El verdadero valor de la tradición se aprecia con los años, muchos o pocos, según las faltas te hayan permitido u obligado a reflexionar.
Últimamente solo puedo pararme a pensar cuando conduzco. Mi vorágine particular me hace estar todo el día pensando, actuando, confluyendo, inventado… pero siempre sobre los múltiples y variopintos asuntos que me traigo entre manos.
Hoy, Jueves Santo, sí hoy, tan tarde, más tarde que nunca, acabo de terminar la primera tanda de torrijas de esta Semana Santa. Ganas tenía pocas, aunque una amiga muy querida estaba en Sevilla y quería llevárselas. Así que hace días compré lo necesario. Pero cuando el martes, con pereza, me puse a ello, no tenía suficiente azúcar, y lo dejé con la excusa de que, según mi tía, el azúcar en el vino es lo que impide que el pan se rompa.
Mi amiga se ha ido hoy, y yo aún no las había hecho. A pesar de que el martes se compró el azúcar, las ganas no llegaron. Quizás porque cuesta saber que ya no tienes con quien echar a competir tus torrijas. Después de comer, he sacado fuerzas y ya, definitivamente, me he enfrascado.
No es que se pueda pensar mucho haciendo torrijas porque como te descuides no las mojas en huevo. Pero, algo sí. He pensado en cómo me estaba obligando por no romper una tradición. He pensado en cuántos van a ver sus hermandades a la calle con devoción y con personas en el recuerdo. He pensado en cuánto arrojo conlleva continuar una tradición cuando con quien la compartiste no está contigo. He pensado que cuando hacemos estos esfuerzos nos afianzamos como personas potentes y resilientes. Que es de cobardes romper tradiciones porque nos pueda el recuerdo. Que las tradiciones heredadas de nuestros padres también tenían sufrimientos en la trastienda, pero que ellos supieron superar las ausencias y transmitírnoslas. Que las tradiciones que nos legaron les hicieron fuertes y ayudaron a crear vínculos con nosotros. Que, en respeto a los que no están, debemos seguir manteniendo las tradiciones.
Quizás los que no tienen tradiciones arraigadas no tuvieran la suerte de que quien se las pudo transmitir tuviera el arrojo necesario para superar una ausencia; o quizás no supo entender el verdadero valor de esa tradición. Lo que sí es evidente es que han perdido ese vínculo de fortaleza continua que es la tradición heredada.
Quizás sin saberlo también hayan perdido una oportunidad, aunque tendrán otras, de mostrarse ante sus hijos como personas sensibles, que heredan hábitos por respeto a los que le precedieron y sobre todo como forma de reforzarse ante experiencias vitales con quienes ya no los acompañan.
Todo esto lo pensaba haciendo mis torrijas. Mis torrijas llevan sentimiento. Mis batatas. Mis pestiños, mis rosquitos… Todo lo mío, con los años se va cargando de sentimientos. El valor del tiempo es que, mientras nos debilita, nos hace fuertes. Y aquí están mis torrijas, las de la resiliencia.





