Las elecciones generales celebradas la pasada semana en Francia y en Gran Bretaña han producido resultados bien distintos a uno y otro lado del canal de la Mancha. En una novela de Julio Verne, discuten un inglés y un francés sobre la importancia de sus respectivos países, y el primero dice que “de lo sublime a lo ridículo, solo hay un paso”, a lo que el segundo replica con retranca. ”Sí, el de Calais”. Este ingenioso retruécano ha sido atribuido a Napoleón, a Kant, a Freud, a Churchill y hasta a Marlene Dietrich, pero -con independencia de quién haya sido el autor o qué país se considere lo uno o lo otro-, lo cierto es que Inglaterra se ha hecho a sí misma frente al continente europeo, celosa de su insularidad. Mientras en el continente todos los países tienen su Constitución, circulan por la derecha y aceptan el sistema métrico decimal, en Albión se jactan de carecer de una norma constitucional, circulan por la izquierda y siguen con sus libras, millas, yardas y peniques. Mientras Europa es hija de Grecia, Roma y la Cristiandad, la isla es hija de la Gran Bretaña y madre de las olas de la mar océana. Mientras Francia deriva hacia la diestra, Inglaterra lo hace hacia la siniestra.
Primera vuelta de las elecciones generales en Francia
Todo comenzó el pasado 10 de junio cuando, en las elecciones al Parlamento Europeo, Emmanuel Macron y su partido “Ensemble” sufrieron un sonoro revolcón al obtener solo 13 eurodiputados frente a los 30 que consiguió el partido ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN) liderado por Marine Le Pen, que obtuvo 30 diputados y el 34,43% de los votos. Macron -que es orgulloso y mal perdedor- lanzó un órdago al disolver la Asamblea Nacional y convocar para el 30 de junio unas elecciones, que deberían haberse celebrado en 2027. Imitó a su vecino Pedro Sánchez, quien -tras su derrota en las elecciones autonómicas y municipales- convocó elecciones generales anticipadas en pleno verano-, con la diferencia de que éste -pese a perder de nuevo las elecciones- consiguió formar a retazos un Gobierno Frankenstein, y a aquél le va a ser sumamente difícil formar un Gobierno coherente ante la disparidad de posiciones entre los tres bloques dominantes. Macron justificó su suicida decisión, alegando que no podía ignorar el veredicto de las urnas y debía buscar una “clarificación nacional” -pese a que el electorado había mostrado con su decisión su hartazgo por la gobernación del presidente de la República y su deseo de cambio-, y pidió “un voto de confianza al pueblo francés”, que se lo ha negado de forma clara y rotunda.
La participación del 66.7% ha sido la más elevada desde 1977 y superó en 15 puntos a la producida en las elecciones europeas. Se eligían 577 diputados a la Asamblea Nacional en dos vueltas. En la primera resultan elegidos los que obtengan más del 50% de los votos, lo que en esta ocasión lograron 76 diputados, 38 de ellos de RN, que fue el partido más votado con 10,4 millones de votos y un porcentaje del 34% de los mismos, seguido del Nuevo Frente Popular (NFP) -toda la izquierda formada por socialistas, comunistas, verdes y la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon- con el 29.1%, y Ensemble con el 21.5 %. Los candidatos de RN quedaron en cabeza en 297 distritos, el NPF en 159 y los centristas en 70. Aunque la vencedora fue Marine Le Pen, Arcadi Espada dijo irónicamente que el triunfador había sido “Lepenchón”, dado el buen comportamiento de la izquierda, que consiguió formar un frente unido a pesar de sus múltiples discrepancias y logró excelentes resultados, a tan solo 5 puntos de los lepenistas liderados por el joven Jordan Bardella.
Los resultados no han constituido ninguna sorpresa pues ya habían sido previstos por los sondeos. Según Jérôme Fourquet, las elecciones han culminado un drama histórico-político de 40 años. En 1972, Jean-Marie Le Pen creó el Frente Nacional (FN) que, en las elecciones de 1974, obtuvo el 0. 7% de los votos. En las elecciones europeas de 1984 logró el 10% y, desde entonces, no dejó de crecer. En 2002, Le Pen derrotó en la primera vuelta al presidente socialista Lionel Jospin, si bien fue ampliamente derrotado en la segunda por Jacques Chirac, que obtuvo el 82% de los votos, gracias al cordón sanitario formado por todos los partidos contra Le Pen. Lo mismo ocurrió en 2007, cuando Nicolas Sarkozy dejó a éste en el 10%.
