La victoria de Trump es histórica no sólo por el hecho de que el magnate neoyorkino se haya convertido junto al demócrata Grover Cleveland en el único presidente en gobernar bajo dos mandatos no consecutivos, sino por su victoria sobre grupos que tradicionalmente han votado al Partido Demócrata. La construcción de esta nueva mayoría republicana no tiene precedentes desde los denominados “demócratas de Reagan” en 1980, obreros que se decantaron por el candidato conservador por su defensa de la ley y el orden, los valores tradicionales y la lucha frente al comunismo ante la amenaza soviética. En España el equivalente sería la mayoría absoluta de Aznar en 2000, cuando la derecha ganó sobre todos los sectores sociales y en todas las franjas de edad, del mismo modo que el PSOE en 1982, lo cual suponía arrinconar muchos tópicos sobre este sector político, pasando a asumir muchos votantes clásicos de izquierdas que la derecha gestionaba mejor la economía.
Es evidente que Trump es un personaje ridículo y rechazable en no pocos aspectos, pero (aunque sea por oportunismo) ha dado voz a aquellos que no la tenían, y que consideran que lo políticamente correcto está destruyendo América. En efecto, su victoria es una gran noticia no sólo a nivel interno sino en el plano internacional porque el líder de la primera potencia mundial dará la batalla de las ideas frente a la ideología de género, la izquierda woke y un ecologismo para ricos que empobrece a la clase media y precariza aún más a los humildes.
Trump ha vuelto a ganar teniendo a la gran mayoría de los medios de comunicación en contra, lo que evidencia que la prensa ha perdido todo el crédito que en el pasado tuvo, siendo no pocos los que ya no se informan por los medios convencionales salvo para ver qué mentira deciden contarles cada día.
Los republicanos han recuperado la Casa Blanca imponiéndose en caladeros de votantes demócratas, ya que su candidato ha apelado a los perdedores de la gobalización, movilizando a su base electoral por el miedo a un pucherazo y haciendo una especial pedagogía en el voto por correo.
Trump ha crecido de manera importante en voto latino, que ha pasado del 32 % de 2020 al 45 % de estos últimos comicios, más de los que recibió de manera histórica Bush en 2004, ya que a los hispanos les preocupa más la economía que la inmigración, viendo cómo sus salarios se reducen por la alta inflación, truncando su anhelo de encontrar una vida mejor en Estados Unidos. En este contexto, creen que el candidato republicano mejorará la economía, ya que echan de menos la bonanza del primer mandato de Trump, a la que tratan de volver.
Cabe añadir que, lejos de las múltiples manipulaciones, Trump ha demostrado un conocimiento profundo de dicha comunidad del que la mayoría de demócratas carecen, haciendo constar en un mitin que en la Costa Este se les tiende a llamar hispanos mientras que en la Costa Oeste se les llama latinos, inquiriendo a un público que mayoritariamente pertenece a dicha comunidad sobre cómo prefieren ser llamados, a lo que de modo abrumador respondieron “hispanos”. Es muy revelador, ya que el término “latino” nació como sustitutivo de “hispano”, siendo potenciado tal vocablo por los británicos y franceses que odiaban a España y trataban de eliminar su influencia en dicha zona.
Otro grupo que históricamente ha votado a los demócratas pero ahora abraza claramente a los republicanos son los católicos, a los que le preocupa poder vivir en libertad un estilo de vida acorde con su fe frente a un Partido Demócrata que no sólo actúa en contra de sus convicciones promoviendo el aborto y al ideología de género sino que, directamente las persigue al restringir cada vez más la libertad religiosa y, como ha manifestado la propia Kamala Harris, pretendiendo acabar con la objeción de conciencia en materia de aborto. Un ejemplo evidente de esta deriva antirreligiosa son las afirmaciones cuasi-masónicas de Hillary Clinton en 2016, cuando dijo que había que reprimir incluso por medios coercitivos la presencia del hecho religioso en la sociedad.
