Pues que Juan Espadas, el flamante nuevo candidato del PSOE para disputar la Presidencia de la Junta de Andalucía a Moreno Bonilla en sustitución de la muy achicharrada Susana Díaz, ha empezado por cargarse la base misma de operaciones o por quemar las naves como Hernán Cortés al pisar suelo azteca. O sea, los «austrohúngaros» de Berlanga.
Si el juego consistía en meter la bola en el aro, arrancas el aro y se acabó la gaita: prueba superada, porque ya no hay nada que meter y aquí termina el cuento.
Porque digo yo que si el candidato apoyará al Gobierno de la Nación tanto para una cosa como para su contraria, incluso si se atenta contra los intereses de la comunidad que aspira a presidir, ¿para qué narices quiere Espadas y para qué le sirve la autonomía o hasta el federalismo interno del que presume su partido? Tal vez para lo mismo que le sirve la Alcaldía, para tener la ciudad con más roña que el palo de un gallinero y para decirle «sí, bwana» al reyezuelo ocasional de su partido, que ejerce un liderazgo bananero y sin homologar.
Visto de este modo, si el poder cedido a las autonomías no sirve como contrapeso leal de cercanía para gestionar nuestros intereses, quédese el Estado con la gestión completa de las competencias y nos ahorramos una pasta inmensa en la Administración paralela de chiringuitos como la Faffe, donde Espadas tenía colocada a su señora mientras los mandamases del tinglado se gastaban el dinero de los desempleados en clubs de alterne con tarjeta Visa Oro.
No se me ocurre manera más desastrosa de iniciar una carrera hacia ninguna parte que la de Juan Espadas y por un momento llegué a pensar que el alcalde de Sevilla había acaparado con su boutade en lo de Alsina la cota máxima del ridículo posible de la jornada.
Pero, ¡quiá!, ¡ni mucho menos!…, porque para eso estaba en alerta Iván Redondo, imbatible en su denodado esfuerzo por lograr que nadie le robe al presi el liderazgo diario en el bochorno ajeno de la parodia nacional y salió al quite con el paseíllo de Sánchez caminando junto a Biden como si le ofertase cambiar su contrato de Orange a Vodafone, sin recargos ni penalizaciones.
En el mundillo de la diplomacia están espantados con los modos y maneras de este garbancero Iván Redondo cuyo sueño consiste en hacerse un selfie alguna vez en el ala Oeste de la Casa Blanca y no consigue ni labrarse un peldaño para contactar con la limpiadora de los retretes del palacete imperial.
Claro que si Redondo es el responsable de tanto desaguisado, eso sólo es posible gracias a la existencia de una marioneta tan ególatra y desquiciada como el presidente Sánchez, inmune a su espantosa capacidad para el absurdo, que lo mismo se coloca al lado de los Reyes para saludar a los representantes del Estado como si fueran sus siervos y lacayos que cualquier día se ubica al lado de la Virgen Macarena para el besamanos.
El otro día le escuché a Berlanga en un documental cómo sucedió lo de incluir en todas sus películas, viniera o no a cuento, el término «austrohúngaro», tal vez a raíz de un viejo mapa escolar que aparecía de fondo en una escena de la película «Calabuch» en el que aún figuraban dibujados los límites del viejo imperio.
Pues bien, creo que hemos entrado ya en esa fase del absurdo berlanguiano en la que Redondo le cuela al presi sin justificación alguna, cualquiera de esos términos inocuos o surrealistas del tipo «resiliencia», «sostenibilidad», «transicional» o «empoderada»…, a mayor gloria de la nada y de reírnos.
La Calvo, las Montero, Yoli Díaz (sobre todo, Yoli Díaz), Carolina Darias, la Celáa, Castells, el astronauta… y ahora también el alcalde de Sevilla, parecen personajes extraídos directamente de «La escopeta nacional». Puede que Cataluña se proclame independiente, pero habremos creado no un imperio, pero sí la nueva república austrohúngara. La del PSOE de Sánchez y su Rafael Azcona, Iván Redondo.
He dicho.