En 2008, Marine Le Pen tomó el relevo de su padre e inició un proceso de “desdiabolización” del FN, al que convirtió en el RN y le hizo un profundo lavado de cara, despojándolo de los rasgos más agresivos de totalitarismo, antisemitismo, xenofobia y ultraconservadurismo, y prestando atención a “las cosas del comer” -inmigración, paro, pobreza, pérdida de poder adquisitivo…-, con lo que atrajo a su partido los votos de protesta de los obreros, los agricultores y los menos favorecidos -los “outsiders” del progreso. En las elecciones presidenciales de 2017 obtuvo el 33% de los votos frente a Macron y en las del 22 el 41.5%, y -tras su triunfo en las generales- está magníficamente situada para acceder a la presidencia de la República en 2027 ¿Los resultados de la primera vuelta de las elecciones generales ponen de manifiesto que el 34% de los franceses se han pasado a la ultraderecha? Según Emilia Landaluce, tal no es el caso, pues muchos votantes del conservador Partido Republicano y centristas de Macron votaron a Le Pen, no porque fueran racistas o partidarios de Putin, sino porque les daba más miedo la ultraizquierda de Mélenchon que la ultraderecha de Le Pen.
Segunda vuelta de las elecciones generales en Francia
Pasaron a la segunda vuelta de las elecciones los candidatos que obtuvieron más del 12% de los votos, pero -tras el gran éxito del RN- sus adversarios de la izquierda y del centro restablecieron el tradicional ”escudo republicano”, retiraron a sus candidatos peor colocados y votaron a los mejor situados para derrotar a los candidatos de RN. Mélenchon fue el primero en hacerlo, seguido por el líder socialista Raphael Glucksmann, que pidió votar por cualquier candidato que permitiera hacer frente a la extrema derecha, porque no debían de equivocarse de enemigo. Un llamamiento similar hizo Macron, que pidió una amplia unión democrática y republicana de cara a la segunda vuelta, y el primer ministro, Gabriel Attal, declaró que “ni un voto para el RN”. Unos 200 candidatos se retiraron de la contienda, la mayor parte de la izquierda, aunque también de centro, si bien algunos no lo hicieron por estimar que, si Le Pen era Guatemala, Mélenchon era Guatepeor, pero -contra todo pronóstico- se restableció el cordón sanitario y se evitó el previsto triunfo de Le Pen.
Si los sondeos acertaron en la primera vuelta, fracasaron por completo en la segunda, porque descartaron la posibilidad de que se restableciera el escudo republicano y dieron por vencedor al RN, algunos con mayoría absoluta. Sin embargo, no solo no triunfó en la segunda vuelta, sino que bajó a la tercera posición, siendo superado por el decadente partido macroniano. El vencedor ha sido el NFP con 182 diputados, seguido de Ensemble con 168 y RN con 143. Bardella ha acusado a Macron de haber forjado una “alianza del deshonor” y dejado a Francia en manos de la extrema izquierda. Mélenchón ha exigido que se nombre primer ministro a un candidato del NFP y el centrista, Edouard Philippe ha pedido que se forme un Gobierno provisional de coalición, del que se excluya la extrema derecha de Le Pen y la extrema izquierda de Mélenchon. Macron se tomará su tiempo para decidir ante la situación imposible ante la ausencia de mayorías y la disparidad de opiniones entre los tres bloques mayoritarios, y cavila sobre qué hacer, entre lo que no figura la posibilidad de dimitir, pese a su desautorización por el electorado. Se ha escuchado la voz sensata del expresidente François Hollande -elegido como diputado-, que ha señalado que la izquierda había ganado las elecciones gracias a los votos de personas ajenas a su ideología, que carecía de mayoría y que debía actuar con responsabilidad.
