El homo sapiens del siglo XXI aún no se ha enterado de que no descendemos del mono, sino que vamos hacia él. Nacimos, dicen, de una única bacteria que surgió hace unos 3.800 millones de años, sin determinar si fue creada en un laboratorio por la zona de Wuhan, que en tiempos de Pangea quedaría casi por el Polo Norte.
El covid19, por tanto, es tan hijo de aquella bacteria original como pueda serlo Pablo Iglesias. E igual de peligroso.
Los expertos aseguran que nuestro ADN guarda un parecido tan razonable con el de la mosca del vino como con el de un gorila, de modo que Greta Thunberg podría ser lo mismo un virus que una enfermedad infecto contagiosa. Y con una similar capacidad de mutación.
En las últimas semanas hemos visto a la muchacha sueca adaptarse a la velocidad de Mortadelo y, donde antes había un prodigio de lo profético sobre el clima, ahora hemos descubierto a una preclara precursora del anti racismo porque aspira a ser la guardiana de todos los dogmas de la religión zurda globalista.
Al asesinato de George Floyd le deberemos siempre el hallazgo de que la revolución cobarde consistía en derribar estatuas. Lo inamovible, vemos, no era Dios, ni la cordillera del Himalaya, ni el Estado y ni siquiera las constantes de la Física de Newton, sino las estatuas (que no se mueven porque no descienden de la bacteria) y el castrismo cubano, que es un nido de infecciones congelado en el hielo del tiempo.
La última en apuntarse a esa revolución cobarde que promueve derribar los símbolos de bronce o de piedra de nuestras glorietas y nuestras plazas ha sido Teresa Rodríguez, caudilla andaluza de un anticapitalismo como novecentista y norteafricano con el que Bertolucci habría construido una comedia de Nino Manfredi o de Beppe Grillo.
Teresa Rodríguez es una Ada Colau con zarcillos grandes y sonrisa de conejo que sueña con montar una comuna con fogatas y guitarras en los atardeceres de Conil o de los Caños. Su anticapitalismo feroz y visceral le vendría, puede ser, de haberse criado en la perfumería de sus padres, en Rota, donde se traficaban ungüentos y pociones odoríferas como en tiempos del capitalismo en ciernes de los fenicios de Gades.
Prometo que hago verdaderos intentos por profundizar en su discurso, más por no perderme que por no perderla como especie singular en el Palacio de las Cinco Llagas.
Pero la lideresa Teresa habla un dialecto del mandarín o del dothraki, como una khaleesi de la bahía, difícil de seguir en el fondo de lo que persigue, pero que se le entiende todo cuando remata con una propuesta chirigotera o como de la Revista Mongolia, al alcance de cualquier desavisado; o sea, lo que Elías Bendodo, el consejero de la Presidencia, definió ayer con todo acierto como «Una auténtica gilipollez».
Del discurso político de Teresa y su muchachada republicana y anarcoide no se conocen todos sus extremos, porque no es fácil que se entiendan ni ellos mismos, no ya entre ellos, digo, sino con su misma mismidad de cada cual.
A alguien le escuché decir que estaba cursando tercero de Adelante Andalucía, la rama podemita de Teresa, pero que no sabía si lograría licenciarse pronto, porque la «Crítica de la Razón Práctica» y la «Crítica de la Razón Pura», de Kant, eran la Enciclopedia Álvarez comparadas con el lioso idioma del teresismo kichiguay de Cádiz.
Esta Daenerys Targaryen de Podemos va por libre y ha tenido ahora la brillante idea de retirar las estatuas de personajes históricos considerados esclavistas, lo que acabaría con el esplendor antiguo de Cádiz y con cualquier atisbo de la Historia de España anterior al menos a Emilio Castelar.
Teresa es toda ella un lugar común y un tópico en conserva que se arranca con todos los trapos y que mariposea de pancarta en pancarta como una abejorra obrera. Le vale lo mismo una estatua de Colón que un mena robando un bolso; o sea, «nuestros niños». Pero si desea emprenderla contra la estatua de Colón puede ir a pregonarlo a La Rábida o a Palos de la Frontera, a ver qué pasa…
En estos tiempos, además, amadrina y atesora los restos últimos de la facción más retrocasposa del andalucismo, como un ropavejero acumula prendas fuera de la moda o un chamarilero guarda chismes desfasados o como de la abuela (un quinqué, un costurero, un huevo de madera de coger las medias…), por si se acerca alguien a quien poder sacarle un voto o unas perras.
Lo malo de concentrarse en los discursos de Teresa es que, cuando crees que ya le has pillado el tranco al trote de la burra, cambia el paso y te tira de la silla o te deja agarrado a la brocha y sin escalera.
Con el marqués del FRAP Teresa se lleva muy malamente, aunque se soportan por conveniencia mutua, como un matrimonio descompuesto. Creo que Iglesias ya se ha resignado y renuncia a entender de qué va lo de su caudilla mientras le agite todas las banderas y los caladeros, como los equilibristas mantienen doce platos de colores dando vueltas sobre el pico de un alambre.
En Londres han pintarrajeado la efigie de Churchill y en Francia la del general De Gaulle, a quien nadie de esta pelusa pretendidamente obrera osará echar la pata en lo que se refiere a anti fascismos. Los belgas, que son como los leperos de los chistes para los franceses, se han liado a mamporros con una estatua de Julio César, pero sólo por emular a Obélix.
¡Están locos estos morados…!
He dicho.





