Le he leído a alguien lo siguiente: “…creo en las vueltas que da la vida”. Y yo también, mire usted, sería mi respuesta. Porque no es cierto que la vida esté más pará que un charco, ni muchísimo menos. Ahora mismo estaba un servidor inmerso en los vaivenes de “El origen de las especies”, del amigo Darwin, y no daba crédito al número de revoluciones con las que se impulsaba este asunto de la vida.
Hombre, uno ya está con un pie en la caja, como vulgarmente se dice. Así que los giros o rotaciones que haya podido surfear a lo largo y ancho de esta azarosa existencia me dejaron una huella indeleble, sin duda. ¿Para bien o para mal? No sabría decirle, francamente. Unas olas vinieron tan de cara, que me las tuve que tragar sin remedio y me hice sangre, sudé de lo lindo y lloré. En otras, monté desnudo imitando a la Godiva y me puse el mundo por montera. Pero con estas últimas, aunque fueron un remanso de paz, casi me desintegro en el espacio.
Una odisea, se lo aseguro. Eso me parece a mí todo este maremágnum de aconteceres y vivencias que conforman el ruedo en el que lidiamos miura tras miura, a todas horas de todos los días y de todos los meses del año. Una verbena o un entierro, que diría mi muy estimado compañero de fatigas, Manué. Y es que ayer te vi y hoy no te veo, ayer estabas resplandeciente manejando documentos y hoy llevas el rostro roto cual yonqui de las Tres Mil. Sí, en este encaje sobrevivimos. Repito, sobrevivimos. Por ello, cuando leí la tuitera frase no pude estar sino de acuerdo con el humanoide que la pensó y la escribió: “…creo en las vueltas que da la vida”.