La situación de Francia tras las elecciones ha sido descrita por el historiador e hispanista Benoit Pellistrandi en un lúcido artículo sobre “¿Requiem por Francia?”, publicado en “El Mundo”. El triunfo de la extrema derecha francesa era el síntoma más evidente de la crisis no solo de la conciencia de Francia, sino también de la de su sociedad. El mapa electoral ha explotado y los anteriores feudos de la izquierda son hoy de RN. La Francia vaciada se ha entregado al partido de Le Pen, mientras que en las grandes ciudades como París han arrasado los candidatos del NFP. La crisis social y económica se ha convertido en crisis de identidad. Francia se ha descristianizado mientras se islamizaba, y la religión más practicada es la musulmana. La laicidad y la separación entre el Estado y las Iglesias eran el marco legal, pero ahora se ha topado con la problemática islamista, que genera una crisis moral y política. La República es algo más que un marco legal, ya que es un ideal, una moral y la historia de un pueblo soberano heredero de la Francia gloriosa. Esta República fue capaz de articular una sociedad diversa y de favorecer un extraordinario bienestar material, acoplado con la promesa del ascenso social gracias a la educación. Francia fue una sociedad feliz en los años 1955-1975, pero la crisis económica de los años 70 y 80 y su difícil encaje en la globalización han generado una inquietud que se ha enquistado en la conciencia francesa. La Francia feliz y consumidora se ha transformado en otra estresada. La inmigración ha planteado una crispación que llega hasta la xenofobia, la escuela ha dejado de ser herramienta del progreso de las familias, y la segregación social es una realidad brutal, como se ha puesto de manifiesto en los disturbios producidos en los arrabales de las grandes ciudades. Todos los Gobiernos anunciaron tiempos mejores que nunca llegaron y el NFP ha presentado un programa económico inviable, en una Francia con una deuda pública el 110% de su PIB. Marine Le Pen se limita a recoger los frutos de la depresión francesa. No dibuja ninguna salida y la llegada de su partido al poder significaría un salto al vacío. Francia es hoy el enfermo europeo y, para superar la situación, sería imprescindible una gran movilización social y política, pero las condiciones no se dan. Las elecciones han reflejado que el país está profundamente fragmentado y que su clase política carece de brújula moral o intelectual. “Estamos atrapados un ambiente lampedusiano. Lo importante es prometer que todo va a cambiar para que nada cambie”.
Según el profesor de Economía de la Universidad de Granada, Francisco Rodríguez, Francia se mueve entre un efervescencia jacobina en lo social y una huida hacia adelante en lo económico. La economía francesa se tambalea bajo el peso de un sistema de bienestar que ha devenido insostenible. Los extremos políticos han saboteado los intentos liberales de Macron de recortar la burocracia y flexibilizar el mercado laboral. RN con su retórica antiinmigración y sus políticas proteccionistas promete soluciones fáciles y rápida, pero son solo un placebo para los síntomas de una enfermedad más profunda, pues el Estado del bienestar necesita una reforma urgente compatible con el crecimiento y la competitividad. La solución no reside en girar hacia los extremismos, sino en buscar un nuevo centro que combine el desarrollo del capitalismo liberal con el mantenimiento de un Estado del bienestar sostenible y la desaparición del centrismo tiene consecuencias económicas devastadoras. La derrota de Macron es un presagio ominoso para Europa.
Sylvain Tesson dijo que Francia era un paraíso poblado por gentes que creían estar en el infierno. Pese a su prodigiosa calidad de vida y a su desarrollo económico-social, los franceses están permanentemente descontentos, como ponen de manifiesto las protestas inexplicables de los “chalecos amarillos”, y las exigencias y desmanes de sus agricultores, que nunca están satisfechos pese al inmejorable trato que reciben. La juventud francesa nunca ha estado tan polarizada y se ha entregado a los extremismos. De los jóvenes entre 18 y 24 años, el 48% votó al NFP, el 33% al RN y solo el 9% al centro, y esto no es un hecho aislado de Francia, sino que se extiende a toda la UE, como se ha podido comprobar en las recientes elecciones europeas. La nueva realidad francesa es asimismo la realidad europea. Se dice que cuando Francia estornuda, la UE se resfría, y el otro pilar de la Unión tampoco está para tirar cohetes, pues el sistémico SPD ha sido superado por la neonazi Alternativa para Alemania y los territorios de la antigua RDA se han teñido de marrón. Tras la derrota a última hora de RN, Macron -que, pese a sus muchas deficiencias, es uno de los pocos estadistas europeos con una visión de futuro- se ha visto parcialmente reivindicado y ha conseguido ganar tiempo hasta 2027 y, en una Bruselas atemorizada ante el avance de la ultraderecha en la UE, se han oído suspiros de alivio. La situación se va aclarando. Abascal se ha quitado la careta, le ha puesto los cuernos a su amiga Meloni y se ha pasado con armas y bagaje al Grupo de los “Patriotas” (¿?) por Europa liderado por Orban, el principal submarino ruso existente en la Unión, a la que pretende destruir desde dentro. RN también se ha unido a Orban y se ha constituido el tercer grupo en importancia del Parlamento.
