Cuando esto escribo es ya de madrugada. Utilizo este momento, no como un refugio para el alma sino como una liberación para esta. A estas horas, las calles yacen aliviadas del tumulto de los días pasados; las recorre un frío, como aquél que nos despierta la piel dormida y la hace levantarse cuando nos hemos desecho del abrigo. Escribir de noche, como es costumbre en mí, me sirve para arrobar a mis letras, para que no se queden en la capilla de las teclas, como rezando en silencio. A estas horas, resuena atronador el teclado de mi ordenador en la paz casi sepulcral de mi salón.
Pues sí. Ya ha pasado todo, y ahora solo quedan los momentos vividos. Los recuerdos. Hace una semana decía en este mismo medio, en mi último artículo, que más quisiera el Guadalquivir mojar Sevilla como lo hacen las emociones que esta vive. Siete días después, me parece, acerté en la apreciación. Porque, para qué vamos a andarnos con zarandajas, Sevilla –como el resto de Andalucía y de España– vive en la emoción de esta conmemoración vivida. Porque la Semana Santa, como lo son otras celebraciones, está llena de historias particulares que nos acontece desde la infancia. Somos animales de costumbres, dijo Charles Dickens. Y es cierto. Empero, estas jornadas transcurridas han servido también para desatar la chanza, el oprobio y hasta la cólera de quienes mucho hablan de derechos y, parece ser, no siempre lo practican.
En estos días santos he podido leer mucha demagogia barata. Mucha burla, como la de un tal Moha Gerehou, comparando a los nazarenos de la hermandad de los Negritos con el Ku Kux Klan. Es paradójico, ¿verdad? O la un tal Javier Durán comparando una fotografía, también de nazarenos, con los Power Rangers. Que no es por no reírme, pero verán… Primero el respeto, después nos reiremos; y si lo primero adolece, lo segundo no viene a cuento.
He leído mucho derecho a la libertad de credo y a la de no creer, por supuesto. He leído mucho odio constreñido en zafios mensajes en las redes sociales que culminaba la mañana del Sábado Santo con una defecación verbal en Cristo por una tal Anita Botwin, periodista de medios donde se les llena la bio del perfil de Twitter con la palabra libertad. Pero, ay, amigos… Para hablar de libertad, primero, la han de dejar de mancillar.
He leído mucha crítica a la no laicidad del Estado –aunque seamos uno aconfesional– por permitir banderas a media asta, que los ministros acudan en nombre propio a actos cofrades o que la Legión cumpla la tradición de portar diversas tallas. Y puede que, desde un punto de vista aconfesional, no les falte razón a quienes esto enarbolan como grito desesperado por alcanzar dicha laicidad nacional; sin embargo, no es solo la costumbre, aunque esto pueda escocer, que la mayoría de españoles somos católicos –practicantes o no–. Es la realidad social.
He leído al señor Felipe Alcaraz hablar de incienso y franquismo. He leído arengar sobre el nacionalcatolicismo; porque en esta sociedad, creer está mal visto. Está mal visto creer depende a quién se ore, todo sea dicho. He leído criticar la falta de civismo en los palcos por la suciedad que dejan sus abonados tras abandonarlos. Y es correcto afearlo. Sin embargo, el interés residía en llamar a estos usuarios «cerdos», no por el hecho de reprocharles en sí este acto, sino porque eran católicos los vándalos. Parece ser que en ninguna otra concentración humana se da esto; ni en carnavales, ni en ferias, ni en el Día del Orgullo Gay, ni en las playas… No. Solo pasa en Semana Santa, y es por el cochino cristiano.
He leído, quizás, demasiado. He leído, fíjense, hasta que tenía castaña tener que respetar la fe. En este país –señoras, señores– la democracia es una gran hez. Una enorme que algunos, haciendo sarcástico uso de ella, la revierten para convertirla en un arma arrojadiza. Ahora resulta que democracia es la befa, la infamia, la opinión desarrapada, la crítica desalmada, el odio como derecho y práctica. Lástima. Triste es contemplar cómo deshacemos en el tiempo lo que tardamos años en crear por mor de una política interesada en hablar de no sé qué derechos y bondades; y como ejemplo, nada. Falacias.
Somos animales de costumbre, corroboro a Dickens. Si no, no entendería cómo somos capaces de volver a un estado de ideológica preguerra. Quizás he leído demasiadas cosas que no debiera. Quizás tan solo tenía que haberme dedicado a disfrutar de las emociones de esta tierra; las emociones que arrían Sevilla, como dije, más que el Guadalquivir en cualquiera de sus crecidas. Quizás solo debiera haberme detenido a observar el rostro de la Soledad en su plaza de San Lorenzo cuando se despedía de su pueblo. Qué lección la de esas lágrimas. Qué verdad la de su nombre: qué soledad tan inmensa esta la del hombre, incapaz de vivir en paz reinventando errores.
En fin. Este año la Semana Santa que he leído no ha sido la de don Antonio Burgos, no. Ojalá así hubiese sido. Este año, leer la Semana Santa me ha servido para confirmar, una vez más, que hay más falsedad en las palabras de los charlatanes que abanderan libertades, que en la penitencia de un cofrade afiliado a Izquierda Unida –que los hay y es gente por mí conocida–.
Feliz Pascua de Resurrección, por cierto, les deseo como harán seguro don Pedro Sánchez Castejón, don Pablo Iglesias o el inefable don Alberto Garzón.





