«Queridos hermanos, queridas hermanas, y a todos los que aman a la Macarena:
He querido dejar pasar unos días antes de dirigirme a vosotros. No por distancia, sino por respeto a lo vivido. Porque hay noches que no se entienden en caliente, que necesitan reposar para ser comprendidas. Y esta Madrugá de 2026 ha sido una de ellas.
Hoy, ya con la emoción asentada pero intacta, solo hay dos palabras que nacen con claridad: orgullo y gracias.
Orgullo de una Hermandad que volvió a reconocerse a sí misma en la calle. Orgullo de unos hermanos que supieron estar a la altura de lo que somos, con un comportamiento ejemplar, con sentido, con responsabilidad, con esa forma de hacer las cosas que no necesita explicarse porque se transmite.
Y gracias. Gracias por vuestra entrega. Por vuestro silencio cuando era necesario. Por vuestro sacrificio sin una queja. Por vuestra capacidad de entender que la Estación de Penitencia no es un recorrido… es una forma de estar.
Desde la salida, desde ese instante en el que la Basílica se abre y la noche se detiene, todo tuvo un significado especial. La cofradía se puso en la calle con orden, con pulso, con una firmeza serena que solo se consigue cuando cada uno ocupa su lugar con verdad. Y así fue durante toda la noche.
Pero hay momentos que no se olvidan, momentos que no se programan, momentos que explican todo. Y esta Madrugá tuvo uno de ellos.
La Esperanza necesitaba estar entre su gente.
Y fue.
En la calle Alcázares, donde el orden marcaba límites y todo parecía perfectamente definido, ocurrió algo que no entiende de esquemas. La Virgen no pasó: la Virgen buscó. Se acercó a los suyos, a quienes aguardaban en silencio, a quienes sostienen la Hermandad desde la fe sencilla, sin protagonismo.
Y en ese gesto, sin palabras, sin aviso, se rompió la distancia.
Allí no hubo estructura.
No hubo planificación.
No hubo nada más que verdad.
Y en ese instante se entendió todo.
El sentido de la Madrugá.
El valor del esfuerzo.
La razón por la que estamos ahí.
Porque nosotros no salimos para cumplir.
Salimos para encontrarnos.
Gracias, hermanos, por hacerlo posible. A cada nazareno, firme en su sitio, sosteniendo el cirio como quien sostiene la historia. A los costaleros, que no cargan un paso, sino el peso invisible de generaciones enteras. A los capataces, que dirigen desde el pulso y no desde el ruido. A los aguadores, siempre discretos, siempre necesarios.
Gracias a los armaos, que siguen custodiando la memoria con paso antiguo. A los lateros, músicos, acólitos y monaguillos, que llenan la noche de forma, de fondo y de sentido. A los diputados, enlaces y auxiliares, que hacen posible lo imposible sin buscar foco, construyendo orden donde podría haber caos.
A los hermanos fotógrafos, por detener el tiempo en un instante que ya es eterno. Al cuerpo médico, por cuidar lo que no se ve pero sostiene todo lo demás. A nuestro personal de seguridad y a quienes, desde fuera, velaron por todos: policías, guardias civiles y guardia real, cuya presencia fue garantía silenciosa de que todo pudiera suceder como debía. No fue solo organización. No fue solo disciplina. Fue compromiso. Fue respeto. Fue verdad.
Gracias también por lo que no se ve. Por el gesto discreto, por la ayuda al de al lado, por la paciencia, por el esfuerzo silencioso cuando el cansancio apretaba. Todo eso, que no se escribe, es lo que sostiene de verdad una Hermandad.
Hoy, cuando la cofradía ya ha vuelto a casa, es cuando empieza lo importante. Porque la Estación de Penitencia no termina en la entrada. Continúa en nuestra vida, en nuestro compromiso, en cómo vivimos la Hermandad cada día.
Lo que hicimos en la calle debe tener continuidad fuera de ella.
Esta Madrugá nos ha recordado algo esencial: seguimos siendo capaces. Capaces de ser uno. Capaces de responder. Capaces de mantener intacto lo que hemos recibido.
Y sobre todo, capaces de algo que no se puede forzar ni organizar: Nuestra forma de estar en la Madrugá no se improvisa ni se corrige desde fuera: se construye desde dentro, con siglos de identidad
Capaces de que la Esperanza, en mitad de la noche, salga a buscar a los suyos… y los encuentre. Nuestra Hermandad más Macarena que nunca.
Que Nuestros Titulares bendigan siempre vuestra casa, hermano.
¡Viva la Virgen del Santo Rosario!
¡Viva el Señor de la Sentencia!
¡Viva la Virgen de la Esperanza!
¡Viva la Hermandad de la Macarena!»
El Hermano Mayor
Fernando Fernández Cabezuelo




