La fotografía impresiona. Me la ha mandado Teresa Hernández, vecina de una zona aledaña, y no puedo levantar la vista de ella: un grupo de indigentes con cartones a modo de mesa, cenando en Nochebuena con un frío que pela, en los soportales del mercado del Arenal de Sevilla.
Cajas de zapatos haciendo las veces de bandejas, velas gastadas sacadas de cualquier contenedor y encendidas alrededor de una figura rota y malamente pegada del Niño Jesús, que preside tan digna celebración de estos vecinos nuestros, hermanados por el dolor, la exclusión y la necesidad.
Ellos simbolizan la asignatura pendiente de nuestra ciudad desde el siglo XVI, cuando Sevilla era el corazón del más poderoso imperio, donde el continuo trajín de embarcaciones de ida a las Américas o de vuelta con riquezas, atrajo, lógicamente, a millares de personas pobres como ratas y prestas a trabajar como calafateadores de buques, o como criados de nobles, o como sepultureros de fallecidos por contagios, o en los más variados oficios para sobrevivir.
Este crisol de innumerables buscavidas se asentó allí mismo. En el espacio que plasma la foto. En la zona arenosa a orillas del Guadalquivir, de donde zarpaban los galeones. En el Arenal. Porque si las cartas les venían mal dadas para abrirse camino en la capital del planeta, siempre podrían embarcarse como grumetes o polizones para probar fortuna en el nuevo mundo.
Nada parece haber cambiado desde entonces, como lo atestiguan las grandes bolsas de miseria que perviven en nuestra ciudad desde siempre, como una enfermedad crónica con la que muchos de nuestros políticos pretenden enseñarnos a convivir como si se tratase de algo inevitable, con chapuzas de parches y paños calientes pero sin afrontar el problema de raíz.
No soy seguidor de Karl Marx, pero cuando uno ve esta fotografía, tomada a un paso de su casa; o cuando conduce junto a El Vacie o Las Tres Mil, resulta imposible no reconocer la razón de santo del filósofo del materialismo dialéctico, cuando afirmaba que el capitalismo salvaje actuando sin límites ante la pasividad de la administración, se traduce en disfunciones que afectan a amplios núcleos poblacionales, expulsados fuera de juego en el sistema de bienes y servicios del que tanto alardean algunos en la sociedad occidental, y que queda en agua de borrajas cuando uno se topa de frente con la marginalidad.
Ciertos defensores de un «capitalismo con rostro humano» abogan por la necesidad inversora y por la circulación de la economía, acompasada con la intervención social para que nadie se vea ajeno al reparto del pastel y todos sean partícipes del progreso comunitario y del acceso a la cultura. Pero, francamente, no sé si esta será la mejor solución a gran escala.
Lo que sí pensamos muchos es que, ciñéndonos al ámbito local, nadie debe arrogarse título alguno para Sevilla como modelo de ciudad mientras que un solo ser humano, uno solo, se vea abocado a celebrar la cena del 24 de diciembre al raso y con mantecados donados por algún alma caritativa.
La competencia en servicios sociales se residencia, legal e ineludiblemente, en la esfera municipal, sin que sea de recibo que nuestro Ayuntamiento eche balones fuera, limitándose a verificar únicamente que no alteren el orden público quienes ejercen la mendicidad, quienes aparcan coches por unas monedas o quienes ponen su manta en la calle Sierpes para vender sin licencia productos falsificados que vulneran la propiedad industrial.
Sevilla no puede enquistarse en el problema de miseria que arrastra secularmente, debiendo nuestras autoridades dar pasos decididos al respecto.
Identificando a cada una de las personas que malviven en las calles, para insertarlas en nuestros sistemas de protección social; para facilitarles plazas en albergues o para gestionar las prestaciones que puedan corresponderles, a cambio de que realicen un trabajo para la comunidad. Localizar a sus familiares para que se hagan cargo de sus necesidades en la medida que puedan. Instar la incapacitación judicial de quienes por su discapacidad mental no puedan obrar por ellos mismos y pernoctan en la entrada de un cajero automático. Actuar contra la prostitución, contra el absentismo escolar y contra la explotación de menores como mendigos, etc, etc, etc…
En colaboración con todos los actores sociales y administraciones, con objeto de que, en ningún caso y unos por otros, la casa se quede sin barrer y nuestros vecinos más desfavorecidos sin atender.
No es digno resignarnos a una urbe propia de los pícaros Rinconete y Cortadillo, sino que entre todos, trascendiendo colores políticos, hemos de aspirar a la Sevilla del siglo XXI.
Con decisión y sin buenismos, que al Ayuntamiento compete actuar sin medias tintas, contactando, llegado el caso, con el Consulado del necesitado de nacionalidad extranjera, para que se implique en su repatriación por la dignidad que tal persona tiene.
Ojalá se atendiera desde la Corporación municipal una iniciativa reiterada desde las asociaciones vecinales, referida a la creación de la Mesa de Sevilla para erradicar la pobreza, en la que todos tengamos cabida, sea cual sea nuestra ideología o afiliación espiritual, para recabar información de otras ciudades que han solventado este problema de marginación que tanto afecta a las grandes urbes.
Impresiona la fotografía. Conmueve de veras. Y se me eriza la piel y me late con fuerza el corazón cuando, por un pálpito inexplicable, me da por contar a los vecinos que cenan juntos en un marco de pobreza: uno, dos, tres … doce. ¡Doce! ¡Oh, casualidad! ¡Doce! Que doce fueron los discípulos de Jesús, cuya figura, de manera misteriosa pero cierta, ha sido colocada por ellos en el mismísimo centro de la reunión, como quienes en el hondón de su alma saben que, pese a su desarraigo y soledad, Él es el Señor de sus vidas y desean volver a nacer con ese Niño de Dios.
Impliquémonos todos para que esa cena haya sido la última cena de los doce. La última. Que no vuelvan a sentarse en un cartón a comer en un día tan señalado. Ni estos doce ni nadie más en Sevilla. Ni ese día ni ningún otro.





