La cuestión parece muy sencilla. La campaña de María Guardiola («Di mi nombre») fue concebida con un único objetivo que no tenía marcha atrás: el de obtener mayoría absoluta.
El PP ha subido 8 diputados (felicitaciones) y el PSOE ha bajado 6, pero esos números no le permiten gobernar en solitario y prometió que no lo haría con VOX bajo ningún concepto por una serie de razones inventadas por su equipo de asesores emulando la leyenda del ilustre paisano de María, Hernán Cortés, cuando cuentan que ordenó quemar las naves tras de sí para forzar a los suyos a la conquista de un imperio.
Bueno, pues si es así, y si la capacidad negociadora de María Guardiola es la que acredita en esta fase, sólo cabría calificar su decisión de desastrosa, porque no ha logrado alcanzar el objetivo deseado y de paso ha arrastrado a Feijóo y a toda la estructura de su partido a un callejón de difícil salida en el que la discusión se centra en la palabrería hueca cargada de salfumán por la izquierda sobre «violencias machistas», cuando toda la campaña se desarrollaba para el PP como la seda a lomos de la Ley fallida del «sí es sí» que en apenas unos meses ha excarcelado y rebajado condenas a manadas de violadores en número superior al de mujeres asesinadas en los últimos 15 años.
Ojo, que por surrealista que resulte, es ella misma la que elimina el foco de atención sobre las excentricidades de Irene Montero y de su muchachada, la cual había logrado cabrear al resto de la izquierda, incluida Yolanda Díaz, que los ha purgado a todos y a todas como una stalincita de jugar a las muñecas, y vuelve a colocar en el centro del tiroteo cruzado aquello que más le interesaba a Pedro Sánchez y sus secuaces. Llamarlo torpeza me parece poco.
Que sea Vox quien cuestione y reclame discutir la profundidad espuria de ciertas expresiones impuestas por la izquierda (aceptadas sin discusión como estrategia por la inmensa mayoría) parece lo normal, habida cuenta que ellos creen poder librar una legítima batalla en ese terreno de la carga positiva o negativa de la terminología de la que hablaba Giovanni Sartori una y otra vez como una necesidad de toda democracia sana para no dejarse arrebatar las palabras y los conceptos elementales a la manera que proponía Gramsci y que practican sus secuaces al menos desde los años 50.
Nadie en su sano juicio puede creer a estas alturas que ninguna organización política de España (a salvo, quizás, alguno de los aliados de la izquierda en lugares como Ceuta y Melilla) pudiera estar a favor de que se elimine la persecución de ciertas clases de violencias (sea contra las mujeres, contra personas de otra raza, por serlo, o por cualquier otra circunstancia que gusten señalar). Y Vox, por supuesto, no es ni puede ser una excepción, aunque discute, esto sí, que toda mujer asesinada lo sea por tal motivo, así como no es un crimen racista toda vez que asesinen a una persona de otra raza.
Discutir toda la falacia vertida por los meros intereses de quienes manejan esa industria sin que puedan ni siquiera acreditar que con ello han logrado corregir las cifras de mujeres maltratadas y alegar que existen causas multifactoriales y multidireccionales, según los casos, en la violencia, puede gustarte mucho o poco en función de hasta dónde hayas querido tragarte el catecismo que justifica un empleo de millones despepitado cuya incidencia benéfica sobre las víctimas es minúscula y desprotege a las verdaderas víctimas, pero en todo caso es una opción legítima en una democracia no elevar a dogma los intereses puramente ideológicos y crematísticos de quienes hacen alarde de unas teorías demostradamente ineficaces.
Allá ellos, los de Vox, si creen oportuno enredarse en esa lucha a la vez que amplían la persecución de todos los delitos tipificables dentro y fuera de la familia; y allá los otros, los del PP y la izquierda, si creen que lo mejor es masticarse un sapo cuyas evidencias en contra son cada día más flagrantes y dejan pasar por alto la alternativa de lograr reducir el sufrimiento de muchas mujeres contemplando la realidad causal de los feminicidios (sean machistas o no) y de cualquier otra estadística del crimen.
La Guardiola ha optado, y me parece bien, por cerrarse la puerta de la negociación para gobernar al asumir un discurso , más oportunista que cabal, hasta ahora capitalizado por sus oponentes. Pues vale, adelante con los faroles, porque si ella cree que los extremeños la han votado «para dormir tranquila con su conciencia» (sic) o «para enseñarle a sus hijos que mantiene su palabra» (sic) si no está de acuerdo con las posibles exigencias de las negociaciones políticas, lo mejor que puede hacer es regresar a sus tareas anteriores, pues mucho me temo que sus votantes la eligieron más por otras cosas que les afectaban a ellos y no para que ella pueda regresar cuando le apetezca a su «vida feliz» (sic), de la que dice que disfrutaba antes de dedicarse a la política. Los intereses y principios del partido, a lo que se ve, comienzan y terminan en lo que a ella le salga del moño.
Así las cosas, a la idea de gobernar que tiene la Guardiola le falta una rueda y se la pueden prestar, pero ella exige que los prestamistas se queden en tierra y eso que los resultados habían logrado que Fernández Vara se apease de la política. La bobería de Guardiola no precisa un abucheo ni un aplauso, pero me parece que simplemente sobra, o parecerá en realidad, como en la vieja canción de la caprichosería individual, que María Guardiola [Cristina] nos quiere gobernar y que todos los demás le sigan la corriente… o en su soberbia o su ineptitud aguantará la respiración hasta ponerse morada como si fuera una bandera de Podemos.
He dicho.





