Manuel Bohórquez Casado, reconocido crítico, escritor e investigador flamenco, presentará el 1 de diciembre su primera novela, «Silverio. El hijo del Italiano» en Real Academia Sevillana de las Buenas Letras de Sevilla. Bohórquez, oriundo de Arahal, aborda en esta obra la vida de Silverio Franconetti Aguilar (Sevilla, 1831-1889), figura clave en la historia del flamenco. Dada su trayectoria como investigador, el autor cuenta con la documentación necesaria para novelar con rigor y profundidad la vida de este emblemático personaje. La novela, publicada por Colibrí Ediciones e ilustrada por el pintor flamenco Patricio Hidalgo, es una exploración exhaustiva de la vida de Franconetti, ofreciendo una nueva perspectiva sobre su importante legado.
Manuel Bohórquez es periodista especializado en flamenco y columnista del Diario de Sevilla. En sus cincuenta años en el flamenco dedicó cuarenta de ellos a publicar sus críticas en El Correo de Andalucía y escribir numerosos libros como «La Sonanta», «El Carbonerillo», «Manuel Escacena, viaje a la memoria de un cantaor sevillano», «La Niña de los Peines, en la casa de los Pavón», «Grandes clásicos del cante flamenco», «A Palo Seco», «Tomás Pavón, el Príncipe de la Alameda», «Manuel Gerena, La voz prohibida» o «Vida y muerte de El Canario de Álora».
Entre otros premios recibió en 2010 el Premio Nacional de Flamencología por parte de la Cátedra de Flamencología de Jerez o el Premio Internacional de Investigación de la Escuela de Flamenco de Andalucía, en 2020.

¿Quién fue Silverio Franconetti Aguilar?
Un sevillano de la Alfalfa, hijo de un italiano y una alcalareña, nacido el 10 de junio de 1831. Fue el cantaor más importante e influyente de su tiempo. Digamos que fue el padre del flamenco, el primer cantaor que supo darle valor a este arte andaluz tan sevillano. Sin él no se entendería la historia del flamenco.
¿El creador, entre otras cosas, de los cafés flamencos?
No fue el creador del café cantante, pero sí quien impulsó el café cantante flamenco, dignificando este arte y la profesión de artista. Dirigió el café del Burrero, en Sevilla, y tuvo su propio café en la calle Rosario de esta ciudad, el Salón Silverio. Posiblemente el más importante de la historia del arte jondo.
«Sevilla se olvidó del genial e influyente artista. Sevilla es mala madre para sus artistas flamencos»
¿Qué queda en Sevilla de esos templos de lo jondo?
Nada, derribaron los locales y no dejaron ni siquiera un azulejo en los solares. Sevilla se olvidó del genial e influyente artista. Sevilla es mala madre para sus artistas flamencos. Lo mismo encumbra a cualquier bufón de señoritos, que olvida a un genio, el padre de este arte.
¿Y qué pretende con la novela Silverio. El hijo del Italiano?
Contar su verdadera vida y aclarar dudas sobre su carrera artística. Tras cincuenta años investigando en su vida y obra, me he metido en su piel para contar su vida. Una osadía, pero ha sido una rica aventura.
Usted no es precisamente un novelista.
Es cierto. Pero merecía la pena arriesgarse a las críticas. Es mi estreno como novelista, y prometo escribir alguna más antes de morirme.
¿Se han dicho muchas mentiras sobre Silverio?
Muchas, decenas y decenas. Y algunas muy gordas y dañinas. Se le atribuyó la muerte de un hermano de El Fillo, Curro Pabla, y ya demostró el moronero Luis Vázquez Morilla, que fue un bulo. Silverio tenía 11 años cuando asesinaron al cantaor de San Fernando en Cantillana, el pueblo de Sevilla. Ha habido siempre muy mala uva con Silverio.
«Silverio era un gachó con apellido italiano y no se lo perdonaron»
Según dice usted en la propia novela, en el apéndice, Caballero Bonald llegó a decir que era un “coplero”.
Así es. Lo dijo en la Universidad de Sevilla, en una conferencia sobre Antonio Mairena. Solo un ignorante podía decir algo así. Su gitanismo lo perdió. Silverio era un gachó con apellido italiano y no se lo perdonaron. Pero fue proclamado, en vida, por los propios gitanos de Cádiz, como el Rey de los Cantadores. Le dieron su sitio. Bonald lo insultó un siglo después de su muerte, con mala intención.
Presentará la novela el día 1 de diciembre en la Real Academia Sevillana de las Buenas Letras. Un buen sitio, ¿no?
Es un honor que debo al compañero y amigo José María Arenzana, Pepe Masai. Seré académico por un día, que no está mal. Teniendo en cuenta que dejé el colegio a los 12 años y que no me dieron ni el certificado de estudios primarios. Es más, el director del colegio me dijo que sería toda la vida un desgraciado. Seguramente quiso decir un pobre. No se equivocó: siempre fui un tieso. Silverio, por cierto, pasó su infancia cerca de donde está la Academia.
«Hay que crear un centro de documentación con su nombre y ponerle un monumento en la Alfalfa»
¿Qué espera de la novela?
Que sirva para que el flamenco y Sevilla lo saquen del olvido. Hay que crear un centro de documentación con su nombre y ponerle un monumento en la Alfalfa. No espero otra cosa.
¿Que se venda?
Claro, ojalá. Sobre todo por la apuesta de Colibrí Ediciones, la editorial, que no ha escatimado recursos. Yo sigo tieso, con la edad que ya tengo, y me importan más otras cosas. Por ejemplo, que Pepe Masai haya dicho, en referencia a la novela, que hay lecturas que “curan el alma”. Eso me lo llevo.
¿Hasta cuándo vivió Silverio?
Murió en Sevilla, en la Plaza de la Constitución (San Francisco), el 30 de mayo de 1889. En un edificio que ocupaba el solar de lo que hoy es el Banco de España. Y sigue vivo. A pesar de Sevilla.

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