Contaba el Padre Rubén que, recién ordenado sacerdote, el Obispo lo destinó a un pueblo de cuyo nombre no quería acordarse, porque muchos de sus vecinos, acostumbrados a su antiguo párroco, se mostraron recelosos con él.
Se hallaba deshaciendo sus maletas y ordenando sus objetos de culto, cuando alguien llamó a la puerta de la casa parroquial.
Un mocoso de apenas seis abriles, sonriente, pelirrojo como Judas, de ojos vivos, inquieto y con rasgos que evidencian que es síndrome de Down, le asalta a bocajarro, sin posibilidad de enmienda ni defensa alguna:
– «Me han dicho que eres el cura nuevo. A partir de ahora voy a ser tu monaguillo».
Ante semejante atraco, Rubén no tiene otra que enarbolar bandera blanca …
– «OK, lo que tú digas. Te espero el domingo un poco antes de la Misa. Por favor, sé puntual».
Rebosante de felicidad e ilusión, el niño corre por el pueblo, transmitiendo la buena nueva por todos los rincones. Se lo dice a sus vecinos, y lo comenta en la peluquería, y lo grita en el mercado de abastos, y en el hogar del pensionista, y en las paradas de autobús, y en el casino, y en el destacamento de la Guardia Civil, y …
– «El domingo voy a ayudar al cura. Espero que vengáis, que si no me voy a enfadar».
Gabriel es un personaje. Todos lo quieren. Y todos le dicen que sí, que por supuesto, que irán.
Es imposible negarse ante los contundentes argumentos del crío. Porque mientras que sus compañeros de pupitre del colegio de educación especial le pidieron a los Reyes Magos un disfraz de Spiderman, o de Drácula, o de pirata, o de bruja, o de indio, él les pidió un traje de monaguillo. Así, como suena. Por el morro. Con un par de cojoncillos. Y no era plan dejarlo guardado en el armario cuando podía lucirlo con el Padre Rubén.
Cumplidor y nervioso como un novio el día de su boda, ahí está el pequeño en la puerta del templo, junto a sus orgullosos padres y un incontable número de familiares y vecinos. El pueblo entero, hasta el apuntador. Luciendo una pequeña sotana encarnada. Con todos los avíos del puchero: un roquete hecho a mano por su abuela, un incensario y estampitas de santos y de Fray Leopoldo de Alpandeire para regalarlas a los niños.
Sin tiempo para instruirlo mínimamente, Rubén le dice:
– «Gabriel, tú haz todo lo que yo haga. Sólo te pido que no beses el altar, que eso debo hacerlo únicamente yo«.
Jovial y obediente en extremo, el chiquillo va imitando cada gesto del sacerdote, mientras los asistentes hacen formidables esfuerzos para contener la risa.
Cuando llega el momento de besar el altar, Gabriel imita al cura. Y permanece con la carita pegada al mantel. La Iglesia entera estalla en carcajadas cuando Rubén, visiblemente apurado, tiene incluso que agarrar al crío para despegarlo.
Aprovechando el revuelo de comentarios y de sonoras risotadas, se acerca discretamente al niño y le dice en voz baja:
– «Gabriel, te lo había dicho. El beso al altar únicamente puedo darlo yo, porque representa el beso que el sacerdote le da a Jesucristo’.
Y es entonces … entonces el niño, divertido y travieso pero inocente como un cubo y más verdadero que el mismísimo cielo, sin doblez e incapaz de mentir, mirándole a los ojos y con total seriedad, le responde:
– «Yo no lo he besado. Solo puse la cara, como hago cuando voy a casa de mis titos. ¡¡Era Él quien me besaba a mi!!, ¡¡No paraba de besarme y por eso no podía separarme del altar!!».
– «¿Cómo …?, ¿qué … qué … qué dices … ?»
– «Que Él no dejaba de besarme. Como mi abuelo Genaro cuando me recoge del cole. Muy cariñoso pero un poco pesado».
El cura se queda con las patitas colgando. De pasta de boniato. En estado de shock. La celebración prosigue pero él ya no sabe si se ha bebido todo el vino del cáliz, si lee las lecturas o el Evangelio, si recita los salmos o predica las escrituras, junto al artista Gabriel que le imita como el mejor de los actores, ante un entusiasmado público.
Temblando aún, el cura no se explica cómo puede dar la talla para salir airoso y no desvanecerse allí mismo, pero va saliendo al paso como Dios le da a entender, nunca mejor dicho, oyendo retumbar en su alma, con la fuerza de mil bueyes, las gloriosas palabras de su ayudante … ‘¡¡No me riñas, Padre Rubén!, ¡Era Jesucristo el que me besaba a mi!!».