Es evidente que la cuestión del aborto, que se ha convertido en una de las principales banderas de Kamala Harris, ha sido decisiva a la hora de decantar el voto de los católicos, ya que pese a ser ideológicamente muy similares en esta materia, Biden se mostraba más prudente en las formas mientras que Harris ha sido mucho más contundente en su apoyo, yendo mucho más lejos en la promoción de la agenda progre al impulsar una Ley de Igualdad que obliga a los hombres y mujeres a compartir vestuarios y duchas.
Fue histórico cuando en la figura de Kennedy fue elegido el primer presidente católico del gigante norteamericano, algo que hizo que dicho colectivo se volcase claramente en favor de su candidatura, recibieron el apoyo del 80 % de los que profesan dicha fe. Supuso un avance en un país donde el anticatolicismo y los prejuicios contra este grupo religioso estaban muy arraigados. No debe olvidarse que el Ku Klux Klan no sólo perseguía a los afroamericanos sino también a los judíos y los católicos, que eran blancos principales de sus ataques, ya que estaba muy extendida la creencia de que, al depender del Papa, prestarían obediencia a un Jefe de Estado extranjero, siendo parte de una conspiración para hacerse con el control del país. Elegir a un presidente que, según algunos, supeditaría los intereses nacionales a los designios del Papa supuso una ruptura drástica en una sociedad mucho más conservadora como la de 1960, donde en el seno de la América WASP (white, anglo-saxon y protestant: blanca, anglosajona y protestante), Kennedy sólo cumplía uno de dichos requisitos, pues era blanco, pero también católico y de origen irlandés.
Esa movilización de los electores católicos en favor de un candidato que profesaba sus mismas creencias, no se dio cuando fue elegido Biden, a la sazón de segundo presidente católico. En efecto, el voto católico estuvo muy dividido en 2020, cuando el 51 % de ellos votaron a los demócratas frente al 49 % de los republicanos. En efecto, desde 2004, el electorado católico ha estado muy polarizado a la hora de depositar su voto, de modo que en 2016 (cuando Trump ganó por primera vez), el 52 % de ellos se decantaron por el candidato republicano frente al 45 % de la aspirante demócrata, una situación similar a la de 2004, cuando Bush también recibió el 52 % de los votos de dicho grupo religioso, teniendo a otro rival católico como Kerry.
Como dijo el cardenal Müller, es preferible votar a un buen protestante que, a un mal católico, y por dicho motivo, en 2020, la mitad de los católicos prefirieron un protestante pro-vida como Trump a un católico abortista como Biden, a pesar de que éste último tuviese un fuerte apoyo y una gran sintonía con el Papa Francisco. No deja de ser preocupante la simpatía que profesa el actual pontífice a un presidente que atenta contra los más elementales principios católicos al promover el asesinato de los más indefensos en el vientre de sus madres, pues Biden es lo que coloquialmente se conoce como un “católico de cafetería”, es decir, alguien que cuando le interesa se acoge a su fe para destacar algunos aspectos mientras ignora y se opone abiertamente a otros. Es la antítesis de lo que debe ser un buen católico y es preocupante que el Papa manifieste simpatías a un candidato por el hecho de ir a misa, pero que, de manera hipócrita se opone a sus enseñanzas más básicas, no debiendo ser un ejemplo a seguir para aquellos que nos consideramos católicos e intentamos con mucho esfuerzo aplicar nuestra fe a todas las facetas de nuestra vida y ser coherentes con ella.
Más por demérito del Partido Demócrata, dada su deriva radical, que por propio mérito de Trump, los católicos se han decantado por primera vez de manera significativa por los republicanos, que han recibido el 55 % de sus sufragios frente al 40 % de los demócratas en un país que, en lo que respecta a los derechos de los católicos, es muy distinto a sus tiempos fundacionales. Dicha normalización se debe a que los católicos combatieron en pie de igualdad por su país en las dos guerras mundiales y alguien abiertamente católico fue elegido presidente, hechos que pusieron la semilla para que hoy, con orgullo, se pueda afirmar que la mayoría de los jueces del Tribunal Supremo son católicos, del mismo modo que, gracias a la victoria de Trump, el nuevo vicepresidente, Vance, también lo es.
