La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas se ha saldado con una victoria del actual presidente, el centrista Macron, un político líquido y camaleónico que ha demostrado ser pragmático y más inteligente que sus homólogos Rivera y Arrimadas, girando a la derecha en lo que a sus políticas se refiere, pues de mantenerse en el extremo centro, el ala izquierda de su partido se hubiese ido al Partido Socialista e incluso a la Francia Insumisa de Mélenchon por razón del voto útil mientras que Le Pen se habría comido la mayoría de su electorado. En este sentido, el Jefe de Estado francés recuerda mucho a esa célebre viñeta de la revista Hermano Lobo en la que un político franquista se dirige al auditorio obligándoles a elegir bajo el grito “¡Nosotros o el caos!” y cuando sus interlocutores le responden: “¡El caos!”, éste, evidenciando su oportunismo les responde “También somos nosotros”.
Macron ha aumentado su popularidad pocos meses antes de las elecciones, corrigiendo el fuerte desgaste que había registrado, de hecho, no debe olvidarse que despertó al movimiento de los chalecos amarillos, pero la guerra de Ucrania le ha permitido hacerse con el liderazgo de la UE, tratando de negociar con Putin para que acabase la guerra, consiguiendo uno de sus objetivos prioritarios: recuperar el peso internacional que Francia tenía con Sarkozy y que se perdió con Hollande, aprovechando una coyuntura propicia como consecuencia del brexit.
Le Pen capitaliza el apoyo de las clases populares, que no están dispuestas a votar a Zemmour ni a Pécresse por su liberalismo económico ni a Mélenchon por su política de puertas abiertas en materia de inmigración, a lo que se suma que la candidatura de Zemmour le ha permitido ser percibida como más centrada y moderada y no como la candidata más a la derecha, posición que ocupaba su adversario. Por otro lado, cada vez está recibiendo más voto joven, un sector que apoyó en una importante proporción a Macron cinco años atrás y ahora se decanta por ella como voto de castigo por el paro y la precariedad laboral, debiendo tenerse en cuenta otros factores como que, por cuestiones de edad, no han conocido al extremista Jean-Marie Le Pen y no temen a su apellido ni a su partido, sobre todo, cuando de manera directa sufren la inseguridad y la inmigración, dándose un escenario inverso al habitual: mientras que los más mayores votan a Macron, los más jóvenes optan por Marine Le Pen, de modo que en materia de inmigración sostienen posturas antagónicas, siendo los padres, más progres y los hijos, más conservadores.
Le Pen ha dejado en un segundo plano las cuestiones migratorias y se ha centrado en las políticas económicas y sociales, con un programa propio del peronismo argentino y, en concreto, de su versión izquierdista, el kirchnerismo, con propuestas como nacionalizar sectores estratégicos, crear un fondo estatal para proteger a las empresas nacionales y no sean adquiridas por inversores extranjeros e ingentes subsidios a la industria y la agricultura nacionales, manifestando no en balde su intención de contar con titulares de izquierdas para los ministerios económicos.
Zemmour ha articulado un brillante discurso ideológico presentándose como la derecha sin complejos, tratando sin éxito de unir a toda la derecha, ya que hay una fuerte división entre las zonas rurales (más estatistas) y las zonas urbanas (más liberales).
La candidatura de Zemmour generaba una gran incógnita sobre los efectos que podría tener sobre las posibilidades electorales de Le Pen, con dos posibles escenarios: uno en el que restaría votos a Le Pen impidiéndole pasar a la segunda vuelta, haciendo que en su lugar pasase Mélenchon, lo que hubiese consolidado a Macron. El segundo escenario que se dibujaba era más halagüeño para la candidata nacionalista, ya que los votos que su rival le quitase a Los Republicanos (el PP francés) y que de otro modo Le Pen no hubiese podido capitalizar, los recibiría en una segunda vuelta, permitiendo derrotar o al menos, recortar distancias frente a Macron. Finalmente, se han dado los dos escenarios, ya que la subida de Mélenchon en las encuestas dio lugar a que Le Pen recibiese una fuerte transferencia de electores de Zemmour y Pécresse en forma de voto útil.
