Habíamos llegado al convencimiento casi absoluto de que el virus no tiene color político, pero a medida que avanza la pandemia con sus siniestras celebraciones, que ahora ya casi ha aprendido reggaetón de asistir a tanta botellona, también eso empieza a estar en duda. Malas noticias: el virus es globalista (esto lo sabíamos) y además, parece que de izquierdas.
No sólo lo indica el hecho de que la enfermedad haya surgido en una franja comunista de rancia estirpe como la china, sino porque su eficacia letal está provocando el surgimiento de una corriente harto sospechosa que contrapone el mundo de las democracias libres, sobre todo en su versión canónica popperiana de «sociedades abiertas», a esos otros modelos alejados del alegre y fácil reconocimiento de nuevos derechos y más afectos al ordeno y mando de la jerarquización y de la eficacia.
Era de esperar, a efectos generales, que en un mundo altamente tecnificado, la eficacia y el mayor rendimiento de la automaticidad se constituirían como valores dominantes a medio y largo plazo. La planificación y unos límites rígidos están permitiendo, tal vez, obtener mayores resultados en un amplio sentido que nuestro aparentemente anárquico sistema de competencia, presto a conceder a sus individuos la posibilidad tanto de alcanzar la luna como de no mover un dedo y rascarse la panza el resto de la vida a cargo del estado del bienestar.
En la lucha contra la pandemia sucede igual o parecido, pues países más disciplinados, ya sea por tradición y por costumbres, o por la discrecionalidad de sus dirigentes y por la flexible arbitrariedad de sus ordenamientos jurídicos, han logrado reducir los contagios de forma eficaz y casi vertiginosa, mientras que las democracias, también la española, chocan contra la desconfianza hacia los dirigentes y contra el imperio de los derechos ciudadanos, muchos de ellos reconocidos en sus Constituciones.
Puede que un modelo puro y racional de libre competición, con amplio margen para desenvolverse y un nivel ajustado de protección (de la salud, de la educación, de las infraestructuras…), siga siendo netamente superior y la mejor combinación para el desarrollo humano, pero quizá hemos traspasado ciertas líneas rojas en la hipertrofia de esa lista de reconocimiento de derechos a partir de la cual todas las ventajas se desvanecen y traban más que benefician para adaptarse a lo imprevisto.
La incorporación continua de presuntos derechos que no son tales y que forman más bien parte del catálogo de caprichos de una sociedad directamente entontecida y absorta con la protección de las lagartijas o de les gallines, ha llegado a tal extremo que quizá resulte incompatible sostener el crecimiento con gastar toneladas de millones lo mismo en otorgar pagas a inmigrantes que en operaciones de cambio de sexo o en combatir el uso del color rosa, por decir algunos estúpidos ejemplos que nos sitúan delante del espejo de nuestra propia estulticia.
Casi nadie quiere recordar que cuando cientos de miles de exiliados españoles salieron hacia Francia, lo más que se prestaba en aquel tiempo como acogida era un playón rodeado de alambre de espino y un poco de beneficencia repartida en los campos de concentración. Y los exiliados que marcharon a México o a la Argentina fueron acogidos en cupos tasados y limitados en número, pero a cambio de que el gobierno español se comprometiese a pagar no sólo los costes de desplazamiento, sino también las inversiones necesarias para su incorporación laboral en los países respectivos de acogida. Nadie quiere añadir tampoco que Indalecio Prieto se fumó la pasta que se había destinado a esa tarea cuando se apropió del yate Vita. Menudo cabrón.
Lo cierto, digo, es que el listado de derechos que se incorporan al modelo no puede ser infinito porque el nivel de producción para pagar ciertas memeces no lo es tampoco, ni siquiera imaginando que las máquinas y los robots nos lo hagan todo en un futuro cercano.
Frente a ello surge un nuevo paradigma que se presenta triunfador, pero que renuncia de antemano a incorporar chorradas y diatribas disolventes que cuestionen al Estado o lo pongan en riesgo de colapso y de extinción. No sólo es China, Emiratos o Singapur, que no son democracias, sino también Japón o Corea del Sur, que sí lo son pero que conservan viejos valores arraigados que limitan el despiporre europeo al que llaman progreso y libertades. Olvídense de Cuba o Venezuela, les ruego, porque aquello sólo es basura arcaica y cortijismo bananero perfectamente idiota.
No era tan difícil suponer que si aceptas como derechos absolutos que cada cual haga lo que le salga de la breva, sin freno y por extravagante que resulte (las cabalgatas del orgullo gay son una excentricidad de nuestro tiempo que pasará a la Historia), una parte de la población exigirá poder entrar en una oficina del Estado o caminar en un museo, en una iglesia o en la Puerta de Brandemburgo como Dios los trajo al mundo, con el consiguiente malestar y cabreo para otra parte de la ciudadanía. Usen el ejemplo que más les guste, también el aborto o la eutanasia, que deconstruyen o llevan al límite el derecho mismo esencial y primordial a la vida.
Frente a ello, digo, parece cobrar fuerza la aparición de un nuevo paradigma más fuerte, aunque también más arbitrario; más efectivo y más dominador del individuo, pero con menos miramientos por los derechos ciudadanos; menos Venus y más Marte, pero más eficaz. También en situaciones límite como la de una pandemia, que algún día será de ébola o de algo aún peor.
Eso sí, a cambio el individuo ha de entregar una porción de sus libertades individuales y ponerla en manos de Belcebú, Lucifer, Samael, Belial, Satanás…; o sea, en manos de ese Estado benefactor y todopoderoso que aplasta al individuo de las democracias. Y añado: esta vez parece que es de izquierdas y sólo tiene de rival a Trump.
He dicho.





