Los “sin techo” se mueren y son hallados muertos en los bordillos de las aceras, entre humos grises, el hormigón y la velocidad suicida. Se mueren con las manos extendidas en la súplica de un algo que los devuelva a la vida. Se mueren en las madrugadas a destajo caídas. Se mueren en solares de soledad infinita, sin estrellas, en las afueras de la rutina, en la cara oculta de la ciudad asesina.





