Por un elfo de la etnia catalufa hice ayer un hallazgo deslumbrante en un video. Descubrí que en la otra lengua de Josep Plá, la palabra «mascarilla», diminutivo de «máscara» -y cada vez más caras-, se pronuncia «mascareta», también diminutivo y que podríamos trasponer a la Lengua de Cervantes de manera descompuesta en una nueva expresión, la de «más caretas», adquiriendo una dimensión distinta.
Más mascarillas (o más «mascaretas») es lo que vamos a necesitar para el uso cotidiano por motivos de salud durante los próximos meses en España. La careta, en cambio, alude a otro tipo de máscara, que puede llegar a cubrir toda la cara, pero con fines, además, de ocultación o fingimiento. Y de estas sería muy recomendable comenzar a prescindir y arrumbarlas todas. También por razones saludables.
Por el video del elfo al que me refiero no logré saber si estaba indignado o si celebraba de contento que el Gobierno español hubiese enviado a su mítica comunidad la cantidad de 1.714.000 mascarillas (tal vez saben que catalufo es el cohabitante de un territorio legendario al que yo denomino Catalumnia y que comparte espacio con los dignos ciudadanos de la bella comunidad llamada Cataluña).
Lo que sí supe es que al elfo no le preocupaba si la cifra era suficiente o escasa para las necesidades perentorias de su población, que muere en cantidades sin control por el contagio, sino que se quedó atascado en el número mismo, que, al parecer, guarda entre los suyos de esa raza superior resonancias mágicas como una pócima de Panoramix.
Si tienen la ocasión, nunca se les ocurra cobrarle a un catalufo 17,14 euros en un taxi o pasarle factura de 1.714 euros por algún artículo o servicio, so pena de que al receptor se le paralice su única neurona en el mismo acto y comience a levitar, entre en trance o escrete espumarajos por la boca con los ojos en blanco al son de «Els Segadors».
Llámenlas mascarillas, ‘mascaretas’ o caretas, da lo mismo, pero trátenlas con consideración, porque a partir de ahora nos acompañarán durante muchos meses de manera tan íntima como un desodorante y tan constante como la ropa interior.
Las caretas que deberíamos arrumbar ya para siempre son las que ocultan las verdaderas acciones e intenciones de nuestros gobernantes.
Tenemos un gobierno que practica la Commedia dell’Arte, con su Arlechinno, Il Capitano, Pulcinella, Colombina y Pantalone, pegando vueltas en el escenario mientras interpretan una fantasía, un trampantojo, sin maldita la gracia.
Toda esta pantomima de apariciones y desapariciones en la escena del plasma y de alocadas correrías por los pasillos de Twitter e Instagram, no dejan de constituir un inmenso bulo, una bufa representación para esconder a un Gobierno que no existe, que ni está ni se le espera. Que quizá nunca existió.
En todo caso, no quiero perderme al subcomandante detrás de su bandana atroz de comisario verde oliva del Alcampo, a la ministra Calvo con su ‘mascareta’ fashion de ganchillo con las siglas bordadas de Christian Dior, a ese Marlaska con la suya ribeteada de encajes o puntillas, a la ministra preadolescente de los cumples con su Barbie-careta con diadema y de nariz roja y a Sánchez con la suya ultra transparente de efectos luminosos que permita apreciar su rostro efebo mientras sube al Falcon.
Lo que me preocupa ahora, de todos modos, es que leía «La sociedad abierta y sus enemigos», de Karl Popper, y la cuestión me conduce hasta Giovanni Sartori y Oriana Fallaci, quienes quizá en este tiempo habrían montado en sus caballos y abrazado la espada dispuestos a cortar cabezas al comprobar que, una vez más, un chicle o un mínimo guijarro introducidos en los pesados engranajes de una compleja maquinaria civilizatoria de muchos siglos a la que denominamos democracia, atenaza y pone en riesgo todo nuestro modelo de vida con la excusa de la globalización.
Las democracias más avanzadas se desorientan y sus principios se estremecen en debates obtusos ante problemas aparentemente simples, como cuando el deseo de un curita analfabeto decide que su hija acuda a la escuela con la cara y el pelo cubiertos por un velo o un continente entero se conjura para la invasión inerme en una transmigración.
Ahora, por ejemplo, es un átomo invisible el que va a recomendar que, al menos durante mucho tiempo, todos los niños y las niñas de todas las escuelas del mundo acudan con la cara cubierta casi hasta los ojos.
Yo, que estoy deseando ver a esa raza de feministas militantes comportarse con la debida precaución bajo un velo o una burka, he desempolvado mi viejo turbante tuareg de 9 metros. Es sólo por motivos de salud, oiga.
He dicho.





