Pues volvemos al mismo sitio, sólo que peor que entonces, cuando el PSOE (dejemos ya los eufemismos nominalistas) arruinó España con la complacencia de sus votantes y el aplauso de sus militantes, a los que alguna vez habría que señalar como apestados.
Lo de ahora es peor aún, con un psicópata al frente del Gobierno que ha decidido practicarle la eutanasia a un país, paralítico como Echenique, al que no le alcanzan los mecanismos de la democracia para frenar una locomotora a todo gas que se dirige al precipicio.
Durante dos años, día a día y sin desmayo, traté de adelantarles en estas mismas páginas de Sevillainfo lo que sucedería, pero los pasteleos han seguido e incluso hubo un reciente presidente del PP de cuyo nombre ya no quiero ni acordarme que por mero tacticismo forzó a su partido a votar en contra de una moción de censura dirigida contra el sátrapa.
Que Venezuela se nos echaba encima a todo trapo desde que llegaron al Gobierno era una evidencia tan obvia que de aquí no se escapa nadie. Aún recuerdo a compañeros respetables (queda alguno) que hace no demasiado tiempo aún decían que no había que exagerar los indicios porque al fin y al cabo Pablo Iglesias cuando entrara en los Consejos de Ministros sería como una especie de Alfonso Guerra, pelín maledicente y jugando a ser de izquierdas. O sea, no entendieron nada.
Pero repito que conviene abandonar los nombres propios y centrarse en lo importante: el PSOE es una ruina para España; o mejor, es «la ruina de España», porque nadie quiere darse cuenta de que el único PSOE que existe es el de la II República y el guerracivilismo, el del latrocinio permanente y el del odio y el rencor, que sólo tiene una excepción, a pesar de las luces y las sombras, en el período de Felipe González, el que se inició con la renuncia expresa al marxismo en sus estatutos después de que el mentado anunciara su dimisión y convocara un Congreso extraordinario.
Pero ya se ve que ni por esas, porque el marxismo es la única razón de ser de un partido que llevó a la muerte a un millón de españoles, que saqueó todos los tesoros del Estado y que dejó en bancarrota a un país que 100 años antes era todavía un Imperio en el que nunca se ponía el sol.
El PSOE y su marxismo criminal de pandereta (no la singularidad ocasional del felipismo en su excepcionalidad histórica) arruinó a tres o cuatro generaciones de españoles que para colmo fueron las de nuestros abuelos y nuestros padres y ahora, con Sánchez, también lo hará con la de nuestros hijos.
No es sólo una cuestión de incompetencia o de dirigentes merecedores de la cárcel, como ZP o Sánchez, sino de un espíritu que late en ese partido vergonzoso y vergonzante que tiene acreditado que es capaz de asesinar a los líderes de la oposición, provocar golpes de Estado y hundir en la miseria bananera a una misma sociedad repetidas veces con el mismo engaño.
Nadie en el PP parece haber entendido todavía que, tras periclitar el felipismo (la excepción), el PSOE no es ni puede ser la alternativa en un necesario bipartidismo de equilibrio de la democracia porque el PSOE de ahora (el de siempre) es el verdadero, el que permaneció en las jaulas mansamente o en la adormidera de la cobardía donde los depositó el franquismo a la espera de su oportunidad. El PSOE ya no es recuperable y dije que si no pedían perdón por las mamarrachadas de ZP estarían (y estaríamos) abocados a repetir la escena de manera mucho peor. Y por desgracia no me he equivocado.
La principal tarea, si logramos resucitar después de muertos, será enterrar el cadáver de ese partido de la manera más discreta posible y buscarle una alternativa de equilibrio que permita dar pedales en una democracia representativa homologable.
Felipe y Guerra, insisto, fueron un interregno, una anécdota en la Historia del partido, y no desarticularon al PSOE porque entendieron que una vez desactivada la mecha del marxismo sería suficiente para que aquel delirio no prendiese jamás, pero casi todos los países europeos comprendieron que mientras latiese el apellido «socialista» la hecatombe regresaría y constituiría una tentación inevitable de algún iluminado, razón por la cual procedieron a extirpar sus siglas en países como Grecia, Italia, Francia y muchos más para ser sustituidas por fuerzas alternativas de nombres perfectamente olvidables y disfrazadas de un vago liberalismo, como fue y es el caso de Macron o el intento de Ciudadanos en España.
Socialismos todos ellos libres de los anclajes con el pasado criminal y revolucionario que les identifica pero que les retrotrae una y otra vez al deseo de administrar en régimen de monopolio excluyente la miseria entera de sus países al completo.
A mí me duelen ya los dedos de explicar lo obvio de que el socialismo y el comunismo sólo aspiran a ser los dueños absolutos de todos los recursos y que su única política es la de administrarlos repartiendo las migajas de la miseria al capricho de quien le baile el agua.
Han intervenido ya los precios de la gasolina, el gas y la electricidad, con el efecto nefasto que todos conocemos, pues los precios se disparan en cadena y vuelve a recargar el coste sobre el consumidor directamente y, además, con precios subvencionados a costa también de nuestros bolsillos. Ahora lo harán con los bancos y otra vez seremos los ciudadanos los que pagaremos la tasa por dos o cuatro veces mientras ellos se visten con la saya de la mesa petitoria churretosa que pregona que están atendiendo a los más desfavorecidos.
Lo que ocurre ahora mismo en el Gobierno es un ejercicio de delincuencia organizada que a la vez pagamos todos con nuestro esfuerzo.
He dicho.





