Ya estamos en la canícula, ese período comprendido entre el 15 de julio y el 15 de agosto de cada año, cuando se registran las temperaturas más altas, o al menos eso vaticina la estadística. Al parecer, su nombre proviene de la palabra latina «can-canis» (perro) y está relacionada con la constelación Canis Major (Canícula), cuya estrella más brillante, Sirio, es conocida como «La Abrasadora».
Creo que fue en esas horas perdidas de la siesta estival, cuando en plena adolescencia no había que hacer ruido para respetar el descanso de los mayores y, sobre todo, de los vecinos, cuando me aficioné a la lectura, que me ayudaba a pasar el tiempo más rápido, me aislaba del calor y me trasladaba a un mundo nuevo donde los personajes y sus paisajes me trasladaban a otros escenarios que llegaba a vivir como propios.
Si tuviera que quedarme con un autor de aquellos años que me marcó en los gustos y aficiones por viajar y conocer mundo, este sería sin duda Jules Gabriel Verne, conocido en los países hispanohablantes como Julio Verne, escritor, dramaturgo y poeta francés, célebre por sus novelas de aventuras y por su profunda influencia en el género literario de la ciencia ficción.
Resulta llamativo cómo la vida privada de un escritor puede distanciarse de su obra y de sus personajes, y cómo la imagen que podemos crearnos de él choca con la realidad que vivió. En su ciudad natal, Nantes (Alta Bretaña) inició sus estudios que luego continuó en París, donde se graduó en Derecho, pero no llegó a ejercer de abogado para poder dedicarse a la literatura.
Sus comienzos no fueron fáciles: su padre quiso que se dedicara a su carrera en la abogacía, pero él no estaba interesado por esa labor y su progenitor, enfadado por ello, dejó de financiarle. Además, todos sus ahorros los gastó en libros, mientras pasaba largas horas en las bibliotecas de París queriendo saberlo todo. Verne apenas tenía dinero para poder alimentarse, lo que pudo ser la causa de su incontinencia intestinal, parálisis facial, e incluso su diabetes. El contraer matrimonio con Honorine, una viuda, en vez de ayudarle, le desesperó rápidamente. Cada vez que se le presentaba la oportunidad, escapaba de sus deberes de cónyuge. En una ocasión en la que el matrimonio viajó a Esonnes para pasar una temporada, Julio tomó un barco rumbo a Escocia, obligando a su mujer, que no sabía nada de él, a regresar sola a París (esa fue la primera vez que Verne viajó en barco). Cuatro años después de contraer matrimonio, Julio preparó un viaje, que se traduciría después en dejar sola a su esposa mientras ésta daba a luz al único hijo fruto del matrimonio.
Cuando Verne tenía cincuenta y ocho años, en marzo de 1886, tuvo lugar un trágico suceso: mientras caminaba de regreso a su casa, su sobrino Gastón, de veinticinco años, con quien mantenía una cordial relación, le disparó con un revólver provocándole una cojera de la que no se recuperó. El incidente fue ocultado por la prensa y el causante pasó el resto de su vida internado en un manicomio.
Fue condecorado con la Legión de Honor en 1892 por su aportación a la educación y a la ciencia, pero murió en 1905 de diabetes con la pena de no haber sido admitido en la Academia Francesa. En efecto, a pesar de contar con miles y miles de lectores (es el segundo autor más traducido del mundo tras Agatha Christie, y por delante de Shakespeare) y de ser considerado junto a H.G.Wells el padre de la ciencia ficción, le negaron en Francia el prestigio que sí le concedieron a autores como Victor Hugo, Émile Zola, Balzac o Apollinaire que publicaban obras de géneros “más elevados”, aduciendo que su obra era más comercial que literaria ( ).
Le debo mucho a Verne: nada menos que un equipaje de fantasía y de conocimiento; sus libros dispararon en mí la imaginación e impulsaron las ganas de descubrir lo ignoto. Su impronta visionaria, impregnada de verosimilitud, no deja de sorprenderme. Algunas de las anticipaciones que encontramos en su obra son:
- Ante la bandera, Los quinientos millones de la Begún: armas de destrucción masiva.
- Robur el conquistador: helicóptero.
- De la Tierra a la Luna, Alrededor de la Luna: naves espaciales.
- Una ciudad flotante: grandes transatlánticos, muñecas parlantes.
- París en el siglo XX: internet, motores de explosión.
- 20.000 leguas de viaje submarino: submarino, motores eléctricos.
- La isla misteriosa: ascensor.
En Vigo (Pontevedra), en 2028 (cuando se cumplan 200 años de su nacimiento), se va a celebrar un ambicioso congreso internacional en su honor, porque en la costa de la ciudad gallega situó al capitán Nemo en el capítulo 8 de Veinte mil leguas de viaje submarino, y allí arribó también él mismo en 1878 y 1884. Animo a todos los lectores a releer en estos días alguna de sus obras. Ellas son las mismas. Nosotros, no.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Por mi parte, la verdad es que siempre he sido un lector voraz, en toda época, sea o no verano. Respecto a Julio Verne, aprovecho tu artículo para buscar algún título que desconocía: Ciudad flotante, París siglo XX. Sus obras avivaban en mí el gusto por las aventuras, el misterio y lo desconocido. Obra comercial o literaria, todo es cuestión de opiniones, como siempre. Poco me importa el estilo o la profundidad literaria de sus obras si siguen inspirando las mismas emociones de hace décadas. Por eso son clásicos, porque envejecen muy bien, o no envejecen y aunque nosotros sí lo hacemos, yo creo que al releerlos nos vuelven a otros tiempos, mirando atrás sin ira.