Por más esfuerzo que ponen las autoridades municipales en acabar con ellos, aún se les resiste una aldea gala: un cerril grupo de ciudadanos que osan transitar a pie por el centro de las ciudades y por las partes de mayor interés turístico, con todos los riesgos que eso conlleva. Los muy insolidarios, no se resignan a abandonar esas zonas para uso y disfrute exclusivo de los turistas que, según dicen, son los que nos dan de comer, sino que desafían el imponente despliegue de impedimentos autorizados y/o consentidos por unos políticos que ya no saben qué más podrían hacer para fastidiarles en sus desplazamientos.
Políticos que creyeron que bastaría con privarles de bancos públicos para descansar y de árboles que les dieran sombra… Que sería suficiente con no reparar el pavimento, facilitando caídas y tropiezos que acabasen en «preventivas» fracturas, esguinces y luxaciones… Munícipes convencidos de que tan indómita tribu se rendiría al ver multiplicados los obstáculos entre manteros que ofertan sus géneros libres de impuestos, masas de turistas en formación de combate o parados como plantones en medio de las calles impidiendo el paso, tipos berreando en inglés que hacen como que cantan, grupos de horteras despedidas de solteras, solteros y solteres, invasores veladores de bares que se reparten la totalidad de las aceras con un carril bici por donde circulan patinetes a toda velocidad y un variado muestrario de objetos rodantes motorizados…
Pero no. Pese a todo, estos rebeldes ciudadanos siguen obcecados en desplazarse a pie por «su ciudad», que así la llaman los muy egoístas. No hay derecho.