Inmensamente feliz, participando e implicando a todos, disfrutando a cuatro manos y gesticulando, en cuanto el sacerdote manda que los asistentes se den la paz, Gabriel salta a abrazarse con un chiquillo al que le embarcó el balón de fútbol, consolándolo como puede, pelillos a la mar …
– «No te preocupes que no pasa nada porque te haya perdido tu pelota. Piensa que más problemas tengo yo por tener el esfínteres de Down«.
… y después va saludando, uno a uno, a todos. Uno a uno. Lo dicho: el novio en su boda. Y algo después pasa el cepillo de la colecta y tiene que vaciarlo y volverlo a pasar, porque no cabe todo el dinero.
Aquella noche el pobre cura no puede dormir. Desde el campanario divisa aquel pueblo que se extiende hasta las estribaciones de la sierra y de cuyo nombre, en principio, no quería acordarse, pero que ahora embriaga la biografía de su ser.
Porque allí el pequeño gran Gabriel, maestro y novel monaguillo, le ha mostrado el libro de la historia de su propia salvación, y cada una de sus páginas será cada uno de sus días hasta que Su Creador tenga a bien llamarle, para ser besado también por Él.
Imposible conciliar el sueño. En la noche negra de ojos abiertos se pregunta si toda la teología que aprendió en el Seminario, toda la antropología, la metafísica, la filosofía y la antropología, todos los ejercicios de espiritualidad, todas sus abnegadas obras de penitencia y piedad, no se quedarán, acaso, en agua de borrajas y en chichinabo si no alcanza a tener la fe de un crío. La fe de Gabriel.
«Dejad que los niños se acerquen a mi», que dijo El Altísimo. Y claro. Gabriel se acerca, rebosante de gozo y espontáneamente. En definitiva, viviendo la Misa como esta debe vivirse. Festiva y alegremente. Y el Maestro, que con sus Manos Enormes sostiene su existencia, besa la belleza y la bondad de su criatura.
Descarado y alegre. Con la poquísima vergüenza que tiene el chiquillo. Pero lo cierto es que, gracias a él, la Iglesia se hallaba hasta la bandera. Empetada. Gracias a Gabriel, sus vecinos se muestran hoy más amables y más humanos con el nuevo párroco.
A decir verdad, el pueblo apenas prestaba atención al cura. Todos estaban pendientes del renacuajo. La madre que lo parió. Al fin y al cabo, la palabra liturgia deriva de la latina «ludere»: jugar. Está claro que Gabriel es un ser humano de profunda fe y, por tanto, le encanta jugar. Juega las cartas de su vida, invitando a todos a participar en su juego. Una gran fe. Como para mover montañas y como para que El De Arriba le bese en la mejilla.
A Rubén le gustaría ser tan noble, tan sencillo e inocente como su monaguillo, porque quizá sólo así, sólo teniendo el corazón y la fe de Gabriel, Su Señor le colmaría de besos. Quisiera ser así. Pero no puede.
Sus profesores se lo enseñaron y él lleva toda su vida luchando contra la vanidad y el ego, sabiendo que son diablos que se inflaman con prontitud, tanto en un despacho profesional como en un convento. «A mí a humildad no me gana nadie», escuchó decir, en cierta ocasión, a un sesudo teólogo que se quedó tan pancho. La contradicción del espíritu humano. Un santo con dos pistolas.
Pero ahora se le acabaron las excusas. Tiene como maestro a Gabriel y jugará sus cartas con esa ventaja. Seguro que, más pronto que tarde, sentirá la ternura del Amor de Allá Arriba. Los besos de Su Señor.
Desde entonces, si acudías a cualquier Misa del Padre Rubén y te fijabas bien, en el momento de besar el altar, el cura siempre ponía antes la mejilla. Por si El De Arriba tuviera a bien besarle, como a Gabriel.
Poco después, en el misterio que todo lo envuelve, el Padre Rubén era destinado, sin previo aviso, a una gloriosa parroquia. Para siempre. La mejor que jamás habría soñado. En la que, seguro, sentirá los besos de Jesucristo en todo momento…
El 20 de enero el telediario daba la noticia de una terrible explosión en Madrid. De repente, el pequeño Gabriel brinca de alegría al ver, entre las imágenes de las víctimas, una fotografía del sacerdote Rubén Pérez Ayala…
– «¡¡Papá!!, ¡¡mamá!!, ¡mirad que guapo está!, ¡es mi amigo!, ¡el cura Rubén!»
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





