No se sabe nunca, es lo que tiene. Pues escrito está, dicen. Ya, mas dónde. Porque yo es que hubiera querido saberlo, tener conocimiento de ello desde la misma cuna. Y han pasado setenta y cuatro años y aún no lo sé. Ni creo que llegue a saber del asunto en lo que me resta. Siempre me pregunto lo mismo: ¿Quién o quiénes le hurtaron al autodenominado ser humano semejante sabiduría?
Naturalmente que la tengo presente, faltaría “plus”. Pero que nadie crea que me quita el sueño. Ni muchísimo menos me quita el letargo de cada noche. Duermo como un bendito, que es lo que soy. Por eso, esta menudencia, aún estando enmarcada en todas las paredes de la favela en la que resido, no altera para nada el pan mío de cada día. Una cosa es detectar su presencia en ocasiones concretas, y otra muy distinta llevarla a las espaldas pegada como lapa.
No se sabe nunca, es lo que tiene. Una vez inmerso en la vorágine de la Vida, no vislumbra uno ni por casualidad el momento en que su contemplación se hará más que etérea. Un servidor solamente la intuye, francamente. De ahí mi queja y mi rabia contenida sin apenas consuelo. Ya ven, así se las gasta esta dama de andar silencioso y capa de terciopelo reposada sobre los hombros con elegancia…. Sí, sin duda me abrazará la Muerte, más tarde o más temprano.