Estas últimas elecciones han marcado un punto de inflexión en un colectivo mayoritariamente abstencionista como son los amish, que son conservadores por naturaleza pero que tradicionalmente han votado en una proporción inferior al 10 %. En esta ocasión se han movilizado en un 60 %, permitiendo decantar la balanza de un estado fuertemente demócrata como Pensilvania, con 90.000 amish, y donde Trump se ha impuesto por un 1 % de diferencia sobre su rival demócrata, siendo uno de los estados que estaba en juego y que, finalmente ha sido decisivo a la hora de darle la presidencia.
La histórica movilización amish (que antes no se había dado) responde a un episodio singular, por el que un amish del Condado de Lancaster, que vendía leche de su granja, se topó con el Departamento de Seguridad Alimentaria, que arrojó su leche al suelo porque no tenía permiso para vender al no cumplir las normas federales. Este hecho fue difundido por su protagonista a través del boca a boca y el puerta a puerta, por lo que muchos amish se implicaron en la campaña de Trump al tener microempresas y oponerse a la burocracia y las excesivas regulaciones del gobierno federal, viendo su estilo de vida y su libertad religiosa seriamente en riesgo por la aspirante demócrata. También ha influido mucho el voto por correo, no sólo por el miedo a un pucherazo sino porque el día de las elecciones coincidía con las bodas amish.
No sólo ha influido el hecho de que grupos como los afroamericanos y los judíos, además de los hispanos, aunque sigan siendo mayoritariamente demócratas, ya no lo son abrumadoramente ni de manera tan incondicional. También ha pesado (y mucho) el desgaste de gestión de Biden, de quien la propia Harris había sido vicepresidenta, y no debe olvidarse que, pese a los muchos intentos por ocultarlo, en su debate electoral quedó en evidencia que Biden no estaba en plenitud de sus facultades psíquicas, lo cual le incapacitaba para estar al frente de la primera potencia mundial. Ante la presión de su partido en pleno, Biden renunció a su candidatura y designó a Harris como su sustituta sin que ésta concurriera a unas primarias, es decir, unilateralmente y sin contar con su propia base social, lo cual ha generado una fuerte desafección de no pocos electores demócratas hacia su propio partido.
Una candidata tan escorada a la izquierda como Kamala Harris ha dado lugar a un escenario previsible: una mayoría republicana como la que Nixon logró en 1972 frente a McGovern, un izquierdista de lo que popularmente se llamó Triple A: aborto, amnistía (a los desertores de Vietnam) y ácido (en referencia a la legalización de las drogas).
Trump, a diferencia de su primera victoria de 2016, no sólo ha ganado en voto electoral sino en voto popular, consiguiendo el porcentaje más alto de un candidato desde Bush en 1988, que a efectos prácticos fue el “tercer mandato de Reagan” como recompensa a la buena gestión del presidente saliente. Por el contrario, un perfil como el de Harris ha ahuyentado a los demócratas conservadores mientras que no ha sumado a los más radicales, que al igual que los primeros, se han refugiado en la abstención, sólo que, en su caso, en clave antisistema.
El Partido Demócrata es percibido como un partido elitista que no se preocupa por las necesidades de las personas humildes, de su precaria situación económica y de su protección social, de hecho, la propia Harris ha hecho una campaña sin apenas propuestas, sin decir cómo va a afrontar algo que afecta y preocupa a todos por igual como es la economía, sino que se ha limitado a hacer bandera del aborto, la ideología de género y su pretendida condición de afroamericana, que, como dijo Trump, era novedosa, ya que previamente se presentaba como hindú, y como si por pertenecer a un grupo étnico, todos los integrantes del mismo ya tuviesen que votarla sólo por ese motivo.
Los demócratas no hacen un discurso de nación, pues desde Obama (que comenzó la implantación de la nefasta ideología de género), se han convertido en un partido colectivista que hace un discurso distinto para cada colectivo. La misma noche de la derrota de Harris, alguien ideológicamente a su izquierda como Bernie Sanders ha dicho que es la consecuencia lógica de dar la espalda a los obreros, que éstos le han dado la han dado la espalda en las urnas.
