Pertenezco a ese incierto pero sin duda gran porcentaje de población que hace años rompió por completo con el panorama de los partidos políticos, lo cual no ha de confundirse con pérdida de interés por la política. Ninguno de esos partidos representa una parte suficiente de mis posiciones como para prestarle apoyo mediante mi voto sin repudiarme a mí mismo por votar, en el mismo paquete, otros aspectos a los que me opongo. Ante tal disyuntiva, en ocasiones he optado por el llamado «voto útil» malminorista, otras por el nulo o blanco de protesta y en las más, por la desafecta abstención. Aunque, en esa línea, me había propuesto no opinar nada acerca de las elecciones andaluzas, no he podido evitar conmoverme al sentir atraída mi mirada a un cartel por una palabra. Como digo, me puedo declarar muchas cosas distintas que no vienen ahora a cuento, solo al caso (y tampoco es momento de divagar profundizando en las motivaciones) diré que me declaro, por convicción: federalista. El cartel en cuestión traía, como epíteto, la palabra «andalucistas».
Con cierta nostalgia, este otrora militante andalucista, en tiempos en que existía el P.A, se ha visto tentado a conocer algo más en el programa de la candidatura encabezada por Teresa Rodríguez, y así lo he hecho, comenzando por prestar atención a los detalles del mismo cartel.
Desgracia mía que he vuelto a desconectar del mismo al observar en él un detalle, una palabra, un concepto. Si algo sé de publicidad y comunicación –y sé algo, sí–, conozco que ni el más mínimo píxel de una imagen promocional es casual (a todos nos suena el concepto de mensaje subliminal) ni irrelevante. Bajo unas palabras cortadas en las que se intuye la tan poética como totalitaria frase “que grite la flor y se calle el cardo” (quien la entone, por supuesto, se considera flor a sí mismo) se inscribe una especie de firma: TAIFA.
Yo ignoro sinceramente qué imagen tiene quien ha diseñado la camiseta que lleva la candidata en el cartel, y el cartel en el que lleva dicha camiseta; de los reinos de Taifas, pero a uno que sabe más de historia que de marketing le quita todas las ganas de votar a quien incorpora esa palabra en una propaganda electoral.
Las taifas, para quien no lo sepa, fueron feudos, dominios de terratenientes en no pocos casos sostenidos en sistemas de producción esclavista. Territorios en conflicto constante, tanto internamente entre sus jerifaltes como contra los territorios anejos, ya fueran estos regiones de reyes cristianos u otras taifas de maliks musulmanes, que dieron al traste con toda viabilidad de ninguna clase de estado andalusí. En absoluto convergieron hacia la federación ni el entendimiento, y se pasaron tres siglos, aproximadamente, conquistándose unas a otras a espadazo limpio —realmente, muy sucio de sangre cada alfanje— dibujando un escenario caótico (muy común, por otra parte, en todo el medievo; en cualquier área de influencia religiosa o cultural) bien aprovechado por los imperios almorávide y almohade respectivamente por un lado, y por el empuje de los reinos cristianos por la otra parte.
Vale que todos los nacionalismos (centrípeto y centrífugo) hacen del romanticismo del pasado su clave de bóveda, idealizando cualquier período histórico que pueda servir de referente, pero oigan: si el modelo a seguir es la situación que debilitó a los territorios andalusíes a tal punto de que en muchos de ellos una parte importante de la población suplicaba la invasión del vecino norteño, mal proyecto presentamos. De hecho, etimológicamente, «Taifa» significa «bando» o «facción»: un partido enfrentado a otro. No habría que profundizar mucho más en que quizá esto, unido al lema semiescondido (algo así como «yo soy mejor que tú y niego tu derecho a hablar”) presenta un mensaje de confrontación al que no me apetece nada votar, por más que lleve en el rótulo la palabra «andalucista».
No voy a hablar ya de la risotada que produciría en cualquier reyezuelo de taifa ver una mujer con el pelo al aire postulándose al gobierno, eso ya sería caer en falacia de reducción al absurdo… pero así de ridículo es. Quizá sea aún peor que el uso de la palabra pequeñita en la cartelería revele una contumaz ignorancia sobre la historia de la tierra que se pretende representar, según la palabra más destacada.
Así pues, nada. Esta es otra vez que este andalucista no votará andalucismo, no porque no quiera, sino porque el andalucismo no consigue superar el complejo que tantas veces tiempo ha señalé como un riesgo en todos los frentes: el «al-andalusismo» puede ser cualquier cosa menos un proyecto de futuro.





