– “Hola, me llamo Rita, chica para todo, y soy la monda. No se dejen llevar por mi figurín «cayetano», les ruego, porque fui sandía y, aunque no lo crean, llevo dentro de mí la fiereza de Margarita Nelken y el corazón de piedra de La Pasionaria. ¡Menuda soy yo!, que lo mismo me levanto a un maromo de gimnasio o a un pagafantas de biblioteca en los lavabos de la Uni que me descamiso las tetas en una capilla al grito de «¡Arderéis como en el 36!», no te creas”.
“Si os digo la verdad, pude haberme dedicado al cine, pero nací un poco tarde, en 1988, a finales de los años del destape, ya ves, que si llego a nacer unos años antes le quito el papel a Maribel Martín en la saga de «La gran familia» con Alberto Closas, y me habría hinchado de hacer comedias de vodevil con Arturo Fernández o con Lina Morgan: de secre un poco tonta, de amante engañosa, de cantante bombón, de sugar baby milloneti… Pero me ganó para la causa un gafapastas que me leía al oído unas cosas precioooosas. De Lenin, jó, tía…“
También les puedo presentar otro modelo que nos queda, a muy buen precio, pero más torpedo… Suelta frases de vieja del visillo y gasta chistes malos, llenos de insidia y rencorosos, porque su padre, que era tabernero, de los de siempre, no lo vio venir y creyó que el niño le había salido raro y pensó que iba para profeta.
Le puso de nombre Juan Carlos, por el que sería luego Rey de España, que en aquellos días de enero de 1963, poco después de casarse en Atenas con Doña Sofía de Grecia, había llegado para establecerse aquí por expreso deseo de Francisco Franco.
El nene, a veces, echaba alguna mano sirviendo chatos a disgusto o fregando vasos en la pila, pero en realidad es que al muchacho le ponía malo ver la clientela de la tasca familiar, llena de hombres mayores que tomaban vermut con altramuces en el aperitivo y carajillos jugando al dominó a la hora de los concursos de la media tarde en la tele o veían las retransmisiones sabatinas de los toros mientras se rascaban la cabeza.
Ahora piensa que su padre es un rancio y un casposo porque vota a Vox y porque sacó adelante a los suyos cuando se conmemoraban los 25 años de paz, al año siguiente de su nacimiento. O sea, que gasta la misma mala leche que Dolores Ibarruri, aquella bruja horripilante que ordenaba traicionar o asesinar a los maquis que no seguían las directrices de Moscú y entregaba a la maquinaria del Gulag, desde la ciudad de Ufa y sin despeinarse, a los españoles que marcharon a Rusia al terminar la guerra sólo porque manifestaban que querían volver a España o marcharse a México para ver a sus familias: cualquier cosa con tal de abandonar aquel inmenso campo de concentración que abarcaba hasta Siberia.
El caso es que el zagal propende ahora a decir disparates de las películas de Disney con un sentido del humor que ya no venden ni en Corea del Norte y gusta de los restaurantes caros y de los clubes exclusivos: «Comemos donde nos da la gana», dijo anteayer, sin que sepamos si usaba el plural mayestático de los fanáticos curitas iraníes o el de los zares de la Rusia decimonónica.
También tenemos un remedo de la primera, pero más pragmática a la hora de alcanzar los mismos objetivos. Donde pone el ojo pone la bala y no titubea nunca cuando señala a su presa. Dice: «¡A por aquél!» y va a por ello. De rodillas si hace falta.
Puede equivocarse, pero actúa como habla, como una metralleta a la que le sobra munición y merodea todo lo que se menea por arriba. No, no digo en la azotea, sino por arriba de sí misma, con un cargo que prometa. Abatida la pieza, mira otra vez hacia lo más alto, por si quedaran aún más escaleras por las que ascender a las cumbres borrascosas.
Estuvo de cajera en prácticas un tiempo, en un supermarket de menage y electrónica, pero quizá puso a Dios por testigo de que jamás volvería a darle el cambio a nadie. Lo mejor es que carece de escrúpulo intelectual alguno sobre sí misma; lo peor es su propensión excesiva a la fantasía y que alarga lo sencillo y lo convierte en farragoso y excesivo; o sea, que no se calla ni debajo del agua.
Y quien habla mucho, mucho yerra y suelta pamplinas delirantes. El otro día, sin ir más lejos, dijo que todo lo que le pase a una mujer por ser mujer «es una violencia machista» (sic), así, sin más, de modo que ahora todo el mundo piensa que los tres hijos que ha parido quizá provengan de un hachazo de su cónyuge ministro, no sé.
Puedo seguir ofreciéndoles productos vistosos de esta misma clase (obrera), pero créanme, no merece la pena, porque lo que nos queda les afearía mucho la salita y por nada del mundo quisiera yo estropearles el mueble-bar con el saldo del resto de nuestras existencias.
He dicho.





