Una muchachada de tropecientos menores en viaje de fin de curso organizado por su cuenta ha quedado atrapada por el lado de babor en hoteles de Mallorca sin que las autoridades tengan muy claro qué deben hacer en un caso en el que entran en colisión derechos fundamentales con la exigencia del control sanitario rigorista que aconseja la pandemia.
No queda claro, o sí, vaya usted a saber, cómo es posible que los padres autorizaran que se llevara a cabo el descabellado plan en mitad del oleaje por el virus, pero lo cierto es que así lo hicieron, en comandita y con un grupo de monitores de la agencia de viajes, y fueron a reunirse en un sarao de una semana a todo trapo, del que no cabe dudar que trazaron como una travesía de interés cultural…, por las que jilan.
¡Quién podría haber imaginado que un contagio masivo sucediera entre cientos de chavales sofocados por las urgencias y amontonados en aviones, barcos, hoteles y discotecas! Pues bien, ahora esa muchachada llora que llora por los rincones porque las autoridades socialistas y podemitas no saben cómo desenredar la situación, ni cómo aislar o cómo ha de devolver a sus hogares a un grupo numeroso de menores sin poner en riesgo la extensión de la epidemia.
Siendo lamentable que planificaran la realización de tan descabellado proyecto en estas fechas y bajo la incertidumbre, el asunto revela que todos los lamentos y protestas que ahora les vemos expresar aludiendo a su victimista minoría de edad chocan de frente con la facultad que les acaba de otorgar la nueva ley de tomar decisiones tan radicales como cortarse el pene o cambiar de sexo sin consultar con sus padres. Y si no son los padres los que deben autorizar algo tan drástico, grave e irreversible, ya me contarán con qué autoridad les podrían haber denegado que todos esos adolescentes se empeñaran en sus frivolidades en mitad de un bombardeo.
«Los hijos no son nuestros», ¿recuerdan? Eso dijo la Celáa en su día y se quedó patidifusa en su laberinto de salones y pasillos en su palacete de Neguri, así que ahora serán las autoridades las encargadas de resolver esta suerte de secuestro mientras los padres desesperan y los chavales apechugan con un confinamiento inesperado que les ha rebajado el chup-chup hormonal a los niveles de una piedra.
Dicho esto, no se entiende muy bien la preocupación de los padres de estos obtusos si conocían de antemano el respeto que le merece al socialpodemismo balear la minoría de edad, donde sus directamente tutelados se prostituían, o se prostituyen, bajo la atenta mirada silenciosa de las autoridades responsables de velar y cuidar a menores no acompañados. Y la verdad, tampoco se entiende demasiado bien que el gobierno de las islas y el de la Nación alternen dilaciones, dudas y anuncios rigoristas sobre la realización de pruebas y la aplicación de confinamientos ineludibles en un asunto en el que tienen sobrada experiencia, pues cada día reciben y esparcen por toda España a cientos de inmigrantes ilegales cuya única prueba serológica consistió en saltar una valla o subirse a una patera sin más control previo que el de aflojar una pasta gansa a las mafias de la trata de personas, cuyo buque insignia esclavista lleva el nombre de «Brazos abiertos» y recibe premios y condecoraciones por su enjundiosa labor de arruinar a Europa a costa de la muerte de miles de subsaharianos y magrebíes en el ancho Mare Nostrum.
Para ser justos en la aplicación de las medidas por parte de este comunismo encendido, yo creo que lo que procede hacer es distribuir a media noche en vuelos fantasma a toda esa muchachada por los aeropuertos de España y soltarlos lo mismo en Santiago de Compostela que en Teruel o en Alicante para que vaguen con sus miasmas y sus virus hasta dar con la casa de sus padres por sus propios medios, como chuchos abandonados en mitad de La Mancha.
Total, si a los padres marroquíes que buscan a sus hijos escapados de sus casas no se los devolvemos por razones ‘humanitarias’, ya me contarán qué necesidad tienen las autoridades de aplicarles la estrechez de la medidas sanitarias y de protección de sus derechos si de todos modos son como «cayetanos» que tienen aprobadas todas las asignaturas sin necesidad de dar un palo al agua.
El alucinado (o alunizado) ministro de Universidades, Manuel Castells, que ya anuncia la necesidad de cambiar a varios ministros que considera achicharrados (no es su caso, que ni siquiera ha abierto la cartera que le dieron en su día) asegura que «condenar a los alumnos por un suspenso es elitista, porque machaca a los de abajo y favorece a los de arriba». Contemplada así, la universidad, y la sociedad entera, serán muy pronto una fábrica de garrulos confinados en hoteles de lujo y luego esparcidos a su suerte por las calles de España, como una manada de asnos y borricas donde a él le tocará ejercer el digno oficio de mamporrero para que sus especímenes desfoguen sus ardores y luego él mismo los redirija en igualdad a la oficina abortiva más cercana de la mano del cariñoso personal de la Cruz Roja. Eso sí, después de haberles practicado cuatro PCR en un gulag de cinco estrellas, con piscina y «all included». La igualdad ante todo.
He dicho.





