Hace apenas unos días, el Ayuntamiento Sevilla declaró «libre de humos» la Plaza de España y el parque de María Luisa: dos espacios totalmente abiertos y amplísimos donde difícilmente podría perjudicarnos el humo generado por un fumador, salvo que éste sea muy maleducado y/o nos moleste el mero hecho de que alguien fume.
Pero analizando cómo se suelen desquiciar hoy cualquier supuesto cuidado ecoplanetario de esos que tanto alardean nuestros políticos, lo lógico es prever que acabaremos viendo a guardias especializados en perseguir a fumadores para endilgarles cuantiosas multas, bajo la sagrada invocación de atentar gravemente contra nuestra salud.
E igual de previsible resulta, para quienes asiduamente visitamos y practicamos ejercicio físico por ambos lugares que, a la vez que veamos cómo detienen a los terribles fumadores, sigamos padeciendo con tristeza cómo cada día nos encontramos con algún desperfecto nuevo y con el progresivo deterioro del Parque y de la Plaza en muchos de sus elementos, consecuencia de una vigilancia escasa o que no cumple bien su cometido.
Libre de humos, sí, pero no de las salvajadas que siguen ejecutando impunemente los descendientes de Atila en cualquiera de sus modernas representaciones.
(PD: No soy fumador).