Otro elemento clave ha sido la política exterior, pues con Biden se han producido dos fracasos que, de haber continuado Trump en la Casa Blanca no se habrían producido, como es el caso de la invasión rusa de Ucrania y la retirada prematura de Afganistán, que ha propiciado que los talibanes se hagan con el control del país.
Es evidente que, con toda razón, la postura del candidato republicano sobre la guerra de Ucrania genera serias controversias, pues en ningún momento ha dicho cómo solucionaría un conflicto de semejante envergadura, sobre todo cuando siempre se ha caracterizado por una buena relación con Putin y tensa con Zelensky, máxime cuando la vía que propone el autócrata ruso para acabar con la invasión que él mismo ha perpetrado pasa por que el país agredido no entre en la OTAN y se le entregue a Rusia el sur y el este del país.
Naturalmente, la postura rusófila de Trump es una de sus grandes sombras, aunque no es menos cierto que la guerra de Ucrania ya le ha costado a Estados Unidos el desorbitado importe de 100.000 millones de dólares. Por tanto, es menester atender a la visión de buena parte de los ucranianos sobre los comicios norteamericanos, y no son pocos los que se sienten traicionados por Biden, pues como ha señalado Elentir, éste ha vetado que Ucrania utilice misiles de largo alcance norteamericanos en territorio ruso para destruir los lugares de lanzamiento de los misiles rusos que impactan contra su territorio, incluso cuando Rusia ha atacado objetivos civiles en Ucrania con misiles norcoreanos. A ello se suma el retraso de la ayuda de Estados Unidos, llegando al país el 10 % del material aprobado por el Congreso norteamericano. En este contexto, muchos ucranianos ven en Trump un líder mucho más fuerte y claro que Biden, pues no es ambiguo y con él, saben a lo que atenerse, pues como suelen decir, prefieren a alguien que les apuñale en el pecho antes que a quien lo hace por la espalda.
Otros elementos no menores que hacían de Trump una opción infinitamente mejor que Harris es su control de la inmigración, ya que con Biden han entrado 4.5 millones de inmigrantes ilegales en el país, habiendo arrasado con el 64 % de los votos (un 4 % más que en 2020) en el condado de Clark, en Springfield, el mismo donde denunció que había inmigrantes haitianos que se comían a los perros y gatos mascotas de los vecinos, un hecho que fue ridiculizado por la prensa pero que numerosos testimonios de residentes de la zona acreditaban su veracidad.
En materia de aborto, el candidato republicano era el mal menor, pues lejos de su primera etapa pro-vida, el Partido Republicano, por primera vez desde 1984 no recoge el aborto en su programa electoral, pues de manera oportunista, Trump ha tratado de recoger voto abortista jugando con el voto cautivo de los pro-vida de manera análoga al PP en España o a Le Pen en Francia. En efecto, como también señaló Elentir, bajo el paraguas del antiglobalismo está actuando con una ambigüedad calculada que le permita jugar a la transversalidad, y para ello no duda en diluir el discurso en una cuestión básica para el votante conservador.
Lejos de impulsar una prohibición federal del aborto (que sería aplicable en todo el país), no dará más pasos hacia la eliminación de dicho mal, sino que se limitará a lo conseguido en su primer mandato, que es la derogación de Roe vs. Wade, siendo decisión de cada estado la regulación del aborto, que seguirá presente en la mitad del país, que son los estados bajo control de los demócratas.
La victoria de Trump es una gran noticia para aquellos que creemos en la defensa de la vida, la familia, la libertad económica, educativa y religiosa y el combate frente a la pretendida superioridad moral de la izquierda, que trata de arrasar desde su agenda woke los valores y el estilo de vida de aquellos que somos de derechas, en esta ocasión bajo la candidatura de Kamala Harris. Espero que tomen notas aquellos que comparten esos valores y han visto en estos días como el PP (incluido el propio Aznar) preferían a la liberticida candidata demócrata.





