Y así, mediante la publicación en el BOE de una mierda de resolución político-administrativa de la Secretaría de Estado de un pseudo Ministerio como el de Igualdad, se derogan de un golpe varios pilares fundamentales de la Constitución española con el silencio cómplice de una oposición incapaz de preservar los valores mínimos esenciales de un Estado de derecho en franca descomposición. Ni presunción de inocencia, ni igualdad administrativa ante la Ley, ni neutralidad informativa, ni leches.
Dice la resolución de mierda del Ministerio de Irene Montero que las mujeres que denuncien haber padecido violencia de género tendrán la consideración de víctimas a todos los efectos aunque los acusados queden absueltos, todo lo cual (las prestaciones) al feminismo le importa un bledo, porque lo que de verdad encandila a esa tropa no es el bienestar de ninguna de las denunciadoras, sino la mera facultad de disparar de un día para otro las cifras anuales, lo que les permitirá seguir apaleando los millones, ya que a partir de este momento las sentencias judiciales ya no servirán de referencia para cuantificar el problema y dará lo mismo si las denuncias son reales o más falsas que un iPhone de cuatro leuros. Cada denuncia, pues, se convierte en un nuevo caso de maltrato e imbéciles serán las familias y parejas españolas si sus señoras no presentan la denuncia pertinente que las acredite para obtener una paguita o un privilegio.
Si hasta ahora el 64 por ciento de las denuncias quedaban sin condena (por sobreseimiento, por ausencia absoluta de verosimilitud, por arrepentimiento y retirada de la denuncia, por falta de pruebas, etc.) y eso no constituía obstáculo ninguno para seguir endilgándonos el mantra de que las denuncias falsas (o sea, con condena) sólo son el 0,00001 por ciento, ahora ya no se les escapa nadie del falsario conteo mientras el Estado se muestra incapaz de renunciar a los 3.200 euros que recibe de la UE por cada denuncia registrada. Multipliquen esa pasta por 160.000 denuncias (como poco) y el chorreo de dinero que cae en las arcas del Estado justifica todo latrocinio.
Si la ETA ha dejado de matar es apenas porque el poder es ahora el que persigue y amenaza a los jueces y el que arremete con una dejación asquerosa contra los menores abusados por sus madres o porque piden ir al baño o a comer el bocadillo del recreo en perfecto español de Sigüenza. Menudos sinvergüenzas, empezando por ese Defensor del Pueblo de papada cardenalicia y mirada torva que come sopas de ajo y se encoge de hombros al dictado de su mamandurria ideológica.
Nadie se pregunte luego en qué momento se jodió el Perú, como hacía Santiago Zavala «Zavalita», periodista del Diario La Crónica, en frase legendaria al comienzo de la novela de Vargas Llosa «Conversación en la catedral», pues «el Perú español» se jodió en el momento mismo en que de la política se adueñaron una reata de demóscopos aficionados y de demagogos adolescentes capaces de colocar discursos como el de «les gallines violades» y lejos de emplumarlas tras un paseo por el pilón de brea, el sistema llenaba con sus delirantes discursos horas y horas de entretenimiento televisivo.
El Perú se jodió con aquella demagogia del «Nuclear, no, gracias» y el precio de la luz en el máximo histórico por encima de los 300 euros el Mw/hora sin que las televisiones encuentren un sólo caso de pobreza energética, como ocurría cuando el coletas y su familia extensa de correligionarios acampaban en la Puerta del Sol y hoy ocupan los chaletazos con piscina y los apartamentos de la alta burguesía, mientras el secretario general de un aguerrido partido bolchevique asombra a Europa con la convocatoria a una huelga urgente a… los juguetes. Y tampoco acaba en el pilón.
Nuestro Perú se nos jodió con el «OTAN, de entrada, no», que luego fue que sí y con la expropiación salvaje y arbitraria de Rumasa, que fue como robarle a la catedral de Nôtre-Dâme sus cálices medievales para sustituirlos por capillas ecológicas y sagrarios zen, a la manera del taimado Macron, víctima de la pedofilia galopante de su consorte desde los 15 años. Si De Gaulle levantara la cabeza…
A veces, los edificios colapsan de golpe, sin grietas ni previo aviso y ahora la pirámide jurídica muestra signos de fatiga en los cimientos y amenaza con derrumbarse, carcomidos los pilares por un atajo de insectos sin preparación ni ética ninguna que redacta reglamentos, decretos y resoluciones con ortografía de garrafa y con contradicciones abultadas sin que nadie pida cuentas, por cobardía o por razones de la demoscopia que a los lacios aconseja no oponerse a nada. Ni siquiera al salvajismo que supone contemplar a Yolichari Díaz, la de «las matrias» y las nuevas masculinidades, convertida en una mezcla entre Gracita Morales y un papel de Verónica Forqué hablando de la discreción debida en «mi conversación con el Santo Padre», mientras ejecuta mohínes y cabezazos ante los micrófonos a pie de obra como «la monjita tralará» o como el perrito de juguete que cabeceaba en la bandeja trasera del coche.
¡¡El Santo Padre!!, dice. Y la Santa Matria, digo. ¡Manda webs!
He dicho.





