Con un sistema de voto anticipado como el de EE.UU. que esta vez ha registrado 104 millones de usuarios frente a los 58 millones de votos de la ocasión anterior, en España habría tal cantidad de sospechas que casi se tendrían que anular los resultados.
La diversidad, además, de la normativa electoral en los distintos Estados de la Unión es de tal calibre que en unos casos se otorgan los votos al ganador por cómputo general y en otros se otorgan uno a uno los elegidos por distritos.
Sólo el fuerte arraigo tradicional de la democracia allí puede sostener un sistema tan variopinto y sometido a estas tensiones agravadas por la introducción de las nuevas tecnologías. Y ni por esas.
En España, cada vez de forma más acusada, se empiezan a ver las rendijas por las que podrían estar escapando unos resultados confiables del control necesario previsto legalmente, sobre todo porque la autoridad competente judicial ha dejado de cumplir la ley de manera flagrante y deja los resultados al albur de una maquinaria de recuento electoral opaca mientras los partidos, sin razón alguna que lo justifique, renuncian (incluido Vox) a escrutar con el detalle que sería deseable todo el procedimiento.
Sólo con un discreto manejo de los datos en el voto por correo y, si me apuran, bailando un pequeño vals con los datos de la abstención, en España bastaría para obtener unos 20 o 30 diputados más para uno u otro partido sin que salten demasiado las alarmas y que parezca que aquí no ha pasado nada.
Esta constatación, con los ‘aparatchiks’ del comunismo y el ministro Marlaska al frente del cotarro, convierten la posibilidad en una tentación tan realizable que asusta tanto como la democracia de Maduro. Y en EE.UU., con un Partido Demócrata tumbado decididamente hacia el ala social-comunista de Alexandria Ocasio-Cortez y de Bernie Sanders, se convierte en casi una provocación.
No se olvide que en aquella célebre ocasión del voto electrónico que otorgó la victoria a un Bush en Florida por apenas 500 votos, el operador que estuvo detrás de aquel marasmo fue la multinacional española Indra, la misma que por lo general se encarga de recopilar los datos (no oficiales) en cada noche electoral de España.
No es que Trump se haya olido la posibilidad de un fraude habida cuenta la complejidad del proceso de recuento y la multiplicidad de costuras abiertas en el procedimiento, sino que resulta demasiado obvio que el ‘hackeo’ de esos resultados constituye una posibilidad científica.
Si a eso le añadimos que en algunos Estados la Justicia ha autorizado a que sigan entrando votos en el cómputo hasta tres días después de cerrada la jornada electoral sólo con que el matasellos sea del día anterior al del día de la votación (¡un puto matasellos dando fe y no los ‘hombres buenos’ de la democracia!), pensar en un posible fraude (lo haya habido o no) es casi una necesidad.
Una cosa sí sospecho: si la victoria final es para Biden, quizá Trump y los republicanos se dirigirán a los tribunales; pero si la victoria final es para Trump, los demócratas y sus brazos extremistas armados de Black Lives Matter, de los «antifa», de abortistas, de feminazis y de las más diversas fundaciones y ONG de Soros, desatarán la nerviosera y armarán tal pifostio que otra vez veremos arder las calles y los comercios y apalear a los votantes de Trump.
El corresponsal de TVE en Washington Lorenzo Milá parecía ingenuamente asombrado la noche electoral por el hecho de que muchos votantes latinos habían identificado a Biden con los regímenes socialcomunistas de sus países de procedencia y parecía que se hubiesen decidido activamente por apoyar a Trump… ¿Cuál era el motivo de su asombro? Lo desconozco, pero aplaudo, si ha ocurrido así, el buen tino de los latinos porque resulta obvio.
Los medios españoles, más incluso que los norteamericanos, que ya es decir, insuflados de un partidismo descarado y feroz, harán todo lo posible por adecuar su discurso según quién resulte el ganador y puede que, si gana Trump, les escuchemos, al fin, hablar de la posibilidad cierta de que el sistema de recuento y escrutinio de los votos tenga grietas que conviene reparar si no queremos caer todos, más pronto que tarde, en una democracia al estilo del viejo PRI en México o las de Venezuela.
¿Por qué será que allá donde crece el comunismo siempre se barruntan las sospechas?