Elecciones generales en Gran Bretaña
Como ha comentado José Ignacio Torreblanca, con unas escasas horas de diferencia, mientras Francia se unía para parar a la extrema derecha, alejando las perspectivas de una toma del poder por Le Pen y sus seguidores, el Reino Unido ha dado el poder a los laboristas, poniendo fin a los Gobierno conservadores más incompetentes, xenófobos y antieuropeos que se recuerda en mucho tiempo. Desde hace 8 años, tras el Brexit, iniciaron una desastrosa política los disparatados Gobiernos de Boris Johnson y de Liz Truss, quienes -según “The Economist”- “han convertido el caos en una forma de arte”. Pese a los esfuerzos de Rishi Sunak, esta deriva populista pudo no ser corregida y ha destrozado al Partido Conservador (PC), que ha sufrido una humillante derrota, al haber sido superado en 291 votos por el Partido Laborista (PL), los peores resultados del primero en su historia, solo comparable a los 272 que le sacó Tony Blair a John Major en 1997.
La participación -que no ha llegado al 60%- ha sido la segunda más baja desde 1885. Todos los sondeos preveían la derrota del PC, incluidos sus miembros, como puso de manifiesto la exministra de Interior, Suella Braveman, cuando afirmó que el resultado de las elecciones estaba escrito en piedra, y alentó al electorado a que no participara en ellas. En contra de su propia estrategia de impedir la inestabilidad, Sunak -con su adelanto electoral ante las malas perspectivas que le daban las encuestas- no dio margen a la recuperación del partido y propició el caos que caracterizó la labor de sus predecesores. Pidió la ayuda de su íntimo enemigo Johnson, quien suplicó a los electores que no rindiera su voz ante la avalancha laborista. Pese a la pésima campaña realizada, la diferencia de votos entre los dos partidos se redujo de 20 a 10 puntos -33.8% frente al 23.7%-, pero -por las peculiaridades del sistema electoral- ha proporcionado 412 escaños al PL y solo 121 al PC.
La clave ha estado en el hundimiento de éste, que ha perdido al 20% de su electorado, que, o bien se ha abstenido, o ha votado por el partido de Nigel Farage, “Reformar UK”, que ha conseguido el 14.3% de los votos, aunque solo 5 escaños. El PC ha obtenido sus peores resultados en su historia reciente desde 1833. Han perdido sus escaños los ministros de Defensa, Justicia y Educación, y la Secretaria del Tesoro, la portavoz del partido, Penny Mordaunt, y pesos pesados como Jacob Ress-Mogg o Liz Truss. Entre los nuevos diputados cabe mencionar a Jeremy Corbyn -que se presentó como independiente tras haber sido expulsado del PL- y a Farage, que lo logró a su octavo intento. Es cierto que el PL logró su aplastante mayoría con casi el mismo porcentaje de voto que en 2019, pues solo lo aumentó en un 1.7%, pero ello no debería quitar mérito al gran triunfo del PL, que ganó en todos los reinos salvo en Irlanda del Norte y obtuvo unos excelentes resultados en Escocia, dónde apabulló al Partido Nacional Escocés (SNP), que quedó en 9 diputados (-37).
Los resultados fueron los siguientes: PL 412 escaños, PC 121, Liberales-Demócratas (PLD) 71, SNP 9 , Sinn Fein 7, Reformar UK y Partido Unionista Democrático 5, Partido Verde y Plaid Cymru 4, y Partido Socialdemócrata Laborista 2. Debido al peculiar sistema electoral unipersonal, se ha dado la paradoja de que el partido de Farage con 14,7% de los votos solo ha obtenido 5 diputados, mientras que el PLD con el 12.2% ha conseguido 71. A menor escala, el SNP con el 2.4% ha logrado 9 escaños y el Partido Verde con 6.8% solo 4. Siguiendo la tradición, los diputados del Sinn Fein no participarán en las actividades del Parlamento británico.
Los comentaristas han presentado los resultados de las elecciones más como una derrota del partido en el Gobierno que como una victoria del principal partido de la Oposición, minusvalorando la eficaz gestión de su secretario general, Keit Starmer, quien, en el breve espacio de tiempo que ha liderado el partido, ha conseguido acabar con el sectarismo que impuso su predecesor Corbyn -que estuvo a punto de cargarse al PL, como Sánchez está haciendo con el PSOE- , y lo ha centrado, siguiendo el modelo de Blair. También se ha menospreciado a Starmer por su supuesta falta de personalidad y de carisma, pero éste no es -como dicen los ingleses- “just a prety face”, sino un prestigioso jurista especializado en Derechos Humanos, que en 2002 fue nombrado Consejero de la Reina, entre 2008 y 2013 fungió como Fiscal General del Estado en Inglaterra y en Gales, y en 2014 fue investido como Comendador de la Orden del Baño, que lleva aparejado el título de “Sir”. Ignoro si tiene carisma o no, pero Starmer ha demostrado ser un profesional de rigor con experiencia en la gestión, y lo que el Reino Unido y el resto de los países miembros de la UE necesitan, no son caudillos carismáticos como Orban, Johnson, Sánchez, Iglesias o Abascal, sino políticos serios y honrados que se dediquen a la labor de gobernar.
