En las últimas semanas de enero han fallecido en Sevilla algunos preclaros artistas, entre ellos los pintores Roberto Reina y Manuel Salinas.
Pura coincidencia, sin duda, pero uno de ellos, Manuel Salinas, pintor abstracto, vecino del barrio de San Lorenzo, ha muerto por causa del virus maldito y esa triple condición, la de artista, su vinculación con el barrio y la causa de la muerte por una epidemia silente, me ha traído caprichosamente a la memoria la figura de uno de los grandes genios de la escultura en Sevilla, la de Martínez Montañés.
Juan Martínez Montañés, jiennense, de Alcalá la Real, falleció a causa de la Gran Peste desatada en Sevilla el año de 1649, también afincado en ese mismo barrio, concretamente en la calle que hoy lleva su nombre (antes en la antigua calle Muela, hoy O’Donell) en cuyos alrededores desarrolló una parte importante de su obra genial, que abarcó en la zona desde el diseño del Altar Mayor para la parroquia de San Lorenzo, el retablo Mayor y varias esculturas para el Convento de Santa Clara e igualmente para el Convento de Santa Ana.
A diferencia de la actual pandemia de la covid19, la peste que cíclicamente asolaba a Europa y también a Sevilla a lo largo de los siglos era una vieja conocida para mucha gente, pero ni de lejos se tenía entonces el nivel de conocimiento que se tiene ahora sobre sus causas y la manera de prevenir y abordar una enfermedad que se propagaba a toda velocidad de manera misteriosa.
Uno de los brotes más terribles de la peste aconteció en Sevilla al cumplirse la mitad del siglo XVII, en 1649 concretamente, que acabó con la vida, se calcula, de unas 60.000 personas sólo en nuestra ciudad, lo que representaba casi la mitad de la población total de entonces. La Sevilla del bullicio inmenso, del boato y los tesoros, de Rinconete y Cortadillo, de la picaresca irrefrenable, quedó muda, vacía, silenciosa…
A diferencia de la pandemia actual, la peste bubónica, procedente de África, estaba causada por una bacteria, no por un virus, y su aparición aquel año pudo estar asociada a las condiciones de insalubridad tras las fuertes inundaciones que se produjeron el 4 de abril. Pronto, la capital comercial del mundo quedaría sellada y aislada y los que pudieron salir a tiempo huyeron al campo.
Los síntomas iniciales de la peste, al parecer, se asemejaban, como ahora, a los de una gripe, que terminaba afectando a menudo a las vías respiratorias, si bien se acompañaba de náuseas, vómitos y problemas estomacales muy graves.
La situación aquel año debió ser dantesca, porque a diario morían hasta mil personas o más, y alcanzó el punto álgido (el Fernando Simón de entonces no hablaría de curvas ni de «algún caso aislado como mucho») durante la Octava del Corpus, en uno de cuyos días se cifró en 4.000 el número de muertos.
El 21 de Mayo, mes y medio después de iniciado el brote de peste en Sevilla, la capital de España decretó la prohibición de entrada a cualquier persona procedente de Sevilla. La Historia conocería aquel año como el de la Gran Peste y entre las muchas personas arrastradas a la tumba por la epidemia se encontraba aquel prolífico artista jiennense, Juan Martínez Montañés, que falleció concretamente el 18 de junio, 15 días después de celebrada la procesión del Corpus de aquel año, que cayó el día 3 del mismo mes.
La festividad del Corpus, que era en aquel tiempo la gran fiesta de la ciudad, fue muy deslucida porque ni siquiera se encontraban mozos suficientes para portar las andas de los pasos ni para colgar los toldos y velas en las calles. Apenas se montaron altares y no salieron cabezudos ni tampoco la Tarasca encabezó la procesión.
Muchos de los gremios y corporaciones habían perdido a sus oficiales representativos, así que pocos pudieron asistir al desfile, además de que aquella misma mañana hubo que retirar de las gradas de la Catedral a no menos de 400 cadáveres, motivo por el cual el diezmado desfile fue trasladado a la tarde.
Aunque ahora pueda parecernos sanitariamente poco prudente, que sin duda lo fue, celebrar una procesión en esas dramáticas circunstancias, quizá deba consignarse que, ante el desconocimiento científico de entonces y la ausencia de remedio, la Fe y la piedad religiosa constituían una especie de medicina alternativa, no del todo residual, que servía de consuelo y esperanza, misión última y remedio que le encomienda el juramento hipocrático al galeno en los casos sin solución.
La Gran Peste no hacía rehenes ni entendía nada de Arte, ni de ricos o pobres, sino que ejecutaba sin conmiseración alguna por toda la ciudad, aunque con mayor incidencia y más abundante en los barrios depauperados y hacinados, entre ellos en el viejo arrabal de Triana.
Cientos o miles de cadáveres eran enterrados cada día en los lugares más insospechados por aquel entonces, mientras una multitud esperaba del otro lado de la muralla, a las puertas del Hospital de la Sangre o de las Cinco Llagas (hoy sede del Parlamento de Andalucía), para ser acogidos en su interior.
Se improvisaron fosas comunes en todos los alrededores, especialmente en las afueras de la Puerta Real, zona del Baratillo, por el convento de San Jacinto, en la Macarena, Osario y, muy especialmente, el Prado de San Sebastián, lugar vinculado a la muerte de todos modos porque allí se celebraban a veces los llamados autos de fe.
No obstante, una placa situada en el edificio en obras de la Plaza de la Magdalena para convertirlo en hotel de lujo, recordaba tal vez de manera no muy fidedigna que allí, en ese espacio que perteneció a la iglesia de la Magdalena, de la que fue asiduo feligrés Montañés, junto a Murillo y Zurbarán, yace sepultado el genial artista jiennense. La placa que servía de recordatorio fue retirada durante las actuales obras y se espera su pronta reposición.





