Las leyendas quedan para los restos de los restos en la retina de la ciudad y en aquellos que la sienten. Y en la retina quedan porque las necesitamos para inspirarnos o porque la muerte les imprimió la pátina de lo que fue y ya no es. Así es lo de Adriano y Trajano —“cuando desde Andalucía mandábamos emperadores a Roma”, que decía el maestro Antonio Burgos—; como a Bécquer, que tuvo que irse de su barrio de San Lorenzo a Toledo y a los madriles; como a Catalina de Rivera; como doña María Coronel, que el aceite de minerva le configuró las arrugas de la libertad; como a la vieja del candilejo; como José María Izquierdo; como Sor Ángela de la Cruz, que no somos capaces de apearle el Sor y llevarla al Santa de los altares, ¿verdad, Paro Robles?; como a Silvio; como a Pepe Luis…
Pues aquí tenemos a una leyenda de la ciudad, de nuestro universo. Su nombre es Francisco Romero López y nació en Camas, que es donde duermen los sueños toreros de Sevilla. Una leyenda viva que nos vive y que aún podemos palparla y mirarla a la cara.
El domingo se le rendirá homenaje en la Maestranza de Sevilla, el patio de su casa, donde todo se le daba y todo se le perdonaba. Donde paraba las manecillas del reloj y donde la Esperanza —la que está en San Gil, de verde esperanza vestida— se renovaba cada año, de Domingo de Resurrección a la última de San Miguel.
Qué humildad, habiendo hecho felices a tantos tantos y tantos. Qué diferentes sus formas a las que tan acostumbrados a ver hoy en día entre los políticuchos y los artistetes de tres al cuarto, de leché migá. Qué grandeza desde un simple —leve, imperceptible— movimiento de muñeca; qué grandiosidad desde el pechito fuera y las zapatillas clavadas en el albero de Alcalá. Cuánto arte en tan poco tiempo, pero en el momento exacto, que en el toreo no se puede elegir el día ni buscar la inspiración. Qué bonito vivir despacito y torear despacito… y acariciar despacito…
Por eso, permítanme colarme en este homenaje al maestro y comenzar doblándome por bajo con el toro de la literatura, a dos manos, profundo, barriendo el lomo del burel… y traer un ramillete de pases, muleta cogida con las dos manos, para dejar el toro en suerte. Y citar a Rafael Duyos cuando le dijo a Rafael Gómez Ortega, el Divino Calvo, aquello de que era “un remate de Giralda”. Y traer los versos de Federico (¿qué Federico va a ser hablando de literatura en nuestra tierra?) cuando le escribió a Ignacio (¿hay más Ignacios en el toreo que Sánchez Mejías, el que lloraba como un niño junto a aquella manta cuartelera?):
«No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras»
O a Aquilino Duque, que al Pasmo de Triana —al que José le ganó la partía en Talavera—, le dibujó el siguiente verso:
“supo torcer el curso de los ríos”
O a Fernando Villalón —que “entre Morón y Paradas, son tierras de campiña, por donde corre la plata”— escribió a José, el Rey de los Toreros:
«Juro yo por la leche que he mamado
ante esta tumba que es del Arte duelo
que esta vez, ¡una vez!, fue injusto el Cielo.
Virgen mía perdóname, si he pecado»
El toro está ya por fuera de las dos rayas, ya están volando al viento las banderas sobre el palco del príncipe. Pero hay que seguir un poco más, dos, tres muletazos hondos más para dejar el toro del homenaje en el corazón de Romero. Y recordamos a Antonio Murciano y definir al Monstruo, a Manolete, como “El hijo de Angustias Sánchez”.
O aquel capote de las vueltas azules de Rafael de Paula, que inspiró a José Bergamín para soltar lo de “la música callada del toreo”.
O lo del maestro Burgos refiriéndose al rubio Pepe Luis, el torero grande de San Bernardo, como El Seise de la Virgen:
“Aquella tarde, hace cincuenta años, un seise bailó a la Virgen el más bello minué de la gracia. Se llamaba Pepe Luis Vázquez. Iba de celeste y oro”
Permítanme, pues, mi piropo, humilde a quien todo lo es en el mundo de los toros y que hoy será homenajeado en la plaza de Sevilla, la del amarillo albero. Por eso, maestro, a usted le digo que benditas las manos. Benditas las manos encalladas del trabajo que le parieron. Benditas las manos del que está en San Lorenzo que por algo puso en sus manos el capote mínimo, justo, exacto para que, desde el tercio de la Maestranza —la plaza más bonita que hay en el mundo que cantaba el Pali—, con sus manos detuviera nuestras vidas y el rodar del mundo. Benditas sean sus manos que han creado tanta belleza. Benditas sean sus manos y bendito sea usted por los siglos de los siglos. Amén.






