Cuentan las crónicas del Sur de España que la antigua Cádiz era la ciudad con más marineros, con más viudas y con más gatos.
Su situación costera favorecía que muchísimos gaditanos se aventurasen a ganarse la vida en la pesca o en la Armada Real.
Las penosas condiciones, los arduos trabajos y las enfermedades causadas por la humedad, conllevaban que la marinería tuviera, por regla general, una corta esperanza de vida, dejando viudas a sus mujeres.
¿Y los gatos? Desde hace siglos, las ordenanzas marítimas exigían llevar a bordo a cierto número, en función del tonelaje del buque.
Habilísimos cazadores, aniquilaban a las odiosas ratas, perpetuas polizonas y transmisoras de la peste. Baratos en su manutención, se alimentaban con sobras de pescado y rancho.
Cuando uno de los marinos moría y dejaba viuda, los demás tripulantes, supersticiosos como buenas gentes de la mar, temían que el espíritu del recién finado se instalase en las entrañas de alguno de los misteriosos felinos, haciéndoles naufragar para que le acompañaran en la otra vida. Por eso tenían la costumbre de regalarle en el entierro todos los gatos a la viuda. La costumbre devino en tradición y Cádiz se hallaba atestada de ellos.
Las ciudades de la cuenca mediterránea también ostentaron en la antigüedad un histórico récord, siendo Tánger, prima hermana de Cádiz, la que se llevó la palma aunque por un motivo distinto: los perros eran considerados animales malditos por la morisma, campando los mininos a sus anchas por su zoco y por sus calles. De modo que, cuando los gatos de algún barco mercante gaditano agotaban sus siete vidas en cualquier singladura penosa, los marinos sabían que allí podían pertecharse de otros sin problema.
Independientes y huraños, fieles cuando les interesa, listos como el hambre y convenidos, únicamente quien convive con ellos puede hablar del irresistible magnetismo que ejercen. Sus cuidadores son mucho más radicales que los dueños de otras mascotas, ya sean perros, aves o cualquier otro bicho. Que no les toquen a sus micifús.
La explicación sorprende. Sus orines contienen un compuesto químico, la felinina, que desprende un olor característico e hipnótico. Los roedores y pequeños reptiles salen de sus escondrijos embriagados por ese hedor seductor y, en vez de huir al avistar a su letal enemigo, se quedan alelados, asombrados por un ser de inigualable belleza que se desliza con elegancia… para despertar únicamente cuando son despanzurrados por las inmisericordes garras del zape. Esta sustancia también afecta al cerebro humano, mermando su voluntad y haciendo que el cuidador admire a su gatito, sin importarle lo diablo y lo trasto que pueda ser. Para él es el mejor del mundo mundial.
Estoy convencido de que el Alcalde de Cádiz debe tener veinte gatos meones en su casa, porque parece haber sucumbido a la hipnosis felina a un nivel TOP 10, cuando ya entra uno de lleno en la gilipollez: en su ciudad han venido a crearse algo así como 19 «distritos» felinos, uno por cada colonia gatunil que han ido generándose ante la pasividad municipal.
Pasea uno por el Campo del Sur observando la magnífica bahía y de repente se halla rodeado de innumerables miaus, sucísimos y horribles pero orondos y sin vergüenza, que ya se acerca un gaditano con título de alimentista gatuno expedido por el Ayuntamiento, para cebar a base de bien a los compadres.
Anda vd por el glorioso Teatro Romano y se encuentra a un hermoso morroño macho y holgazán. “Gladiador” le llaman. Y yo de mayor quiero ser como él: viviendo a cuerpo de Rey, con el papeo por delante, sin dar un palo al agua y sin lavarme.
Ni se les ocurra insultarlos tachándolos de “callejeros”, como se les ha conocido de toda la vida en Cádiz desde tiempos de los antiguos marinos, cuando regidores sensatos mandaban que los capturasen, para evitar el evidente peligro de propagación de infecciones que pueden causar en la población. Ahora son “gatos ferales”. Y tienen “su dignidad”, en palabras del equipo de gobierno municipal y de su Concejalía de Bienestar Animal, que para ello se han señalizado sus 19 colonias, 19, tal que si fueran núcleos residenciales, más el minimo okupa del Teatro de Roma.
¡Lo que saben estos bichos! Se han hecho fuertes idiotizando con sus orines a quienes se dejan idiotizar, ya sea un Alcalde con vara y con chanclas, Concejales sin dos dedos de frente o animalistas capullos.
Sí: he dicho capullos. Se ganaron tal distinción por mi parte cuando debatí con varios de ellos acerca de una colonia de ferales lindante con una guardería. Les expuse que sería deseable que el Ayuntamiento actuara con inmediatez para desmantelar semejante foco de contagio y su respuesta fue digna de enmarcarla, para que vean a qué juegan: consideraban al centro de educación infantil como una colonia humana y, por tanto, terrible para la noble colonia gatuna, algunas de cuyas miembras, lindas gatitas, incluso preñadas, habían tenido que huir perseguidas por los animales de dos patas llamados niños, por lo que debía desmantelarse la colonia de los salvajes humanos, no la de los civilizados gatos. Lo dicho: tontos pa siempre.
Entiéndame, por favor. Guardo un hondísimo respeto a quienes se hacen cargo de un gato, lo atienden y cuidan. Resulta inenarrable lo que enseña cualquier animal. Pero El De Arriba me concedió algo de inteligencia y me niego a dejarme esclavizar por los distinguidos aristogatos de las colonias de Cádiz, gordos como sollos y mimados por quienes debían preocuparse por sus vecinos humanos, muchos de los cuales malamente llegan a fin de mes.
Y a modo de conclusión finalizo con un antiquísima carta fechada en el siglo I de nuestra era, que un tal Lucius remitió a su amigo Claudio, en el contexto de una circunstancias de laxa moralidad asombrosamente parecidas a las actuales, que abocaron a la caída del mayor de los imperios, animándoles a plantar cara a animalistas de paripé y demás ralea:
“Me ha bastado pernoctar dos lunas en tu amada ciudad de Roma, ¡Oh, Claudio!, para advertir la decadencia que se cierne sobre ella. En calles y termas, en mercados y plazas he visto a multitud de ciudadanos, incluso a senadores y tribunos, portando en brazos a pequeños felinos y monitos, entrados en carnes por la falta de movimientos que su animalesca natura demanda, groseramente ataviados con vestimentas de emperadores y acicalados con costosísimos perfumes. Me cuestiono, ¡Oh, ínclito amigo!, si las generaciones venideras, aturdidas por semejante debilidad, sabrán hacerse cargo de la gestión de nuestra República”.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





