La corrección política global quiere imponernos un nuevo tabú, quizás el último que necesitan para cercenar lo poco que nos queda de democracia: repiten, como una letanía, que los procedimientos electorales son incuestionables. Y amenazan nuestra libertad de discurrir libremente diciéndonos que poner en cuestión estos procedimientos equivale a cuestionar la democracia. No deja de sorprenderme la osadía retórica de estos instalados del sistema, que sería la traducción literal del certero palabro establishment. Porque es, exactamente, al contrario: lo único verdaderamente democrático es blindar contra el fraude los procedimientos electorales, establecidos por los propios políticos. Borrar cualquier atisbo de duda, que resulta incompatible con la integridad del núcleo atómico de la democracia: la garantía de imparcialidad del proceso electoral. Una democracia sana no es aquella que confía ciegamente en sus políticos, sino la que, desconfiando de ellos, los vigila de cerca. Esa es la exacta traducción práctica de una soberanía radicada en el pueblo. Porque el sentido común nos dice que la corrupción política no se detendrá en la corrupción económica, si la consecución del poder de manera tramposa puede convertirse en la madre de todas las corrupciones.
Es tan obvio el asunto, que sospecho que quienes repiten este nuevo dogma de fe, surgido al calor de la batalla electoral norteamericana, solo persiguen que ganen los suyos, no la democracia. ¿Quién se opondría sino a verificar las garantías electorales? Es, como siempre pasa con estos instalados, una puesta en escena de indignación moral, que oculta la defensa de sus espurios intereses personales y de sus privilegios inconfesables, sean éstos políticos, de clase, de nacionalidad, de idioma, de sexo, o de cualquier cosa que se les ocurra para dividir a la población en dos bandos enfrentados. Esta negativa a revisar el falible y perfectamente mejorable procedimiento electoral deja ver una solapada ambición totalitaria. Para conservar el privilegio todo está permitido, nos dicen entre líneas: el fin justifica los medios. Pero los medios son los fines: imponer una dominación. No existe más democracia que la alcanzada por impecables medios democráticos.
La originalidad de Trump radica precisamente en atreverse a cuestionar el actual sistema de creencias, que nos imponen –por ley- como absolutamente incuestionable. Lo odian porque se atreve a cuestionar su globalismo, su feminismo, su ecologismo; y también los medios inmundos que los establecen. Quieren quemar al hereje en la hoguera de su prensa mercenaria porque amenaza todo un sistema de privilegios. No hay más. Y si tiene que caer la democracia por defenderlos, el fin justifica los medios.
Sí, todo esto se repetirá en la España de Sánchez en cuanto tengamos elecciones, pero peor. En un país donde desde el año 2000 se viene incumpliendo la ley electoral –que obliga al recuento físico de las actas-; un país que asume a pie juntillas el dictado de la empresa privada contratada por el gobierno de turno para el recuento electoral. Un país con un Presidente que, nada más llegar al poder, colocó a uno de sus amiguetes al frente de la dirección de Correos. El resto no hace falta que lo cuente. Sí, los medios son los fines. Y por sus medios los conoceréis.





