Corría el mes de julio de 1979, estaba haciendo auto stop (esa práctica que desapareció en España tras la tragedia de las niñas de Alcasser en 1992) en Córdoba durante mi servicio militar, camino de Sevilla, cuando tuvo a bien recogerme un mercedes conducido por el actor, nacido en Bormujos, Juan Diego q.e.p.d. Al pronto no podía creer que fuera él, y menos cuando le escuché decir “¡Qué ganas tengo de llegar a ‘Ésija pa comerme una tostá con manteca colorá’!”. No salía de mi asombro al escucharle hablar con esa pronunciación, cuando estaba acostumbrado desde la época del recordado Estudio 1 en RTVE, a disfrutar de su magnífica dicción, y se lo hice saber, a lo que me contestó “Hombre, es que allí estoy trabajando, pero en mi tierra hablo como me sale… del alma”.
Viene al caso esta anécdota, que recuerdo siempre con cariño, al valorar la importancia de una buena proclamación de las lecturas en la misa dominical: ¡cuántas veces hemos comentado “no se le ha entendido nada”, “por más atención que le presto no consigo enterarme”, a personas que, siempre de buena fe, se ofrecen para prestar ese servicio de forma voluntaria pero sin una mínima formación teológica ni mucho menos fonética ni fonológica.
El ministerio del lectorado, como el de acolitado, es una vocación laical, que atiende a la necesidad de la Iglesia en general (no sólo de la parroquia a la que uno está adscrito) para proclamar, que no leer, la Palabra de Dios desde el ambón (altar de la Palabra) mal llamado por muchos atril.
El lector debe ser elegido (no se elige uno a sí mismo), exige comprensión y adhesión a la Palabra que se proclama (se nota cuando hay una vida detrás), tal y como se dice en la constitución pastoral Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II y en los directorios de 1985 y 2014. Al tratarse de una acción sagrada, debe realizarse con recogimiento y respeto, atendiendo a los silencios entre lecturas, silencio exterior y silencio interior.
Se percibe cuando un lector conoce y reconoce los textos que proclama: al haber distintos géneros literarios, no es lo mismo el estilo narrativo del libro del Éxodo, que el lírico del Cantar de los Cantares; el meditativo del Eclesiástico, que el parenético de la epístola de San Pablo a los Gálatas; el profético del libro de Isaías, que el diálogo entre Jesús y Nicodemo, y ello se refleja en el tono con el que se lee, en el énfasis con que se pone el acento en determinadas frases, en la diferencia de matiz entre el que narra y la voz de los personajes.
No exagero cuando digo que el lector tiene el privilegio de ponerle voz a Dios, y que ésta se anuncia (siempre es novedosa porque al cambiar nosotros es como si la escucháramos por vez primera), se proclama (llevándola hasta el final del templo, no como declamación propia de un teatro, sino como mensaje enviado a todos) y se celebra, porque es motivo de gozo tener el privilegio de escuchar una Palabra que puede transformar a mejor nuestras vidas (no es Palabra acerca de Dios, sino Palabra de Dios)
Una Palabra bien proclamada penetra en nuestro corazón, fecunda nuestra alma, favorece el buen discernimiento de nuestra mente, y puede provocar un cambio a mejor en nuestra conducta: lámpara para mis pasos (Salmo 118), alimento espiritual (Deuteronomio 8,1), espada de dos filos (Hebreos 4,12), lluvia que fecunda (Isaías 55,10), …
Cada lectura tiene su sentido: la primera es del Antiguo Testamento o de Los Hechos de los Apóstoles, en el tiempo Pascual; el salmo corresponde al libro de los Salmos; la segunda suele ser una epístola de San Pablo o de las llamadas católicas, y el Evangelio, que siempre es proclamado por un ministro ordenado (presbítero o diácono), secuencia que se mantiene así desde el Concilio Vaticano II de los años sesenta del pasado siglo y que tenemos el privilegio de disfrutar como no se hacía antes de esa fecha, en sus tres ciclos anuales (A, B y C).
El timbre es algo personal, pero no así los otros componentes de la elocución: el tono, en función del género literario, al que ya me he referido; el ritmo, que debe ser pausado y no a toda velocidad (hay lectores que están deseando terminar); la intensidad (¡cuántas veces hemos oído acercarse demasiado al micrófono o, por el contrario, leer con con éste apagado!); las pausas, tan necesarias para distinguir, comas, puntos y comas, seguidos y aparte; la melodía, donde el acento juega un papel fundamental: no es lo mismo escuchar a un gallego que a un canario, y, por último la respiración, que debe ser diafragmática (como los actores y cantantes), y no omoplática.
Un conjunto de variables que, a buen seguro, todos podríamos mejorar si fuéramos conscientes de la importancia que tiene ponerle voz al Creador.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