La extrema-izquierda de Mélenchon se ha convertido en la tercera fuerza política ante la casi desaparición del socialismo francés (que ha pasado del 6 al 2 % de los votos), convirtiéndose en el voto útil de la izquierda, siendo indicativo de la radicalización que se ha vivido en la sociedad francesa, sin que la radicalización (como he indicado en otras ocasiones) sea en sí misma buena ni mala sino que implica ir a la raíz de los problemas, de modo que los que antes votaban a los socialistas ahora apoyan al Podemos francés y los que antes respaldaban al centro-derecha ahora están con Le Pen.
Pécresse ha presentado un programa muy similar a Macron sin apenas propuestas, lo que ha dado lugar a que ni siquiera Sarkozy le haya apoyado, algo que hubiese supuesto un significativo espaldarazo para su campaña, ya que representa sobre el centro-derecha francés un ascendente similar al de Aznar sobre el PP, pero (tal y como señalan no pocos medios del país galo), el expresidente se ha decantado por el actual inquilino del Elíseo, ya que la candidata de su partido ha seguido la peor de las estrategias, pues en política se prefiere el original a la copia, lo que ha terminado de hundir a la otra opción que ha gobernado el país en las últimas cuatro décadas, cuyo declive comenzó en 2017 por la corrupción de Fillon, lo que dio lugar a que la mayoría de sus votantes se los repartiesen Le Pen y Macron, a los que se suman aquellos que en estas elecciones se han decantado por Zemmour.
Francia es una nación que se está jugando su supervivencia y su modo de vida como consecuencia del fracaso del multiculturalismo, con barrios enteros donde la policía no se atreve a entrar y no se aplican las leyes francesas sino la Sharia. Son las denominadas “no-gone zone”, una inquietante realidad en pleno suelo europeo y que, según los analistas, va a explotar en Francia en forma de enfrentamientos civiles mientras que la clase política en general mira hacia otro lado en aras de la corrección política que tratan de imponer para sacar réditos electorales.
Ante esta realidad, Pécresse no era ni mucho menos creíble en materia de inmigración, articulando un discurso duro por razones demoscópicas, ya que en 2014 llegó a decir que aprobaba que las mujeres podían llevar voluntariamente velo y, en esta misma campaña ha afirmado que no le importa la islamización del país y que no lo ve como algo negativo, mientras que Le Pen ha suavizado su discurso en la materia y Zemmour es el único que sí lo ha afrontado de manera directa y coherente, sosteniendo las mismas tesis, pues a diferencia de una política profesional como Le Pen es un outsider que ha entrado únicamente en política por patriotismo porque no le convencían ninguna de las opciones que había sobre la mesa.
Si no quieren que Le Pen gobierne, tendrán que reformular la Unión Europea y dejar de lado el insostenible proyecto de unos Estados Unidos de Europa en el que desaparezcan las fronteras y en última instancia el mundo sea una única nación como dice el fatalista Rajoy en su libro “Política para adultos” y si Macron quiere seguir gobernando tendrá que copiar, al menos, en parte el programa de Le Pen.
Como se suele decir en el país galo, la primera vuelta sirve para votar con el corazón y la segunda, con la cartera, es decir, que en la primera se elige al mejor posible y en la segunda se opta entre el menos malo de los dos. En este sentido, el programa económico de Le Pen es una ruina absoluta que contempla un fuerte incremento del gasto público y nacionalizaciones que destruyen la seguridad jurídica y ahuyentan la inversión extranjera además de ocasionar un insostenible endeudamiento, con consecuencias económicas negativas incluso para España, ya que Francia es nuestro primer socio comercial y las políticas proteccionistas de la líder nacionalista supondrían una importante merma de ingresos al reducirse nuestras exportaciones, mientras que la política económica de Macron (con sus luces y sombras) es mucho más sensata y realizable, aunque darle el voto supone mirar hacia otro lado con el grave problema de inseguridad que sufre Francia a causa de su creciente islamización.
El pueblo francés tiene, de nuevo, la palabra, pues si estuviese en mi mano votaría en blanco, ya que con candidatos con tan fuertes inconvenientes, cuesta mucho evaluar el mal menor.





