante en la película- tampoco podían dividirse entre mejores y peores porque, entonces, todos eran humanos, y merecían los mínimos derechos que los humanos nos teníamos reconocidos; muestra evidente de nuestra superioridad moral colectiva sobre cualquier vileza individual. Hoy todo esto, irremediablemente, se ha perdido. Por eso “Modelo 77” lleva implícita una crítica feroz al actual proceso de deshumanización y de dominación políticas, más escalofriante que la tardo-franquista, porque ahora los esclavos, en su anestesia moral, se creen libres. Hoy, cuando las normas europeas limitan a 24 grados centígrados la temperatura en las granjas avícolas, en España muchos inocentes se asan legal y literalmente a 60 grados en sus celdas durante el verano. Ya no queda nadie para denunciarlo. Solo nos resta ese túnel del film, para evadirnos del fracaso colectivo. Y alejarnos de la chachara política que hoy critica la transición, para así camuflar su profundo desprecio por todo lo humano. Gracias, maestro, por escribir entre líneas. Pero es una lástima que ya casi nadie sea capaz de leerlo.





