La cara no “debe ser el espejo del alma” porque algunas veces reflejarían una deformidad, una “imagen cóncava”: un esperpento.
El lenguaje no verbal no suele mentir, se contrapone, salvo que nos entrenemos. Muchas veces contradice lo que hablamos, es una asimetría “transversal”, palabra muy al uso hoy.
Doce músculos acompasadamente sincronizados, atendiendo al mandato del sentimiento, forman parte del lenguaje como escaparate de las emociones: la sonrisa.
Solo un músculo, de menos, distingue la sonrisa franca de un entrecejo fruncido. Solo un músculo nos hace participar de nuestra alegría o del enfado.
Las distintas sonrisas, su diferenciación, también nos hablan de nuestro interlocutor y, de esa forma, nos comunica con dialogo mudo… incluso hasta la mentira.
En estos días, se prodigan las imágenes de nuestro Parlamento, con unas bancadas semidesérticas, con unos diputados alejados, no solo por la ideas, sino por la métrica que “un bichito” nos marca con dos metros. Lo pausado se contrapone a la vehemencia porque en la sede representativa del dictamen de un país que eligió a sus voces, deben existir estas discrepancias, pero estoy viendo también la desidia reflejada en sus actitudes.
Como he dicho hay distintos tipos de sonrisas.
Está la sonrisa “despreciativa”, que es una mezcla homogénea de disgusto y resentimiento. La he visto, prometo que la he visto en el vicepresidente Iglesias. La he visto cuando en su escaño, ante la locución de la oposición, la representación de ciento de miles de españoles, esboza esa sonrisa que al mismo tiempo la intercala, sin deferencia, con unos ojos empotrados en la pantalla de su móvil. Parece querer expresar “¡Habla, habla! que me das igual: yo llevo la razón”, a “dos metros de él”, en distancia y a milímetros de concordancia, el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con un repetido movimiento de cabeza en modo negación, de forma mecánica se aliña con una sonrisa mezcla de disgusto y autosuficiencia “todos estáis equivocados”.
La mentira no es distorsionar las cifras, la mentira es también eludir lo objetivo. No podemos requisar la realidad. Soy sanitario y llevo de serie un microchip que me hace ser repetitivo, celosamente repetitivo de la sanidad, y del sanitario. Las cifras de personal sanitario contagiados supera ya más de 44.000. Esas cifras se pronuncian en la comparecencia informativas de una simple pasada.
Seguimos sin test fiables ¿y nuestras familias?…perdone usted, por Dios, pero no puedo.
Les voy a contar un pequeño secreto, no para que nos valoraren más, sino para que conozcamos las cifras con nombres, en su medida y tiempo. En esta pandemia hay una figura que es el trabajador de especial sensibilidad. Es el trabajador que si reúne UNA o más de las siguientes características: mayor de 60 años y/o diabetes, enfermedad cardiaca incluida hipertensión, enfermedad respiratoria crónica…etc, tras un informe de riesgos laborales de su empresa donde no puede cambiarle de puesto, se procede por parte del médico de familia a extender baja laboral durante el tiempo que permanezca activa la alerta actual.
Esto es y debe ser para cualquier trabajador. Se debe conocer que en nuestra región hay un 21.9% de médicos mayores de 60 años. Si le añadimos sanitarios hipertensos, diabéticos o asmáticos, todas ellas son enfermedades muy prevalentes… Se imaginan si todos los sanitarios que cumplen estos requisitos se fueran confinados a casa ¿cuántos quedarían? ¿Quién vería a los pacientes? ¿Dónde estaría y quién sería la primera línea?
Mientras tanto, la población, aunque tras una mascarilla, esboza una cierta sonrisa, nos cuesta pero empezamos, eso sí, con una sonrisa mixtura de miedo e incertidumbre.
La sonrisa de la mentira es el sarcasmo, que nos humilla e insulta cuando se vislumbra la penosa realidad.





