
Me ha ocurrido esta misma noche. Mis amigos saben que no soy nada fantasioso. Lo cuento tal como pasó. Piensen lo que quieran…
Es de madrugada. Mi mujer se despierta sobresaltada…
«¡Pepe, hay un niño junto a la puerta de casa! ¡Le he oído llamar a su madre!»
Incrédulo y somnoliento me levanto para hacer el paripé y que ella se quede tranquila, mientras escucho cuatro tañidos de la campana de la cercana Iglesia de El Salvador …
«Las cuatro de la madrugada» – pienso. Soy como un sonámbulo. Deben ser telarañas de mi sueño entrecortado… porque ahora escucho la oración universal, la natural invocación de todo ser humano …
«¡Mamá!, ¡mamá! …»
Sí… eso es… telarañas… ensoñaciones… ¿miedo yo?… no, no… ¡qué va!… es el frío, que me hace temblar… eso… el frío…
Rocío me grita desde el dormitorio …
«¿Quién es? … o … ¿qué es eso?»
Quién dijo pánico. Ya, ya … pero de corbata los tengo. Acoonamiento nivel top 10. Vamos… Que no se diga. Alea iacta est, que de algo hay que morir. Aquí me las den todas …
Abro la puerta y lo veo. ¡Vaya que si lo veo! Pero mi terror se ha desvanecido y me inundan inmensos raudales de paz.
La noche oscura recorta la silueta de un niño que no suma más de cinco inocentes abriles, junto al antiquísimo aljibe árabe, jugueteando con el rosal de nuestro patio. Moreno y sucio de barro y de mucosidad, como cualquier chiquillo pobre sacado de un cuadro del genial Murillo …
«Ten cuidado con las espinas, no vayas a pincharte, cariño»
Instintivamente meto la mano en el jarrón de la entrada y le arrojo una chocolatina …
«Un regalo para ti. Vuélvete a casa que tienes que dormir»
No habla. Pero cuando se marcha, devorando el chocolate como si nunca lo hubiera probado, me responde con una sonrisa. Tan alegre, tan tierna, tan dulce y esperanzadora que mi alma se retrotrae al paraíso de mi infancia, sin prestar importancia a los andrajos y ropas viejas que él viste, que hasta parece un crío venido de otra época.
Se difumina en la noche en el momento en que mi mujer insiste …
«¿Quién es?, ¿Qué es?»
«Imaginaciones tuyas. Algún gato en celo maullando. Duérmete»
Yo también me duermo … y me arrulla la alegría del niño con su chocolate, y me embriago en los sueños más hermosos que haya tenido jamás…
Bien temprano coincido en la calle (¡oh!, ¡casualidad!) con mi amigo Moisés, arqueólogo, apasionado de lo desconocido y oculto y fan confeso del programa Cuarto Milenio, con sus fantasmas, sus secretos y demás.
No. Él me asegura que no es casualidad. Le cuento mi historia y él está convencido de que nuestro encuentro estaba escrito. Nada es casual.
Moisés me cuenta que quienes vivimos en el casco antiguo de la ciudad nos hallamos completamente rodeados por nuestros ancestros. De modo que, si uno abre su alma al misterio que todo lo envuelve, puede toparse con el fantasma del Almirante, guasón y jovial. O con el halo de Bécquer o de Cecilia Böhl de Faber, amantes de la poesía. O con cualquiera de los espíritus de los millares de sevillanos enterrados junto a las Iglesias durante la peste bubónica.
«Pero echa uno un buen rato, porque vienen de buen rollo. Los únicos que me dan canguelo son los fantasmas de los vikingos».
«¿Los vikingos?»
«Así es. Remontaron el Guadalquivir y saquearon la Isbilya musulmana. LLenaron sus drakkars de riquezas y de odres de vino, con los que se emborracharon en cuanto volvieron a embarcar para largarse. Navegaron dando cambayás a babor y estribor, embarrancado y siendo esclavizados por los sarracenos. No. No me fío de esos granjeros normandos del pasado, metidos a piratas …».
«¿Y el niño de mi patio …?
«Mira este grabado …»
Estamos en la calle Cuna. Un azulejo embellece la entrada de «Galerías Madrid», con una frase escrita en latín. Su traducción estremece:
«QUONIAM PATER MEUS ET MATER MEA
DERELINQUERENT ME…» («Aunque mi padre y mi madre me abandonasen…»), «…DOMINUS AUTUM ASSUMPSIT ME» («…el Señor del Cielo me acogerá»)
Reconozco que no tenía ni idea de lo que me cuenta Moisés. Allí mismo estuvo desde el siglo XVI, a un paso de mi casa, la «Casa Cuna de Niños Expósitos», fundada por el Arzobispo Fernando de Valdés.
Mi amigo me muestra montones de documentos escaneados en su móvil sobre tan digna Casa Cuna y sus infantiles usuarios, abocados a ingresar en ella por circunstancias de miseria o de orfandad, sobre todo a raíz de la terrible peste negra del año 1.647.
Se me eriza la piel cuando Moisés me asegura, con convicción de sevillano versado en los recovecos de la historia …
«¿Sabes donde jugaban esos niños?»
«¿Podría ser en…en…podrían jugar en mi patio?»
«Tú lo has dicho»
Rememoro con Moisés cierta ocasión en la que, por una chapuza del Alcalde, se removió el suelo de la Plaza del Salvador en el solitario mes de agosto y con alevosía, sin la asistencia siquiera de un arqueólogo, arrojando en una cuba restos humanos del enorme cementerio que fue aquel paraje, sin ninguna compasión. Y mi amigo y yo nos alegramos de veras de que le diéramos la del pulpete al regidor, publicando artículos de opinión en la prensa local («Nuestros ancestros en la basura», «Nunca más»…), que tuvieron su eco en la vecindad, llegando a paralizarse excavadoras y operarios hasta que aquello se hizo en condiciones.
«Nadie se muere, amigo Pepe. El Gran Poder nos recogerá en su misericordia con sus Manos Enormes cuando culmine nuestra existencia terrena. Pero dejaremos aquí una huella indeleble. Nuestros quehaceres y sueños persistirán en forma de energía, perceptible por quien abra su corazón al infinito y al insondable misterio»
Vuelvo a casa. Con la esperanza de volver a encontrarme otra noche con la sonrisa de Diego Expósito, que así he bautizado en mi corazón a aquel niño, uno de tantos, ataviado con ropajes del siglo XVII.
Rocío me suelta la reglamentaria andanada en forma de bronca …
«¿No te das cuenta de que el rosal está hecho unos zorros, con las hojas caídas y el tomillo tirado por el patio?».
Mientras lo recojo pienso que todo han sido imaginaciones mías. Los vientos nocturnos han esparcido las arenas de la maceta y mi mente ha fabricado todo lo demás.
Pienso en esto cuando… cuando veo en el suelo, junto al antiquísimo aljibe morisco, un papel arrugado con una escueta leyenda … «Chocolatina TINA». ¡Caray! !, ¡»Chocolatina TINA»! Como las que tengo en casa. Como la que le regalé, o soñé que le regalé, a Dieguito Expósito. ¡Que tonterías pienso! Casualidad … pura casualidad (¿no?).
Pepe Rodríguez Hervella perrogrifon1965@gmail.com





