Juan Espadas es ya como el colmo de un chapucero del marketing que ha tenido otra de sus “luminosas” ideas para distraer la vista de todos, con la finalidad de que no se vea su lamentable gestión política en el Ayuntamiento. Ahora va a recurrir a la iluminación navideña, en la que se gastará casi 1.000.000 de euros. El alcalde de Sevilla -que parece un remedo del de Vigo-, está ya a la desesperada, porque sus torpes e improvisadas decisiones municipales lo han ido llevando a una situación peligrosa electoralmente, con los pies en la cornisa de un rascacielos, a escasos centímetros del vacío. No sabe ni por dónde tirar ni por dónde tirarse para resucitar la vida económica de Sevilla y la vuelta auténtica del turismo. Busca la tabla de salvación en alegrar con luces el centro y los barrios. Como sea. A toda costa. E incorregible con la manía de inventar denominaciones tan insuperables como hilarantes, ahora habla de implantar en Navidad el “protocolo de la bulla”.
A dueto como siempre con Juan Carlos Cabrera, en el mayor concierto para políticos desafinados que no hubiera sabido mejorar ni Vallejo Nágera, el alcalde recurre a la iluminación navideña -que ampliará hasta en 24 calles– como si fuera el sucedáneo de los tiempos perdidos por culpa, más que de una pandemia, de los desafueros del socialismo en cóctel molotov con el comunismo.
Fueron los tiempos perdidos de la Semana Santa, de la Feria, del Corpus, de la Virgen de los Reyes… de todo, menos de las manifestaciones del odio del 8 de marzo.
Mientras tanto, ha sometido a Sevilla, en mimetismo con la inmadurez política de Pedro Sánchez, a toda clase de vaivenes, dictando medidas alocadas y sin reflexión a la altura de un gobernante, que no han hecho más que provocar el cierre de cientos de establecimientos comerciales y hoteles. Y en la línea más apropiada de su cinismo político marca PSOE, ahora tendrá la cara de entregar una de las medallas de Sevilla a El Rinconcillo en calidad de representante de todo el comercio tradicional de Sevilla.
Cabalga en sus fantasías, sin capacidad para poner jamás un pie en el suelo verdadero y más cotidiano de Sevilla. La suciedad por las calles. Se pueden hacer hasta pruebas del algodón viendo como alguien ha tirado unos botellines por las aceras, y allí siguen por días sin que se recojan por los servicios municipales. Los pasos de cebra son casi invisibles, propicios para el debate entre peatones y conductores, tal es su estado de desgaste sin que llegue en meses la reparación de una nueva pintada. El Ayuntamiento llega a tal falta de real y necesaria operatividad que ya es capaz de triunfalismos por plantar tres palmeras, ¡tres!, en una plaza. Hasta la Reina preguntó a los vecinos en su visita a las Tres Mil Viviendas si sólo habían arreglado un poco aquel desaguisado de lo urbano porque iban los Reyes. La mendicidad arrasa en las madrugadas durmiendo por las parcelas del hambre en la Plaza Nueva, la del Cristo de Burgos y tantas más. Sevilla llena de habitaciones al aire libre y enfrente justo de donde queda el Ayuntamiento en el que lo primero que hizo el alcalde nada más tomar posesión de su cargo, fue subirse el sueldo y los de sus cómplices en la urgente medida, a excepción de VOX y Podemos (en una esporádica y sorprendente coincidencia). Y como la Junta la perdió el PSOE, Espadas se ha dedicado además a reciclar en salarios socialistas a una buena cantidad de enchufados en el Ayuntamiento por tal de que, ya expulsados de la teta de la Junta, no se quedaran sin otra ubre.
Ahora está Espadas, otra vez con su voz inseparable de Cabrera dinámico y sostenible en movilidad (en versión Juanes), con el plan de seguir criminalizando el coche, pero sin hacerle ascos a cobrar el impuesto de circulación de la circulación que no quiere. Cabrera lo anima en el empeño de las movilidades esas tan suyas, de ciclistas y patinetes que van como locos, y del verde que te quiero verde del ecologismo. Cabrera precisamente, que estuvo junto a Monteseirín y tiene nostalgia de aquel fracaso de plan centro que hubo de fulminarse ante la evidencia de que pensar no era la facultad política más destacada del olvidado Monteseirín, aquel que cargó con el apodo que su apellido hizo deducir a los sevillanos. Lo mismo que ahora al alcalde se le llama Juan Espaldas (porque, dicen los sevillanos, “ahí se lo echa todo, importándole Sevilla un huevo”; y Juan Ikea, que tiene su explicación en la de mesas que convoca para terminar no sentándose en ninguna de ellas.
A Sevilla le hace falta un alcalde con luces, pero no precisamente con luces de Navidad que no van a ninguna parte ni a ningún futuro más allá del “camino que lleva a Belén”.






1 Comment
Describe a Espadas con bastante exactitud. Dos matices:
– la intervención de la reina Letizia en las Tres Mil (aquel impertinente «¿Esto lo limpian sólo cuando venimos nosotros?») la descalifica a ella y nada más. Semejante salida de tono no indica que un alcalde sea malo (que lo es), sino que el nivel de modales de Letizia está bastante por debajo de la media.
-«el camino que lleva a Belén» para mí no es mal camino – no parece adecuado ponerlo como sinónimo de un camino inútil
Por lo demás, de acuerdo con todo lo que dice