Consciente de que llevaba el viento de cola, Starmer fue muy cauto al exponer su programa, que mantuvo en la generalidad y en la ambigüedad, para evitar cometer meteduras de pata, aunque prometió no aumentar los impuestos, mejorar los servicios públicos, y no gastar más de lo que el país pudiera permitirse, y sobre todo reveló un nuevo talante, que se puso de manifiesto en sus primeras declaraciones tras acceder a la presidencia del Gobierno. Afirmó que sus principios inspiradores serían la estabilidad y la moderación, que el cambio empezaría de inmediato, y que pondría al Estado por delante de su partido, e invitó a todos los británicos a unirse en una misión de renovación nacional y a dejar atrás el espectáculo ruidoso de los últimos 14 años. Entre las primeras medidas adoptadas por Starmer figuran su compromiso de seguir apoyando a Ucrania frente a la agresión rusa y la finalización del “proyecto Ruanda”, de enviar a dicho país a los inmigrantes ilegales, proceso que había sido detenido por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Pese a haber sido un convencido partidario de la permanencia en la UE, Starmer ha aceptado el mantra de que “Brexit is Brexit” y no se ha mostrado a favor de reintegrar al país en la UE o en la Unión aduanera, pero ha expresado su intención de mejorar las relaciones y fomentar con los países miembros tanto los vínculos económicos y comerciales, como los de seguridad y defensa. Parafraseando el dicho taurino de que “hasta el rabo todo es toro”, cabría decir que “hasta las islas Shetland todo es Europa”. Habría que pedir al Zeus del Brexit que devolviera a la secuestrada Europa a su hogar bruselense, del que nunca debería haber salido. No parece, sin embargo, que los orgullosos dirigentes británicos estén dispuestos a jugar el papel de hijo pródigo arrepentido y regresar al hogar paterno, pese a que la mayoría de su pueblo se muestra cada vez más favorable a reintegrarse institucionalmente en una Europa a la que geográfica e históricamente pertenece.
Tras el rápido mandato que le ha encomendado el Rey Carlos III, Starmer ha formado un Gobierno paritario, con Ángela Rayner como viceprimera ministra y la economista del Banco de Inglaterra Rachel Reeves como Secretaria del Tesoro, la primera mujer en desempeñar este puesto en la historia de la Gran Bretaña. También es de reseñar el nombramiento como Secretario del Foreign Office de David Lammy, un jurista originario de Guyana con experiencia gubernamental y espíritu dialogante, que podrá promover la mejora de las relaciones entre el Reino Unido y la UE.
Concluye esta agitada semana con una noticia buena, otra regular y otra mala. La buena es que el nuevo Gobierno británico ha iniciado con buen pie su andadura, y esperamos poder olvidar pronto la actuación de los desastrosos Gobiernos que le precedieron. La regular es que ha concluido menos mal de lo que se temía, la disparatada decisión de Macron de adelantar unas elecciones generales, que fueron ganadas en su primera ronda por el RN; en la segunda ha funcionado el cordón sanitario y la ultraderecha ha descendido a la tercera posición en la Asamblea Nacional, pero, si se ha cerrado por el momento el acceso al Gobierno de la ultraderecha, se ha abierto la puerta a la ultraizquierda de Mélenchon, y no sabemos qué sería peor, la peste o el cólera. La mala es que se ha constituido en el Parlamento Europeo el tercer Grupo en importancia de la Cámara, bajo el liderazgo de un político euroescéptico y pro ruso, auténtico caballo de Troya en el seno del fortín de la Unión -Grupo al que se han sumado con entusiasmo el RN y Vox-, que pretende desarbolar la Unión desde dentro. El eje franco-alemán está bajo mínimos y la UE ha salvado los muebles, pero el proceso de toma de decisiones se torna cada vez más difícil y costará sangre, sudor y lágrimas sumar los votos necesarios para adoptar normas en materia verde, de migración, de integración o de apoyo a Ucrania. Las fuerzas democráticas deberán unirse para salvar a la UE del peligro que suponen los extremos del espectro político.





